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Seguimiento a una carta
- Por Andrés Fernández
- Publicado 04/19/2011
- ZONA CRONICA
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Por Andrés Fernández |
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En el parque de Guápiles, Valeria le da los últimos retoques a su carta.
Valeria Román Vargas es una chica de la era de la información, así que a sus diecinueve años jamás había enviado una carta. Tratándose de algo normal entre los jóvenes urbanos y de estratos medios y altos de hoy en día, el asunto no pasaría a más si Valeria no fuera, como es, una mujer de letras. Precisamente por eso, entre sus sueños de letrada estaba el de enviar una carta, una de esas hojas de papel que se llenan de letras, palabra por palabra, en una o ambas caras; que se escriben a mano con la caligrafía que la formación o deformación educativa dejó en cada uno de nosotros y detrás de la cual se es incapaz de ocultar algo: por lo general, somos como escribimos.
El deseo de Valeria tenía que ver con eso: con enviar un mensaje escrito a mano sin la inmediatez de uno enviado por teléfono o correo electrónico, ni la posibilidad de enredarse en las redes sociales. Para ella, el medio sería el mensaje. Desde que aprendió a leer, Valeria escribe sus propias cosas; casi siempre narraciones cortas que están más allá de la clasificación literaria. Algunas podrían pasar por poemas en prosa; otras, por cuentos; y otras tantas, por esbozos dramáticos. Lo suyo son los ambientes, esos escenarios vivos donde el lector se adentra sin darse cuenta y en los que los diálogos no siempre cuentan como tales. Cuando se leen esos textos no quedan dudas: se trata de una escritora en ciernes. Por eso, a la hora de entrar a la universidad se decidió por el periodismo y, más recientemente, a complementarlo con la filología clásica. Su necesidad por las palabras, como se ve, la persigue hasta en los sueños y por eso su deseo de escribir una carta a la manera tradicionalera un sueño, como quedó dicho. Aunque nació en San José, se crió en el cantón de Pococí y vive a unos diez kilómetros al Sur de Guápiles, en una quinta ubicada en un lugar llamado barrio San Bosco. En la capital, durante el período lectivo, convive con sus abuelos en Cedros de Montes de Oca. Viaja de vuelta a casa cada vez que puede. Precisamente, finalizaba una de esas visitas cuando le dio los últimos toques a su carta, ahíen el parque de Guápiles, poco antes dellevarla a la sucursal de Correos de Costa Rica de la localidad. A su destinatario (otro apasionado de las letras como ella, pero, a diferencia suya, literato frustrado) lo conoció por medio de su madre y con él comparte libros, lecturas, escritos y opiniones. Todo eso pese a que se escriben poco por correo electrónico, se hablan menos por teléfono y se han visto apenas en tres ocasiones: la suya es una relación literaria, valga decir, compuesta solo de palabras. De antemano “palabreados”, el chofer, el fotógrafo y este cronista, salimos con rumbo al Atlántico por la mañana, para estar en la filial en el momento en que llegara Valeria a depositar, en esa empresa, su misiva y su anhelo. La dirección de la agencia que se nos dio, “al costado Norte de MUCAP”, no nos pareció válida al principio, pero aquello no eran sino “pierdes” de capitalinos. En efecto, a las 11 horas y 39 minutos dela mañana, en la ventanilla de la sucursal, Noylin Aguirre Valverde atendía a la chica más desorientada que imaginarse pueda uno: si escribir una misiva era inédito para ella, el hecho de enviarla y sus diligencias lo eran aún más. Aparte de que tenía que introducirla en un sobre, no sabía nada más y por eso la orientación de la funcionaria fue fundamental para concluir esa parte del trámite. La estampilla —que ahora es autoadhesiva—, la dirección y el remitente van todos en el frente del sobre, mismo que iría pintado de verde fosforescente tal y como se acordó con Correos, para no perderle la pista. A partir de aquí, de Valeria solo basta consignar la alegría por lo logrado, al fin, esa mañana de lunes, pues en adelante su carta será la protagonista.
Al mediodía, luego de recibida, la carta fue anotada en la categoría de correo certificado, algo que se hace a mano en una listaconvencional, antes de ingresarla con el mismo fin en el sistema digital. Según nos explicó amablemente Noylin, esta tarea permite a la empresa el control cruzado de sus datos, mientras garantiza al usuario el envío de su misiva. Más allá de la ventanilla, la ayuda de Teresita Garita, administradora de la Sucursal, se nos hizo indispensable para entender sufuncionamiento. Una vez anotado e ingresado al sistema, el sobre certificado espera en lugar seguro mientras se acumulan más de ellos, los suficientes para ser apilados en un saco sellado que, en el depósito de envíos y junto a otras encomiendas, esperará a que lo recojan para ser llevado a San José.
De recoger y transportar el saco en que va nuestro sobre se encargará una de las camionetas de ruta que proviene de Limón y que, al llegar a Guápiles, habrá recogido ya la correspondencia y envíos de toda la provincia con destino a la ciudad capital. Por esa razón, a esta última parada llegará al final de su recorrido provincial, a eso de las 8:30 p.m. Mientras tanto, en la sede de Correos de Costa Rica, en Zapote, todo era actividad: camionetas similares a la que conducía César llegaban cargadas, despachaban y, una vez cargadas, volvían a su ruta de procedencia. Esa dinámica se repite casi todo el día, pero es febril por las noches, cuando todas las rutas en que se divide el país para prestar el servicio, hacen llegar aquí sus envíos. Despachador por doce años, don Carlos Díaz nos atendió con suma afabilidad; nos explicó todo lo que respecta al sistema de correos y fuimos testigos de su papel fundamental en ese recibir y entregar encargos de todas partes de nuestra geografía. La pregunta, por tanto, se imponía: ¿sigue la gente comunicándose por carta hoy en día en CostaRica? Contestó sin pensarlo: “No crea: ¡no todos sabemos usar una computadora!”. Contundente respuesta. Pregunté a don Carlos por el origen de las cartas y le compartí mi idea preconcebida de su posible procedencia rural en gran mayoría. Para mi sorpresa, me dijo que a su (calificado) juicio, provienen de todas partes por igual. A partir de sus palabras y de lo visto en ese día y esa noche, pudimos comprobar que la tradicional comunicación por carta mantiene su vigencia en el país. En esa conversación estábamos cuando, a las 10 en punto de la noche, llegó la camioneta de Limón y con ella el saco que contenía nuestra carta. Sin embargo, para verla tendríamos que esperar hasta el día siguiente, cuando aquel fuera abierto oficialmente.
A ese sitio llegó en el transcurso del día martes para ser clasificado según su dirección y por las precisas señas “a la tica”: “Barrio La Soledad, del costado noreste de la CCSS, 250 metros al Sur, a mano izquierda. Edificio Curling, apartamento número 2, balcón color naranja”. El encargado de llevarlo a destino al otro día fue don Jorge Hidalgo, el cartero que hizo la ruta 5 a la que pertenecía el encargo según sus coordenadas. En sus propias palabras: “La Ruta Número 5 cubre de la Avenida Primera a la Avenida 18, ‘sin tocarla’; y después, de la Calle Cero a la Calle 13, ‘sin tocarla’ tampoco; o sea, que es más o menos un cuadrado y agarra el distrito Catedral prácticamente completo”. Con él se fue Kurt Aumair, nuestro fotógrafo, pues este cronista esperaba en su apartamento del barrio La Soledad que el sobre y la carta llegasen hasta él…
Pues sí: el destinatario de la carta de Valeria Román no era otro que el autor de estas líneas destinadas a dar cuenta de una misiva anacrónica a él dirigida. De vieja generación, soy de aquellos a quienes en la escuela les enseñaron a redactar las cartas según su destinatario; a escribir la dirección al frente, de un lado, dejando espacio a la estampilla que habría de pegarse con saliva. Atrás, nos decían, se colocaba el remitente... “por si la carta se pierde, para que se las puedan devolver”. Hace tanto tiempo que dejé de escribir cartas, de enviarlas y de recibirlas que no recuerdo ya cuál fue la última en un sentido o en otro. Lo que recuerdo claramente es la emoción que se perdió con el correo electrónico: escribir a mano una epístola era una ceremonia solo comparable a la de ir a depositarla en la agencia de correo más cercana; después, venían días de ansiosa espera por la respuesta, que se daba por supuesta. No había mayor frustración que la de una carta que nos fuera devuelta.
Voy a leerla. De antemano, sin importarme qué diga, por venir de ella, sé que voy a disfrutarla. Después voy a responderla, escribiendo a mano esa respuesta, como corresponde, y apresurando el meterla en un sobre. Esta vez, no tendrá que ir pintado de color alguno, pues en cuanto el suyo llegó a mis manos, di por terminada esta que llamé “misión misiva”, por tratarse del encargo que ya les narré.
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1 Respuesta a "Seguimiento a una carta " 
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said this on 23 Apr 2011 9:33:31 AM CST
Muy agradable este artículo. Creo que las generaciones como la de Valeria, y en general todas, deben recordar el valor sentimental y la humanidad que se expresa en ella, que está muy por encima de los caracteres estandarizados de un procesador de texto o del correo electrónico.
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De mañana, a eso de las nueve, le tocó el turno de ser abierto al correo certificado proveniente de Guápiles. Del saco, expedito, salió y sobresalió el sobre verde fosforescente que era nuestro objeto: la carta estaba a punto de enrumbarse a su destino. Nuevo chequeo y codificación: Carteros 1, Correo Central, San José; es decir, tomaba rumbo al histórico edificio de Correos y Telégrafos capitalino.
Por eso, sin importar cuántas cartas hayaenviado o recibido,ahora que las recuerdo,emocionado, entiendo qué estará sintiendo Valeria esperando su réplica. La carta, la suya y que espero no sea la última, la recibí a las doce y treinta de la tarde del miércoles siguiente, exactamente dos días después de que la dejara en manos de Correos de Costa Rica para que me fuera entregada, y lo fue.










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