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Autobiografía Futbolera Por Cecilia Bonelli Pensé mucho de qué manera comenzar con este texto y me vino a la cabeza una frase que quiero compartir con ustedes; es una frase hecha y muy conocida, más que nada por los hinchas de Boca, pero yo la voy a modificar a mi manera: “Mi pasión por el fútbol no late, TIEMBLA”. Muchos se preguntan cómo a una modelo, una “cara bonita”, “una chica linda” que vive de su cuerpo, su físico, le puede gustar tanto ver y jugar fútbol. La respuesta es muy sencilla: vengo de una familia muy futbolera, con papá Juan Carlos y tres hermanos mayores hombres. Todos hinchas de Boca. Los fines de semana era un clásico ir al campo y armar unos “picaditos”. Y como ya se imaginan, cada vez que faltaba un jugador, me ponían al arco. Nací un 1 de mayo, Día del Trabajador. Y para cada uno de mis cumpleaños iba pidiendo partes de la indumentaria del club del cual yo era hincha. Un año, la camiseta; el otro año, el short; el otro, las medias… y así me iba armando mi equipito con el cual siempre me aparecía vestida. Y con el pelo engominado. Por entonces, mis amigas me decían La Cholito. De día era un varoncito y de noche, una lady. De chica, las muñecas y las Barbies no existían para mí. Vivía rodeada de pelotas de fútbol. Hasta que un día me llegó la adolescencia, y con ella un cambio importante en mí. Ya debía dejar a un lado ese varoncito para transformarme en una verdadera princesa. Si bien lo logré, mi pasión por la pelota permaneció intacta. Y sigue vigente hoy en día. Para muchos hombres, una mujer que sepa, le guste y juegue al fútbol puede llegar a ser la mujer perfecta o ideal. Siempre digo que mi manera de “chamuyar” a un chico que me gusta es hablándole de fútbol. Para mí, trabajar en un programa como Fútbol para todos (por Fox) es estar en mi medio natural. Todos lo sábados, junto a mi equipo, La Liga Moss, competimos en un torneo intercountries y mal no nos fue hasta ahora. En un año conseguimos dos ascensos. Logré alzar dos copas y colgar dos medallas en mi cuello. Si me tengo que definir como jugadora, podría decir que soy una especie de Juan Román Riquelme. Me gusta distribuir el juego, alentar a mis amigas y si veo algún error dentro de la cancha, hablarlo en el entretiempo. Soy una jugadora que le mete mucha garra. Hasta que no le saco la pelota al rival, no dejo de correrlo. Un día enfrentamos al equipo de Paula Pareto, la chica que acaba de ganar la medalla de oro en el Panamericano, en la disciplina de yudo. Era chiquita, pero una roca de lo dura y musculosa. ¡No había forma de bajarla! Y esa tarde me volví a mi casa con las rodillas llenas de frutillas, que luego, con el paso de los días, se convirtieron en grandes moretones. He hecho mis lindos goles, me encanta poder hacerlos, pero soy muy compañera y trato de dar buenos pases para que otras también conviertan. Llevo el 10 en la espalda, un número al cual le tengo mucho respeto, un número que es especial para todos los argentinos por quien la usó y todo lo que significó. Mis compañeros no entienden cómo viviendo de mi cuerpo puedo jugar a un deporte tan varonil, que me puede dejar secuelas físicas, a lo cual yo respondo: “Prefiero seguir jugando al fútbol; los moretones se tapan, la felicidad, no”. Y así soy. Esta es mi vida. Dicen que el fútbol es “pasión de multitudes”. Y entre esa multitud, estoy yo.
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