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La revelación
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Por Marcelo Birmajer
Publicado el 04/19/2011
 
La revelación

La revelación

Por Marcelo Birmajer

Ilustración: Luis Carlos Cifuentes © 2009

Mi amiga Dorita me convenció de la existencia de la amistad entre el hombre y la mujer. Nos conocimos  hace ya diez años, cuando ella tenía 70, en la biblioteca pública de Buenos Aires, y seguimos siendo amigos hasta hoy. Nos unió la común búsqueda de un mismo libro de Somerset Maugham, del cual los dos somos fanáticos. Desde entonces, descubrimos varias ideas en común: ambos coincidimos en que las mujeres deberían llegar vírgenes al matrimonio, en que los roles hogareños de mujer y hombre deben estar bien diferenciados. Nuestras ideas no solo no han triunfado en el mundo contemporáneo, sino que son consideradas incluso perjudiciales. Pero ni a Dorita ni a mí nos interesa imponerle nuestras ideas a nadie y tampoco nos preocupa que la mayor parte del mundo esté en desacuerdo con nosotros. Nos basta con nuestra amistad y con pensar independientemente de las costumbres dominantes. Dorita coincide conmigo en que satisfacer a una mujer en la cama es un misterio, incluso para la propia mujer. Mientras que satisfacer a un hombre es muy sencillo. Una vez alcanzada esta conclusión, lo sensato es que la mujer se encargue de satisfacer al hombre, puesto que es fácil y realizable. Mientras que la satisfacción de la mujer es misteriosa y tal vez imposible. “¿Por qué habrían de perjudicarse los dos, mientras es posible beneficiar a uno?”, concluyó Dorita en cierta ocasión.

“Por otra parte —siguió Dorita, en un encuentro posterior—, nada me ha hecho más feliz, a lo largo de mi vida, que satisfacer a mi marido. Él se ha encargado de mi seguridad, económica y personal; me repite que soy hermosa. Y nunca ha mirado a otra delante de mí. Aun si lo hiciera, mientras me respete, me cuide, me quiera y siga a mi lado, no hay para mí mayor placer que confortarlo”. Ni yo podría haber expresado mejor lo que espero de una mujer.

Sin embargo, Dorita, si bien dispuesta a una entrega exhaustiva, cargaba también con limitaciones personales: casada desde los 17 años, nunca permitió a su marido verla desnuda. Siempre que fueron a la cama, a dormir o a cualquier otra cosa, se apagaba la luz. Pasaron 63 años de matrimonio con la luz apagada. Dorita no sentía un especial orgullo por esta coherencia: le pareció que era lo más natural.

—¿Y tu marido nunca te reclamó salir de la oscuridad?
—Jamás —replicó Dorita, agitando la cabeza para acentuar su respuesta—. Me ha pedido cada partícula de mi cuerpo, cada una de esas cosas por las que ustedes enloquecen. En silencio, con gestos. Pero nunca me ha siquiera murmurado que prenda la luz. Me lo respetó desde el primer día, incluso en la noche de bodas.

Estábamos en la plazoleta de la biblioteca nacional, tomando mate frío. Entonces Dorita succionó el mate, se puso toda colorada, me miró directo a los ojos, tomó aire y dijo:
—Pero hace un par de semanas, decidí darle una sorpresa, como un regalo por nuestro 63 aniversario: prendí la luz.

La miré con una sonrisa. ¿Esa era la información que ruborizaba a una mujer de 80 años?
—No sabés lo que ocurrió —siguió.
—Se murió —exclamé sin pensar. Aún no comprendo cómo pude decir algo semejante.
—No —dijo con calma Dorita, como el buen narrador de una historia de terror—. En la cama no estaba mi marido, sino otro hombre.
Aunque estaba sentado, tuve que sostenerme de las maderas del banco para no caerme hacia un lado.

—En todos estos años, me confesó Juan, mi marido, cuando yo apagaba la luz para “eso”, era reemplazado por su amigo José.
—¡Dorita! —dije sin saber qué decir— ¿Y nunca lo notaste? ¿Y cómo sabía él cuándo debía hacer el cambio?
—Hay ciertos gestos, en una pareja, que son muy fáciles de captar. Y en cuanto a que nunca lo descubrí: ¿cómo podría haberlo descubierto si siempre era en silencio?... Pero la confesión de Juan fue mucho más lejos: aparentemente no le gustan las mujeres.
—¿Y ahora qué pensás hacer? —dije cuando pude recuperar el habla.
—Continuar apagando la luz, como siempre.