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Sunday seven
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Por Julio Román
Publicado el 06/10/2011
 

5:00 a.m. Puerto Viejo de Limón. 21 de mayo, fecha señalada por algunos como el inicio del Apocalipsis.


Sunday seven

5:00 a.m. Puerto Viejo de Limón. 21 de mayo, fecha señalada por algunos como el inicio del Apocalipsis. Johansen Josué Patterson, un escultural negro de 44 años, avista algo anómalo flotando en las olas del mar Caribe. Corre a su destartalada lancha, rema con todas las fuerzas de sus musculosos brazos de ébano y, al acercarse al OFNI (objeto flotador no identificado), descubre un cadáver humano. Esto ya habría bastado para helarle la sangre a cualquiera, pero encima aquel cadáver tenía turbante, barba escasa en punta y… unos ojos que Patterson creía haber visto ya antes.

Con la mente aún obnubilada, J.J. Patterson metió el cuerpo inerte en su lancha y lo condujo a la playa. No tardaron los curiosos en agolparse alrededor del muerto. Todo el mundo empezó a elucubrar acerca de la procedencia del cuerpo, y claro, al fin alguien se atrevió a decir lo que todos estaban sospechando: aquel cadáver parecía ser nada más y nada menos que el de Osama Bin Laden.

Patterson se disponía a llamar a la Guardia Civil, cuando un ciudadano estadounidense, que se contaba ahí entre los curiosos, le dio unos golpecitos en el hombro y le dijo: “Well, man (vaya, hombre), it seems to me that you are millionaire, fellow (me parece que eres millonario, amigo)”. Quien así le hablaba era George Delano, un abogado gringo retirado que no había tardado mucho en reconocer aquel cadáver y su valor. ¿Por qué ese cuerpo convertía a Patterson en millonario? Pues porque, según el leguleyo americano, estaban en pleno derecho de reclamar los 50 millones de dólares de recompensa que se habían puesto sobre la cabeza de Osama después del 11-S.

Patterson seguía en shock, todo estaba sucediendo demasiado deprisa para su cadencia caribeña, pero la cifra “cincuenta millones de dólares” saca chispas en las dormidas neuronas de cualquiera. Ahí mismo en la playa, George Delano solo necesitó unos pocos minutos para ofrecerse como abogado de J.J. Patterson, para llevar su causa y cobrar los benditos 50 millones.

Patterson afirmó con un gesto embobado, y, veinticuatro horas después, Delano volaba a su país a iniciar la batalla legal. No sería fácil, pero bien sabía el abogado que tenía muchos elementos a su favor. De algún modo, a las autoridades estadounidenses les podría interesar aquel cuerpo y la consiguiente recompensa. ¿No se decía en los medios que estaban buscando el cuerpo para entregarlo a los musulmanes? ¿No se decía que ni siquiera era cierta la muerte de Bin Laden? La noticia del hallazgo de su cadáver, la paga de la jugosa recompensa y la entrega del cuerpo a sus familiares podría cerrar con broche de oro una historia que empezaba ya a tener demasiadas lagunas.

Delano tocó las cuerdas adecuadas y, unos días después, la sospechosa noticia ya ocupaba un recuadrito en el NY Times. El primer gran paso estaba dado. En cosa de días, la noticia saltó a portada y se convirtió en polémica internacional. Delano tenía a la CIA en jaque. Y en esto, otra ficha se movió en el tablero: los hijos de Bin Laden entraron a escena y le ofrecieron a Delano 100 millones por entregarles el cuerpo de su padre. Jaque mate: Delano había ganado la partida. Ya solo se trataba de saber cuánto dinero le ofrecería la CIA y cuándo y cómo se lo depositarían en una cuenta en Suiza. Obviamente, el abogado no iba a traicionar a su patria, obviamente no entregaría al enemigo ni tres pelos de la barba, pero obviamente también ya solo se trataba de sentarse a esperar. “Puedo oler el dinero”, le dijo a Patterson la última vez que hablaron por teléfono.

Pero una mañana, Delano casi se atraganta con el café mientras leía el Washington Post. Ahí se informaba que J.J. Patterson, el afrocostarricense que encontrara el cadáver de Bin Laden, aseguraba ahora que en sus yertas manos tenía bien agarrada una estampita de La Negrita (en español en el periódico), virgen y patrona local a la que los nativos de esa república bananera atribuyen todos los milagros. La vida de Delano, que parecía de cine gringo, había sido cortada por una intromisión de teatrillo costumbrista costarricense. En menos de tres horas, la noticia le dio la vuelta al mundo; Delano fue ingresado en prisión sin fianza, por embustero, y la historia se convirtió en el chascarrillo internacional. En vano trataron de explicarle a Delano que el problema era que Patterson había salido con un “domingo siete”. De todas formas, desde San Quintín, Delano ha empezado ya a escribir el best-seller Sunday Seven, para resarcirse.