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Crecimiento desigual
- Por Marcelo Birmajer
- Publicado 06/10/2011
- Nada tiene sentido
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Cuando el profesor descubrió la sustancia para resucitar personas, lo anunció simultáneamente de dos modos: publicó su hallazgo en el discreto boletín de científicos de segunda en internet y se lo dijo a su esposa. Jacinta, que lo había acompañado durante toda su vida de científico inútil, sin talento para los negocios ni encanto para la cotidianidad, supo que, por única vez, su esposo tenía algo serio entre manos. Pero su primera reacción fue decirle que era un estúpido por haberlo publicado en internet. No hay genio ni profeta que no siga siendo un idiota para su propia esposa. Jacinta contaba por esos días con cincuenta años, cinco menos que su marido. Había sido una mujer de buen ver hasta los cuarenta. No podía echarle la culpa a la maternidad por haber perdido frescura y belleza, porque no habían procreado, ni por decisión ni por azar. Augusto había estado siempre muy ocupado en sus investigaciones. Jacinta le fue fiel hasta marchitarse. Ahora ella lo alertó: su descubrimiento lo convertiría en presa codiciada por las grandes potencias. Y, efectivamente, la noticia corrió como un reguero de pólvora. El profesor Augusto Donsante había sido capaz de fabricar tan solo una dosis de su elíxir, de modo que la resucitación se limitaría a una persona. Los chinos, inmediatamente, se lanzaron en busca de Donsante, ofreciéndole Pekín a cambio de que reviviera al Gran Timonel, o un disparo en la nuca si se negaba. Ente los rusos estalló una miniguerra civil entre quienes querían capturar a Donsante para que resucitara a Lenin y aquellos que preferían compartir el samovar con el padrecito Stalin. Los fanáticos de Michael Jackson se las arreglaron para proponerle a Donsante las regalías eternas del ídolo a cambio de regresarlo a la vida. Pero nada podía esa propuesta contra la de McCartney para que lo reuniera con Lennon de este lado. Un grupo peronista decidió matar a Donsante para robarle la dosis y recuperar al General. Pero incluso si no hallaban la dosis, se conformaban con matar a Donsante. La atmósfera de Donsante se enturbió de tal modo que no le quedó más remedio que huir. Jacinta lo ayudó a camuflarse y escapó junto a él alrededor del mundo. Paradójicamente, el impresionante hallazgo de Augusto Donsante, el único significativo de una carrera intrascendente, no le proporcionó a la pareja riqueza ni bienestar, sino que los convirtió en verdaderos parias. Huyeron en trenes de pésima categoría, en aviones cochambrosos, tan incómodos como inseguros; en carros tirados por mulas malolientes. Comieron desperdicios, debieron hacer sus necesidades en letrinas insufribles. Habitaron los peores tugurios y pasaron semanas sin poder bañarse ni lavarse los dientes. Mientras permanecían ocultos en una selva del Amazonas, casi imposibilitados de mirarse el uno al otro por lo frondoso de la vegetación y las nubes de insectos, un pigmeo disparó un dardo envenenado con curare contra uno de los pechos de Jacinta. La muerte de Jacinta tuvo el efecto de detener de súbito la persecución de la que era objeto Augusto Donsante. Desde los chinos hasta los fanáticos de Michael Jackson se dieron por vencidos al comprender que el científico utilizaría su única dosis para resucitar a su compañera de toda la vida y sacrificada compañera de fuga hasta el último instante. Por eso la ola de estupor cuando, ya de regreso al mundo, la periodista le preguntó por qué no había optado por resucitar a su esposa. —Jacinta no había crecido conmigo —explicó Donsante—. Yo descubrí una fórmula única en la historia de la humanidad. Y ella… ¿qué hizo? Ni siquiera se doctoró. Es cierto, me ayudó a escapar. Pero eso lo hubiera hecho cualquiera con dos dedos de frente. Mientras huíamos, yo leía a Tolstói, y ella continuaba suspirando por la Selecciones del Reader’s Digest. Yo quería escuchar música clásica, y ella, José Vélez. Nos separaban apenas unos pocos años, pero yo en un par de meses maduré, y ella no creció conmigo. —Pero si el problema era la madurez… —reaccionó la periodista—, ¿por qué decidió, entonces, resucitar a una indígena de 18 años, que lo sigue a sol y a sombra como si usted fuera un ídolo precolombino? —Bueno, es que Nanimba, mi nueva esposa, creció de otro modo: tiene las tetas más grandes que yo haya visto en mi vida. | |
