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Quien le teme al sida
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Por Julio Román
Publicado el 05/19/2011
 

Aunque llegué a la entrevista media hora antes, ya estaba en la terraza del Hotel Costa Rica Diana Paniagua, desayunando unos huevos a la ranchera.


Quien le teme al sida

Quien le teme al sida

Por Julio Román

Aunque llegué a la entrevista media hora antes, ya estaba en la terraza del Hotel Costa Rica Diana Paniagua, desayunando unos huevos a la ranchera. Es mucho más bella en persona, desprende una sensualidad incitante. “Eso es porque nunca he sido monógama —me dirá otro día—; la monogamia marchita a la gente”.

Estoy frente a ella con una grabadora porque esta mujer de 45 años y tres hijos de padres distintos va a cumplir un cuarto de siglo de perfecta salud, sin pastillas ni médicos y con el VIH corriendo libremente por sus venas. Por este “milagro” es la actual presidenta de los Disidentes del Sida en Centroamérica y harán un fiestón en San Pedro de Sula este 6 de junio.

Todo empezó a sus veinte años. “A mí siempre me han fascinado los rubios —cuenta—, así que le dije a una amiga que nos fuéramos a mochilear a Suecia”. Cuando volvieron, estaban embarazadas. Diana, del que sería su primer hijo; su amiga, de un niño que perdería del susto cuando les dijeron a ambas: “Ay, m’hijitas, les pegaron el sida”.

Diana recuerda con rabia aquel momento:
—A la doctora se le notaba que estaba encantada de darnos la mala noticia. Nos decía con los ojos: eso les pasa por zorras. Mi amiga no pudo soportar la noticia. Entró en pánico. No la mató el sida, la mató el miedo. ¿Usted se puede creer que acto seguido, apenas salimos de la clínica, le empezaron las diarreas? Yo pensé: “Se está cuiteando del susto”, pero las diarreas no pararon ya más y después perdió el bebé, vino la depresión profunda y claro: en nueve meses, en lugar de parir un niño precioso, como me sucedió a mí, se murió.

—De sida…
—Eso dicen... Mi amiga se murió como se moriría cualquiera a quien un médico le dijera: “Usted se va a morir en unos meses”. Si no le hubieran dicho nada, ahora mismo estaría aquí sentada con nosotros y un hijo guapo como el sol.
—¿Usted no tuvo miedo cuando les dieron la noticia?
—Ni sé… ¡Tenía un hijo en mi vientre! Pensé: “Bueno, ya me moriré, pero antes, quiero verle la cara a mi bebé y darle de mamar”. ¡Y le di de mamar! —subraya orgullosa—, porque entonces no se decía esa necedad de que la leche materna transmite el sida.
—Tampoco había medicinas ni los avanzados tratamientos que hay hoy día…
—¡Eso fue lo que me salvó! —Me interrumpe y se carcajea—. Gracias a Dios entonces no había los venenos que nos venden ahora.
—Gracias a esos que usted llama “venenos” ya nadie se muere de sida...
—N’hombre, no: la gente hoy no se muere de sida justamente porque ya los médicos no nos lo presentan como una condena a muerte. Ahora a usted le dicen: tiene sida y aquí están las pastillas que lo van a mantener vivo… ¡A usted y al que las vende! —añade  sarcástica.

En síntesis, esto es lo que piensan Diana y los autoproclamados Disidentes del Sida: que los supuestos muertos de sida son gente que muere por exceso de drogas y una vida malsana. De hecho, al inicio se creyó que era una especie de cáncer. Hoy día, si uno no se cree el cuento y no tiene miedo, basta con llevar una vida sana para que no le pase nada… siempre y cuando no tome los retrovirales, que según los disidentes, son los que de verdad enferman a la gente.

—¿Y cómo se explica lo de África? Ahí mueren niños y mujeres que no toman drogas y no me va a decir que es culpa de los retrovirales, porque nadie tiene acceso ni a una aspirina.

Diana eleva el tono:
—¡En África la gente se está muriendo de lo mismo de siempre: de tanta pobreza! ¿Usted cree que le analizan la sangre a cuanto africano se muere de diarrea? Vea: la gente en África negra muere como toda la vida: de hambre y agua contaminada. Pero llegan y le hacen la prueba a una mujer. Da positivo. Ella ha estado o ha sido violada por ocho hombres. Deducen que los ocho hombres más los ocho hijos de esa mujer tienen sida. Pobres y angustiados, de los diecisiete se mueren diez. Y vienen los vendedores de miedo y medicinas y dictaminan: se murieron de sida.
—Bueno, como punto de vista es muy ingenioso —le digo desconfiado.

Ella me mira con súbita intensidad y repone:
—Y lo más importante: me mantiene viva.

Me lo tomo como un desafío, pero ella, con ojos serenos, añade con una voz suave como la yema de un huevo:
—Ok, tal vez solo estoy viva por cabezona, por no hacerle caso a los médicos. Pero eso igualmente demuestra el poder de la mente. Ni un cinco me ha costado mi salud. Solo mucha fe en mis ganas de vivir.

—Bueno… —acepto ante su apabullante energía— es cierto que tampoco las medicinas tradicionales funcionan si uno no cree firmemente en ellas.

Diana me desnuda con la mirada y me dice:
—Es como todo: un juego de poder y dominación. Créame: en el mundo hay más gente viviendo del sida que muriendo por él.