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El sexo y el mar
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Por Revista SoHo
Publicado el 05/19/2011
 

Hay semanas que uno se va en blanco. Bueno, hay que confesar que tal vez haya uno o dos meses en los que no me toca un buen polvo.


El sexo y el mar

El sexo y el mar

Hay semanas que uno se va en blanco. Bueno, hay que confesar que tal vez haya uno o dos meses en los que no me toca un buen polvo.

La razón no tiene que ver con rechazo por el acto sexual ni mucho menos con que me aburra de los hombres. Tiene que ver más con que eso del encuentro correcto con el sujeto indicado en el momento preciso. El buen sexo es como la lotería. Y si bien, para ganar hay que jugar, hay momentos en que no se pega ni terminación…

Entonces, si estos síntomas de mala suerte se diagnostican a tiempo, el remedio es cambiar de peinado, dejarse crecer la sonrisa, por nada traicionar la propia personalidad y sobre todo cambiar de ambiente un rato. Y el cambio de ambiente que yo prefiero es irme al mar. Ya solo el trayecto de la ciudad a la costa abre los poros, deja la piel al descubierto y por algún motivo, cualquier sentimiento de apatía se va al traste y se prende de nuevo esa chispa justo a la hora de encontrarse en alguna parada en el camino algún automóvil lleno de chicos con pantalonetas playeras y esos saludos casuales que se dan espontáneamente entre viajeros.

Ese es el asunto con los viajes a la playa. Entre los vacacionistas hay una especie de complicidad, que muy probablemente la intensifica la ligereza de ropas. Como que la gente en sandalias es más relajada de por sí, y, si uno ya anda en bikini, el trabajo se aligera, porque la mitad de la jugada está puesta sobre la mesa.

Así que lentes puestos, forrada de protectores solares, camino descalza por la arena y siento que la brisa del mar trae buenos augurios. Como decía antes, ya solo que todos nos sintamos bien con la piel expuesta y sin la formalidad que da taparse con ropa el cuerpo, hace que afloren nuestros impulsos más instintivos de manera más natural.

El trayecto es adornado por chicos que, sin camisa, me sonríen por el solo hecho de existir como caminante en ese instante. Un kilómetro después, los quiero a todos. Donde sea que mire hay uno que me podría gustar tener un poco más cerca…más bien como sentirlo chupándome la oreja para empezar.

Escojo un punto con vista al atardecer, antes de las 5 p.m. que precisamente sube la marea y salen mis hombres preferidos en la playa: montadores de olas, dorados por el sol, y con el musculito de la cadera desarrollado asomándose por la pantaloneta.

¡Adiós mala suerte!, decreto al sol que se despide. Le ayudo al destino con las tetas bien acomodadas bajo el bikini y espero a que salga uno de esos surfistas empapados con agua de sal para ligeramente acomodarme de manera llamativa.

Y sé lo que es sujetarse de esas caderas de acero, sentir la fuerza con que empujan esas piernas que escogí justo por la destreza con que las vi bailar con el agua. Sí me supo chupar las orejas como estaba añorando y me sujeta las nalgas para que sea yo la que lo monte ahora. Me encanta, cierro los ojos y pienso que el mar fue la mejor decisión después de tantos días de estarme cogiendo yo sola con la idea de coger con uno como el que tengo entre las piernas en este preciso instante. Caderas de acero me hurgó los labios vaginales hasta encontrar mi clítoris ya lubricado por sentir sus pectorales bajando por mi pelvis.

Definitivamente, lo que define a un hombre como un mal polvo o como un buen polvo es simplemente su habilidad para hacernos venir una o más veces. A mí hoy me tocó, literalmente, un buen polvo.