En mi vi da periodística le he seguido la pista a diputados, presidentes, ministros, alcaldes y otros personajes, pero nunca a una bolsa de sangre.
Inicia la extracción de la sangre, puede durar cinco, diez y hasta más minutos, dependiendo del donante. |
Por Rodolfo González |
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En mi vi da periodística le he seguido la pista a diputados, presidentes, ministros, alcaldes y otros personajes, pero nunca a una bolsa de sangre. Algunos podrían establecer analogías entre los dos temas, pero yo me remito a relatarles lo que aprendí la mañana del sábado 26 de marzo, día de la inauguración del Estadio Nacional, y la tarde del martes 29, en el Banco Nacional de Sangre, ubicado en Zapote, y en el Hospital San Juan de Dios, en el distrito de El Carmen, en el centro de San José. Iba preparado para ver agujas, algodones, “popis” y quizás algún desmayo entre los donantes. Me sorprendí de encontrar fuerzas centrífugas que avergüenzan a la “Tagada” de Zapote en velocidad y precisión; prensas de metal y vidrio que separan los componentes de la sangre como Moisés divide el Mar Rojo, y hasta secretos que el preciado líquido le cuenta a los microbiólogos sobre nuestros hábitos alimenticios e incluso nuestra conducta sexual. Fue un intenso aprendizaje de seis horas que involucró a doctores, microbiólogos y donantes muy generosos en compartir conocimientos y experiencias. La razón de tanta apertura es que el Banco Nacional de Sangre batalla para conseguir 120 personas diarias, dispuestas a regalar unos 450 mililitros de su sangre para abastecer la demanda de los hospitales. No es tarea sencilla.
Aquella mañana de sábado, junto a otros cuatro donantes, Benjamín Jiménez, trabajador de Irex de Costa Rica, estaba con su camiseta de la Selección Nacional, una alegórica “roja” de los ticos, esperando el turno para punzarse la vena. “Desde hace 15 años tengo la costumbre de donar sangre. Lo hago tres veces por año, en enero, junio y noviembre”, relata Jiménez, quien asegura nunca haberse sentido débil ni descompuesto tras realizar la donación. Para él, donar conlleva un proceso de rutina: primero ojear revistas en la sala de espera, cuya pared de fondo tiene tucanes, plantas y ningún tema relacionado con sangre (al menos de manera visible). Luego, una entrevista médica corta con preguntas de rutina: ¿se descompone o marea?, ¿lo han operado recientemente?, ¿tiene gripe o algún padecimiento?... Así inicia el interrogatorio, el cual profundiza en áreas vitales de este tema; por ejemplo, la salud sexual.
Luego, al donante se le punza el dedo, para determinar el tipo de sangre, si existe infección o no, y cuál es la concentración de glóbulos rojos. De manera paralela se alistan las bolsas receptoras (fabricadas en la India y en Japón), se le asigna un código de barras a la bolsa (vital para darle “trazabilidad” o seguimiento desde que se extrae hasta que se realiza la transfusión). Después se introduce información en la computadora, en un software especializado para este tema denominado “Dolphyn”, vaya usted a saber por qué se llama así. “A veces me han devuelto a la casa en esta etapa, porque venía a donar sangre inmediatamente después de trabajar el turno de la noche, sin dormir ni comer mucho, y eso afecta mi concentración de glóbulos rojos, entonces no soy apto para donar ese día”, confiesa Jiménez. El laboratorio es una sala grande, con cinco sillas de cubierta oscura y una banca recostada en una pared, en la cual hay recortes de periódico de los años sesenta. Son las notas que dan cuenta del inicio de una Asociación de Donantes Voluntarios de Sangre (Dovosan), por iniciativa de Gladys Capryles de Maduro. La entrada de la nota da cierto escalofrío:
“En poco tiempo estará desterrado el comercio de sangre, gracias a la respuesta de los costarricenses…”. “¿Un mercado de sangre en los años sesenta? ¿A cuánto la bolsa? ¿Se acabó el negocio o sigue en el 2011?”, uno se pregunta. Junto a este periódico amarillento, hay otra información elocuente de esa misma década: “Ya hay en Costa Rica 12.000 donantes voluntarios, pero la meta es llegar a 30.000”. Le preguntamos al doctor Danny Cabezas Garita, médico asistente general del Banco Nacional de Sangre, por qué esas noticias no tienen réplicas más recientes, y nos cuenta que ya no existe en Costa Rica una asociación de tal tipo, desde que murió su fundadora en los años ochenta. Ahora la donación depende de la voluntad de los ciudadanos que acuden por su cuenta a los 28 bancos de sangre que hay en el país y de la cooperación de los trabajadores de las empresas, durante las visitas que realizan los especialistas del Banco. De acuerdo con el microbiólogo Sebastián Molina, en el 2010 el Banco Nacional de Sangre ubicado en Zapote tuvo 37.000 donantes (101,3 diarios, en promedio), de los cuales 30.000 fueron aceptados y 7.000 rechazados por motivos temporales o permanentes.
*** “Antes de venir tomé una taza de café y unas galletas”, cuenta. El doctor Cabezas Garita explica que si uno desayuna gallo pinto, natilla, pan, huevo, salchichón y todo eso no puede donar sangre hasta que pasen dos o tres horas, pues de lo contrario en la muestra habría niveles altos de grasas. Una vez concluida la extracción, el Banco le ofrece a los donantes un desayuno: jugos de frutas, bocadillos y café. De acuerdo con Benjamín, la gente cree que si uno dona sangre se engorda, pero eso es una idea falsa. Otros piensan que se pueden enfermar por agujas infectadas, pero esa posibilidad está descartada, ya que las agujas y otros dispositivos que entran en contacto directo con la sangre se desechan.
Jiménez sale del Banco y se olvida de su propia sangre, que de ahora en adelante se llamará “115901066”. Ahora es el turno de los principios físicos y de una máquina, muy parecida a una secadora de ropa, pero que es capaz de aumentar la gravedad a tal punto que los 450 mililitros de Jiménez, y las bolsas adjuntas, lleguen a pesar casi una tonelada, en solo ocho minutos, a punta de fuerza centrífuga. El microbiólogo Sebastián Molina explica que este procedimiento se utiliza para decantar los distintos componentes de la sangre: tras el proceso, la bolsa, que en un principio era totalmente roja, se vuelve igualita a una bandera del PAC: rojo, abajo y amarillo, arriba. La bolsa es colocada en una prensa que, a presión, expulsa el plasma y deja los glóbulos rojos empaquetados en la bolsa original, mientras que el plasma se desplaza a un segundo recipiente. “Ahora volvemos a someter el plasma a una menor temperatura y a mayor velocidad en la fuerza centrífuga, para separar las plaquetas del resto del plasma”, explica.
Este proceso es de mayor cuidado, pues, no en pocas ocasiones, algunas de las bolsas estallan y deben desecharse, por la enorme fuerza a la que son sometidas. Afortunadamente, esto no ocurrió esta vez. La razón por la que separan los componentes de la sangre es para que se logre su máximo aprovechamiento. La sangre total, entera o completa, solo en muy raras ocasiones se coloca en un paciente, y únicamente por motivos de emergencia. Por lo general, de cada bolsa donada, los glóbulos rojos se extraen, pues se sabe que en condiciones óptimas se pueden conservar unos 30 días. Sin embargo, las plaquetas tienen una vida útil de 5 días (deben mantenerse en continuo movimiento durante su almacenaje), y el plasma (lo que queda al extraer los componentes antes mencionados) puede conservarse por un año, a una temperatura de -30 grados celsius. Molina hace algunas observaciones: el plasma tiene un color amarillento, pero cambia de tono por varios motivos: una alimentación rica en carotenos le da un tono más intenso, y si una mujer donante consume anticonceptivos orales, entonces el plasma suele ser un poco más verdoso. Si una persona tiene muy altos los triglicéridos, la tonalidad es muy lechosa.
Una vez que la sangre es procesada, se almacena en distintos compartimentos y se somete a exámenes adicionales para saber si es apta para el hospital. Luego, un encargado viaja al Banco de Sangre de Zapote, coloca los componentes de la sangre en una hielera y los lleva al centro de acopio que tienen en el centro de salud. Una hielera, muy similar a la que algunos utilizarán por la tarde para llevar las cervezas que acompañarán la tertulia alrededor del juego de Messi, lleva una materia muy diferente entre los pasillos del San Juan. Al llegar al Banco de Sangre se le pone una nueva etiqueta. Sin embargo, a diferencia de las cervezas, no hay seguridad de que la bolsa de sangre se utilice hoy. La sangre que Benjamín Jiménez donó el sábado en Zapote es del tipo B positivo y tiene menor demanda que la O positivo.
El doctor Jimmy Villalobos, director del Banco de Sangre del Hospital San Juan de Dios, cuenta que en una semana llega a pedir hasta 20 bolsas diarias, del tipo O positivo, y solo cinco por semana del tipo B positivo. Sin embargo, cruzamos los dedos para completar la crónica este mismo martes, porque SoHo tiene que imprimirse. La suerte nos acompaña en el San Juan. Al Banco llega una solicitud de sangre tipo B positivo. No obstante, el fotógrafo Juan Carlos Murillo tiene dificultades para darle seguimiento gráfico a la bolsa. La razón es que en el hospital están muy pendientes de la prensa esta semana, luego de las notas periodísticas que han cubierto la vulnerabilidad del inmueble ante posibles incendios. Con la ayuda de Paola Serrano, del Departamento de Comunicación, logramos continuar nuestro trabajo. Damos con el receptor: Miguel Antonio Romero. Él necesita glóbulos rojos para superar un cuadro de anemia. Ignora que el donante de la sangre que ahora lleva dentro ha cedido sus glóbulos rojos durante 15 años por voluntad propia, que es un aficionado al fútbol y que trabaja en el sector industrial. Don Miguel Antonio Romero regresa horas después a su casa. Ahora el contenido que lleva en las venas ya no se llama “115901066”: ahora es parte de él, de su historia, de su vida cotidiana. Todo gracias a un tico que decide donar tres veces al año, como casi todos podemos hacerlo. |
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