![]() |
Cualquiera que mire estas páginas diría que su oficio es el modelaje, pero no. Por las noches, Johanna acompaña a los miles de televidentes que sintonizan el canal 29, VM Latino. Nos gustaría pensar que solo buscan videos musicales. Sospechamos que la observan a ella. | |||
|
Deberían estar en otra parte. Jugando al PlayStation, atragantándose con comida chatarra, blanqueándose el cerebro con comedias románticas, siendo un poco bobos para ser consecuentes con su edad. Deberían estar en otra parte, pero no, están aquí, a un lado de un ventanal, casi con las mejillas recostadas sobre el vidrio, empañándolo, casi diciendo: “Aquí estamos, véannos”. Pero están y no. A un lado de la barrera de cristal, la realidad; al otro, un set de televisión con dos conductores que, de estar envejeciendo de forma natural, sobrepasan los 20 —estoy seguro, ya no tienen granos en el rostro—, pero que se comportan como aquellos que los miran, chicos de 13. Hay hermandad a ambos lados de la barrera. Los cuarteles de VM Latino son un espacio reducido, una casa de Big Brother sin dormitorios, sin patios de luz, sin confesionario, pero con aire acondicionado: se agradece. Podría también ser una tienda, como cualquiera de los cientos que se apretujan por los pasillos del centro comercial —mall— que alberga, en su tercer piso, como escondidas —quizá oportunamente , las instalaciones del canal 29 de la televisión abierta. Dije que están escondidas oportunamente, y el término no podría ser más preciso. Si ya son demasiados los preadolescentes que se juntan para mirar su programa favorito en vivo, puertas afuera, un set de las características de este en el medio del salón de las comidas —food court— o encabezando la sección de ropa para hombre o frente al local de celulares sería una cosa de locos. De cualquier forma, son las cuatro de la tarde de un viernes convulso, pero todavía eso no lo sé. Johanna se encuentra con unos audífonos tamaño familiar puestos sobre las orejas. A su lado, un locutor dirige lo que parece ser —y lo es, me cuentan— un programa de radio. Encima, está al aire. Todos estamos embutidos en una cabina radiofónica que, lo podría jurar, antes fue bodega. Porque VM Latino, desde hace algunos meses, decidió expandir su imperio y ahora no solo es canal: es emisora. El programa que transmiten a esta hora tiene un nombre, y ese nombre es Empatinados, un espacio donde se programa música romántica, y la locución entre Johanna y Lewis —así se hace llamar el tipo, y así lo llaman— aporta conversaciones del tipo “Si vos fueras mi novio, ¿cuál canción me dedicarías?” o “Una canción puede salvar una relación”, o bien “Las mujeres son más directas, por eso no son tan dadas a dedicar canciones”. Cuestiones así, agudas, vitales. Johanna no forma parte, al menos por ahora, de la emisora. Está probando suerte. La están entrenando, en sus palabras. Su fuerte, y hasta ahora único campo explorado, es la televisión. Si ella fuera producto de algo, si le debiera su éxito a algo, ese algo sería 4Music, el ya extinto canal, propiedad de Repretel. De allí saltó a VM Latino, donde ahora figura entre el equipo de conductores —VJ’s—, todos, como ya se dijo, en sus tiernos 20, eufóricos, enérgicos, emocionalmente enriquecidos —como loras con anfetaminas—, integrantes de un perpetuo colegio cuya única diferencia con los formales, los de verdad, es la falta de uniformes. Johanna usualmente cubre el horario nocturno, de las nueve a las doce medianoche, pero hoy, al caer la noche de un viernes convulso —con su lluvia, su hora pico, su quincena y, sobre todo, su preámbulo de Semana Santa—, la jornada comienza más temprano que de costumbre. 5:04 p.m.: se acomoda en su silla. El set —uno de los cuatro, en realidad, aunque cueste distinguirlos— es una especie de construcción acartonada, colorida y a desnivel. Justo encima de la cabeza de Johanna, en algo así como anaqueles empotrados, quietas y diminutas, se ven figuritas de programas infantiles: el Gato Félix, un pitufo, Mickey Mouse, Pucca, los niños cínicos de South Park. Entretanto, los niños no tan cínicos en el exterior del canal, cerca del ventanal, toman gaseosas. El set que ellos ven simula un estudio —chic— o cualquier espacio más o menos cerrado donde alguien debería sentirse cómodo, jovial. 5:06 p.m.: Johanna lo está, tanto que anuncia un concurso que tiene a Chayanne por protagonista (Elmer Gruñón debería ser la figurita faltante en los anaqueles). Luego, presenta un tema en video, “Ganas de verte” —o algo así—, de un artista llamado Shel —o algo así—. Minutos antes, el operador de la cámara apostó con ella un refresco (menudo riesgo), convencido de que se olvidaría del nombre de la canción. Pero lo dijo y ganó la apuesta, aunque el operador no la honró. Y eso generó risas. Y así, con esas simplezas, pasan los minutos en VM Latino, entre lo divertido, lo anecdótico y lo tedioso. 5:07 p.m.: comienza el segmento de videos. Mientras, fuera de cámaras, Johanna filtra los mensajes que, luego de su visto bueno, aparecerán en un cintillo, en el extremo inferior de la pantalla. Frases morbosas, demasiado explícitas o, dependiendo del humor del conductor de turno, pasadas de tono están vetadas. También lo están aquellas que, enviadas por menores de edad, hagan referencia a encuentros cercanos de cualquier tipo. Si hay alguien que pudiera estar leyendo esos mensajes, que pasan veloces, que se esfuman, es ese grupo de infantes que se agrupan, embobados, puertas afuera. Pero no los están leyendo, porque están ahí, y sus miradas solo apuntan al set y a lo que haya allí dentro. 5:35 p.m.: de vuelta a las 5:04 p.m. Y así hasta el infinito.
| ||||