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Seguimiento a un pescado
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Por Maria Montero
Publicado el 04/19/2011
 

El hombre que pescó mi cena pasó 10 horas en un bote en alta mar, gastó 8 galones de gasolina...


Seguimiento a un pescado

(del restaurante Casa Luisa)

Por María Montero

Fotografía: Juan Carlos Murillo © 2011

Roberto “Gato” Ortega exhibe a nuestra protagonista:  una inocente corvinita en la flor de la vida.

El hombre que pescó mi cena pasó 10 horas en un bote en alta mar, gastó 8 galones de gasolina, se bebió 3 litros de agua, regresó con 7 kilos de camarón gigante, 6 corvinas pequeñas y, al final, cobró menos de $30… unos ¢15.000. “Tomó muy poca agua”, juzgarán algunos. Por si fuera poco, se dio una sobredosis gratuita de rayos ultravioleta. Un gran día, sin duda. Yo sería incapaz de hacer eso por nada ni por nadie, pero es cierto que haría otras cosas igualmente autodestructivas. También es verdad que Roberto Antonio Ortega Fonseca, de 48 años, conocido en todo el litoral Pacífico como Gato, no pasó tantos trabajos por mí, para mí, pero tampoco podría afirmarse lo contrario.

El pescador y yo nunca nos habíamos visto antes y, a decir verdad, una vez presentados, tampoco hicimos planes para el futuro. Pero ya lo dice el dicho: “nadie sabe para quién trabaja”, y así como él estuvo merodeando de sol a sol las profundidades doradas de Isla Caballo en busca de sus peces sin saber que al final de ese día serían mis peces, así estoy yo ahora mismo: acordándome de él y de su sombrerito minúsculo como un dedal ardiente sobre su cabeza, buceando en las no tan brillantes profundidades de mi memoria para sacarlo de ahí con todas sus redes, chorreando agua salada, exhausto y con la cara carbonizada, como si se hubiera secado el sudor con una brasa al rojo vivo.

Una nube de polvo cubre el camino a Chomes. Eso no ocurre por la fricción de los neumáticos sobre las piedras de Puntarenas, sino porque el polvo es una región omnipresente del verano. En cualquier dirección, el horizonte tiene la densidad del sol que se desmorona en todas las pendientes del aire. Durante el trayecto, el esqueleto de los árboles cubre ambos lados del camino y los alambres de púas dibujan en el paisaje una ruta paralela para los hombres y el ganado. Parece que nos adentramos en un lugar perdido al borde de la costa, pero no, el lugar está bien: la que está perdida es la costa.

Llegamos a Chomes cerca de las 4, cuando la tarde empieza a declinar sobre el interminable desvío de la carretera principal, y del “hornazo” surge una refrescante comunidad de pescadores, con su gramática artesanal perfectamente urbanizada. Residencias construidas con sujeto, verbo y predicado. Automóviles; antenas parabólicas; buenos vecinos.

“Estas calles están mejor que muchas del centro de Alajuela”, comenta el fotógrafo Juan Carlos Murillo, sociólogo en sus ratos libres. Cuando uno está a punto de creer que en la siguiente curva de Chomes aparecerá un mall o un yatch club, aparecen las orillas subdesarrolladas del Golfo de Nicoya, desdentadas y vegetativas, cuyas aguas permanecieron en alerta dos días antes a causa del tsunami que arrasó con las costas del noroeste de Japón, en el océano Pacífico, a más de 13 mil kilómetros de distancia.

En el puerto, una pequeña escalera de concreto baja hacia el mar y se suicida delante de todos. Sus últimos escalones, carcomidos por la sal, caen ahogados en la oscuridad de aguas profundas. En ese recodo de pasos en falso flota una alfombra rosada de camarones descabezados, cáscaras y pequeños cadáveres de ojos vidriosos que el Recibidor Amadeo tira a la corriente y que otros peces devoran en medio de una centrífuga salvaje de branquias y aletas.

460 gramos de sabor.

A veces también llega un cocodrilo – uentan los pescadores–, uno enorme, pero afortunadamente tímido, aunque no tanto como para dejar que otros peces de menor rango se coman sus camaroncillos.

Por esa escalera suben y bajan los pescadores cuando regresan del mar, chapoteando sus botas de hule y sus trapos asoleados como banderas infectadas. A las 5 de la tarde, una decena de botes pequeños bloquea el muelle esperando que la noche los libere del calor después de un día de trabajo, adormecidos al abandono de las corrientes marinas.

Sería mucho más justo si a Roberto, en vez de Gato, le dijeran Mapache. Sería. Pero los ojos del pescador son el escenario de su vida. Aunque Roberto tenga, gracias al sol, dos colores en la cara y, por ende, dos tipos de epidermis y varios códigos genéticos regados por el cuerpo –entre el bronceado de los mortales, la llaga de los asalariados y el estigma de los santos–, sus ojos azules pertenecen al supremo estereotipo de la cadena alimenticia, y una mirada semejante no puede provenir sino de carnívoros superiores. Por eso cuando el pescador, aún en el bote, vuelve sus joyas azules directamente hacia la cámara y exhibe sus hieleras repletas de camarones jumbo y, por supuesto, mi corvina, es fácil percatarse del valor histórico y antioxidante de ese momento.

Perdón, señorita, pero la belleza exige sacrificios.

Sinceramente, ignoro de dónde venga esta corvina que será mi cena en pocas horas –mucho menos sus antecedentes nucleares–, pero quizá con un poco de suerte y radioactividad, esta sirena de 460 gramos deje suficientes cantidades de omega 3 en mi torrente sanguíneo o, en caso de que venga aderezada con yodo-131 o cesio-137, pues qué remedio, de todos modos ya no pensaba tener más hijos.

En un país como Costa Rica, esto se consideraría un empate. Según el chisme ecológico, “Costa Rica importó casi 3 kilos de ingrediente activo de plaguicidas por persona durante el año 2008”. El país ostenta el récord de uso de plaguicidas en el mundo –mucho más veneno por repollo cuadrado–, así que un tufillo a plutonio proveniente del mar vendría a ser un gesto de solidaridad con nuestra agricultura.

En Costa Rica también sabemos de venenos, y no solo por nuestro bromato de potasio de cada día, sino porque quizá, sin darnos cuenta, los hayamos probado todos. Otro Roberto, esta vez el periodista italiano de apellido Saviano, tocaba el asunto de forma indirecta en su libro Gomorra (editado en español en el 2007), porque la ley inexorable del “nadie sabe para quién trabaja” es válida incluso para él, que ahora vive de incógnito rodeado de guardaespaldas y perseguido por la mafia. Saviano dedica el final de su investigación a desmenuzar el multimillonario negocio del tráfico internacional de residuos tóxicos y, al citar una investigación oficial del 2003, menciona a Costa Rica entre los posibles destinos de esa basura, traficada alrededor del mundo por expertos stakeholders, una suerte de agentes independientes que se dedican a sepultar “en algún lugar del planeta” la basura tóxica de las empresas que los contratan.

Las manos de Salvador Treminio, segundo a bordo en Casa Luisa, retiran la espina dorsal para utilizarla como parte de la receta.

“Los stakeholders de la Campania utilizana menudo las rutas del narcotráfico que los clanes ponen a su disposición para encontrar nuevos terrenos que excavar, nuevas tumbas que llenar”, explica Saviano en los últimos capítulos de su libro. “Ya en la investigación «Rey Midas», diversos traficantes estaban entablando relaciones para organizar el tráfico de residuos en Albania y en Costa Rica”.

Los regalitos de este tráfico sin precedentes suenan como recién salidos de la tabla periódica: cobre, arsénico, mercurio, cadmio, plomo, cromo, níquel, cobalto o molibdeno...

El periodista italiano no profundiza en su dato sobre Costa Rica, pero lo cierto es que si algún tico participó del negocio, o participa aún, debe hacerlo sobre ríos de dinero. “Ningún otro territorio del mundo occidental ha tenido una carga mayor de residuos, tóxicos y no tóxicos, vertidos ilegalmente”, dice Saviano al referirse al sur de Italia. “Gracias a este negocio, la facturación que ha caído en los bolsillos del clan y de sus intermediarios ha alcanzado en cuatro años la cifra de 44.000 millones de euros. Un mercado que ha experimentado en los últimos tiempos un incremento global del 29,8 por ciento, equiparable únicamente a la expansión del mercado de la cocaína”.

Nuestra corvina como todo bicho sin párpados, puede cerciorarse con sus propios ojos de no haber muerto en vano.

Si las corvinas hablaran, el regreso a San José no habría sido tan silencioso, pero estábamos muertos de cansancio, y la corvina incluso más que nosotros. En las “duchas” del Recibidor Amadeo, ubicado a escasos metros del embarcadero de Chomes, la moda es más agresiva que Vivienne Westwood. El cuchillo es bello, parecen gritar las hermanas Elizabeth Gutiérrez y Luz Rojas (hermanas por parte de madre), máximas autoridades del Recibidor. Nuestra cena recibió una terapia de embellecimiento que la despojó definitivamente del estrés de los bajos fondos marinos, y de ahí salió directo a una bolsa térmica rebosante de hielo. Divina, sedosa, depilada e inalterable: mi corvina recién salida del mar era una miss lista para su debut en saciedad.

Así como las cigüeñas vienen de París, las corvinas llegan a Casa Luisa. El orden del Universo se basa en esos dos simples principios y, créanme, no se necesitan más. A las 9 de la noche ya estábamos en Sabana Sur, y con el hielo sin derretir. Acostumbrada a deletrear día y noche los ingredientes del paraíso, la chef catalana Luisa Esparducer nos esperaba con las luces encendidas, los manteles largos y la sartén por el mango.

Auténtico Cadáver Exquisito: Corvina Surrealista Casa Luisa.

Casa Luisa es, para decirlo sin rodeos, el mejor restaurante del mundo, e incluso en varios kilómetros a la redonda. Trasladada cual emperatriz extravirgen por las cocinas del palacio, mi corvina recibió un ajuste de cuentas antes del banquete: baño honorífico de aceite de oliva, ajos, laurel, perejil, cebolla, vino blanco y limón, mientras que por dentro llevaba finas lonjas de jamón serrano y pizca de sal. O sea, brasa y caldito (hecho con la espina y las hierbas) y no mucho más porque, como recomendaría el chef Juan Ramón Jiménez: “¡No le toques ya más, que así es la rosa!”.

En dos platos, la biografía de esta corvina se resume así, sin “comas”: de los ecos del tsunami en el Océano Pacífico pasó al trasmallo del Gato media milla al Este de Isla Caballo en el Golfo de Nicoya como a 15 kilómetros del puerto de Chomes en Puntarenas donde la esperaba el protocolo del Recibidor Amadeo de donde salió descamada para una bolsa térmica del restaurante Casa Luisa en Sabana Sur donde fue recibida con honores y laureles sin espinas y pasada por el calor del hogar directo al plato servido junto a dos botellas de vino blanco para chuparse los dedos amén.

Comer así  es un privilegio. Chuparse los dedos, un derecho humano.

Desmenuzamos la cena con un silencio mortal y regamos nuestro último adiós con Emina Rueda y Alvariño, los mejores amigos de mi corvina, para entonces. Desde que la llevo dentro, he recobrado cierta capacidad de fotosíntesis, pero sobre todo me he vuelto a enamorar de la escritora danesa Isak Dinesen, quien escribió, probablemente después de la cena: “Todo se cura con agua salada: con sudor, con lágrimas o con el mar”.

 

 

 

 

 

 

Elizabeth Gutiérrez sopesa la situación.Ella es una de las patronas del Recibidor Amadeo, en Chomes. Nuestra chica tuvo gran vida interior. Gato lo verifica. Después de semejante festín, la que se puede morir tranquila soy yo.
Una ducha íntima antes del gran acontecimiento.