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Une tu labio al mío
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Por Víctor Hurtado
Publicado el 05/19/2011
 

Profesor: A mí gusta contar cuentos a la gente, pero, como soy apolítico, me dedico a la literatura.


Une tu labio al mío

Une tu labio al mío

Por Víctor Hurtado Oviedo


–Profesor: A mí gusta contar cuentos a la gente, pero, como soy apolítico, me dedico a la literatura. Yo soy bien inédito, pero lo feo de ser escritor secreto es que nadie lo sabe. Yo no ruego y voy con la frente en alto, aunque me he rodado por algunas escaleras. Sin embargo, ahora creo que el mundo debería salir de la ignorancia y conocer mis obras completas (después ya veremos). Como soy un poco tímido para la autocrítica, le pido su parecer sobre mis obras de arte y le envío un ropero con mis manuscritos.

Me costó un poquito mandarle el ropero porque debí cubrirlo con estampillas y, de tanto lamerlas, ahora ando con los labios pegados con goma. Me gustaría reclamar, pero no puedo decir ni “esta boca es mía”, de modo que he dictado por escrito esta carta a mi ahijado Cibernecio. Este chico es una joya, profesor, y no sé por qué no se lo roban.

Mi intuición de artista me secretea que Cibernecio seguirá mis pasos por las carreteras del arte scripturarius. A la semana de nacer, ese muchacho ya era poeta joven, y, como no sabe contar las sílabas, escribe versos libres. Él dice que solo tiene diez dedos en las manos y que siempre le falta un dedo para llegar a los endecasílabos. No sé: o le falta razón o le falta un dedo.

Bueno, profesor, no sigo escribiéndole porque no puedo hablar. El otro día se me pegó un dedo índice en la boca, y ahora parece que camino pidiendo silencio a la gente. Avíseme si le llegó bien el ropero para enviarle otro apenas convenza a Cibernecio de que pegue las estampillas. Lo saluda su nuevo escritor favorito, Incontinencio Polígrafo.

–Ilegible amigo: Me alegra recibir su carta pues, gracias al sobre, por fin sé dónde vive. Ya le haré una visita, pero mejor no esté. Sí, recibí sus sobras completas, mas el ropero es muy gigante y se le sale él mismo por los costados. Como no puedo meterlo en mi casa, sus escritos están en la calle (su estado natural). Su ropero es tan grande que los políticos podrían usarlo para guardar las apariencias. A los policías de tránsito les he mentido diciendo que no toquen el ropero pues es una instalación del arte moderno, y que no bloquea la calle, sino que la “interviene”.

Lo bueno es que un coleccionista me ha pagado cien mil dólares por el mueble pues dice que ni en la Tremenda Corte se ha visto cosa más grande. No me pida su parte, Incontinencio, porque he puesto la plata en un banco de la isla Gran Caimán, donde esconden su dinero los políticos cuando son reptiles.

Entiendo su molestia, surgida cuando ve que a otros infames de las letras les publican libros, pero a usted no. Sí, es una injusticia: todos los malos escritores tienen los mismos derechos.

Luego de leer algunas de sus páginas, entiendo por qué solo las polillas han tomado el gusto a sus sobras completas. Usted practica el realismo sucio; o sea, escribe libros que nadie patearía por razones de higiene. Mi consejo es que no los publique: ¿qué culpa tienen los lectores de que usted sea artista? Eso sí, reconozco que usted es un escritor nato. Incluso de niño, antes de saber escribir, usted ya era escritor; y ahora, cuando no sabe escribir, también escribe. Realmente, su vocación es admirable.

Lo que me causa gracia es que se le hayan pegado los labios por lamer estampillas (y después dicen que el correo no sirve). La gracia de su desgracia me hizo recordar un bolero de la compositora mexicana María Grever: “Cuando vuelva a tu lado”, que en un verso dice: “Une tu labio al mío”. Este es un caso literalmente singular porque cada uno de los besantes tiene solo un labio. ¿A esto se refieren cuando hablan del “ahorro personal”?

A la compositriz le sobraron sílabas para que el verso acompañase a la música; entonces, hubo una licencia poética. Sin embargo, también podríamos decir que hubo una figura retórica llamada ‘sinécdoque’: usar una palabra para que signifique el todo o una parte de una idea. Los estadounidenses llaman ‘América’ (el todo) a su país (una parte). Decimos ‘cabezas de ganado’ en vez de ‘reses’, y ‘el labio’ puede equivaler a ‘los dos labios’.

Otra figura es la metonimia: el cambio de significado debido a la continua proximidad de dos objetos, como el llamar ‘café’ (objeto 1) a un edificio (objeto 2) donde se sirve café; o decir ‘lengua’ (1) a un idioma (2) porque se habla con la lengua. Todas son figuras de substitución del significado, junto con la metáfora, la catacresis y la antonomasia. Usted se ha tomado demasiado en serio “une tu labio al mío”. Tenga cuidado cuando maneje y lo detenga un policía: con la boca pegada y sin tomar licor, usted ya está de goma.