|
Mi amigo Cambria trataba de explicarme un prodigio que se había revelado a sus ojos en el gimnasio.
—Era un culo —describía—. Un culo de revista. No de Hollywood, porque Hollywood no se especializa en culos. Macizo, protuberante, malicioso pero inocente. Bíblico y profano. Un culo de ama de casa, pero también de jovencita casquivana. ¿Y en dónde estaba ese culo? —En el gimnasio —repliqué—. Me lo acabas de decir. —No —me desengañó Cambria—. El gimnasio es la circunstancia. Pero el lugar del culo, la casa de ese culo, la posición de ese culo, era una mujer de 47 años. ¿Cómo podía haber un culo así en una mujer de 47 años? —Son cosas que pasan —traté de atemperar—. Fíjate en Mónica Bellucci. O en Sofía Loren a los 47, también. —¡Apóstata! No sabes de qué hablas. Mónica Bellucci no tiene ese culo. Sofía Loren no tenía ese culo. Ese culo es mucho más grande que la ficción. Son actrices. Este culo es amateur y final. Único. Irrepetible. No es que haga historia. Es una historia propia: una nalga es el Génesis; la otra, el Apocalipsis. —La historia de un culo —dije, por decir algo. —Desde el principio —siguió Cambria— supe que la mujer no tenía nada que ver entre el culo y yo. Mi adoración era exclusivamente por ese culo. —Pero tal vez ella pudiera ayudarte — intercedí—. Tomar un café, ir al cine y luego dejarte a solascon su culo. —Ella tendría que estar presente — concedió Cambria—. Pero yo no te estoy hablando del encuentro en sí, sino de a quién le dirigiría mi requisitoria. No le pensaba escribir un poema a ella ni llamarla por teléfono. Yo le mandé una carta al culo. —¿Con qué dirección? —Con la dirección de la señora. Y dirigida a su nombre. Pero dentro del sobre, en papel de seda, la encabecé con estas palabras: “Querido Culo”: —¡Qué elegante! —comenté—. ¿Y qué le decías? —Todas las cosas que deseaba vivir. Le aseguré que no era solo el ansia de un momento. Necesitaba usarlo de almohada, hablarle, besarlo. Bueno, y otras cosas que me avergüenza confesarte. Me puse lírico. —¿Obtuviste respuesta? —Inicialmente, solo de ella. Se me acercó discretamente en el gimnasio y me explicó que era casada. El marido, me aclaró, se entrenaba también en ese mismo gimnasio, los miércoles y jueves, y era un milagro que no hubiera encontrado la carta. Pero ella era una mujer de su casa, con dos hijas, ya más cerca de ser abuela que de vivir un amorío. Le dije que mi carta no iba dirigida a ella, sino a su culo. —¿Te abofeteó? —No —respondió Cambria—. Para colmo, es inteligente. Sonrió, me dijo que su culo se había sentido muy halagado, pero que pensaba igual que ella. Igual que ella, era de su marido. —Amable —intercalé. —Dejó de venir al gimnasio —siguió Cambria—. Pero no renuncié. Conseguí su mail. Y le escribí mi segunda carta al culo, por mail. —Carta al culo —reflexioné—. Es como La carta al padre, de Kafka. La puedes mandar sin dirección, porque siempre va a llegar al sitio correcto. —Pero se la mandé por mail —se posesionó Cambria—. No contestó. Y le envié otro mail, más intenso. Y otro, más enamorado. Y otro, más apasionado… Hasta que sucedió. —¿Llamó a la policía? —No. El milagro. El culo contestó. —¿El culo contestó? —repetí. —El culo contestó —confirmó Cambria—. En su lenguaje parco, contenido… porque, después de todo, los culos no hablan. Fue mi amor el que lo motivó a utilizar nuestro lenguaje. Se rebeló contra sus orígenes, contra su cultura… —Contra natura —agregué. Cambria asintió conmovido: —Y contestó. Escribió que mi devoción, por su energía y constancia, le había llegado hondo. Deseaba verme. No tendría más remedio que llevar a su dueña. Pero ella miraría para otro lado hasta que concluyéramos nuestra primera cita. No sé qué medios habrá utilizado para convencerla. —Los culos pueden ser muy persuasivos —opiné—. Pero… ¿qué pasó? —Llegué puntual al sitio indicado. Y el marido me aguardaba con otros dos patovicas. —Fue todo una trampa… ¿Qué te hicieron? —pregunté, buscando las heridas en su rostro. —Ninguna trampa —se enojó Cambria—. Ese culo está atrapado. Esos malvados y esa mujerzuela lo tienen cautivo. Su mail fue una botella al mar, una misiva arrojada por entre las rejas. Ahora es preciso liberarlo. —Te aconsejo que lo olvides —dije, dramático. —La batalla no ha hecho más que comenzar —proclamó Cambria, mientras se alejaba renqueando. |