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Por Marcelo Birmajer Ilustración: Luis Carlos Cifuentes © 2009 |
Mi amiga Dorita me convenció de la existencia de la amistad entre el hombre y la mujer. Nos conocimos hace ya diez años, cuando ella tenía 70, en la biblioteca pública de Buenos Aires, y seguimos siendo amigos hasta hoy. Nos unió la común búsqueda de un mismo libro de Somerset Maugham, del cual los dos somos fanáticos. Desde entonces, descubrimos varias ideas en común: ambos coincidimos en que las mujeres deberían llegar vírgenes al matrimonio, en que los roles hogareños de mujer y hombre deben estar bien diferenciados. Nuestras ideas no solo no han triunfado en el mundo contemporáneo, sino que son consideradas incluso perjudiciales. Pero ni a Dorita ni a mí nos interesa imponerle nuestras ideas a nadie y tampoco nos preocupa que la mayor parte del mundo esté en desacuerdo con nosotros. Nos basta con nuestra amistad y con pensar independientemente de las costumbres dominantes. Dorita coincide conmigo en que satisfacer a una mujer en la cama es un misterio, incluso para la propia mujer. Mientras que satisfacer a un hombre es muy sencillo. Una vez alcanzada esta conclusión, lo sensato es que la mujer se encargue de satisfacer al hombre, puesto que es fácil y realizable. Mientras que la satisfacción de la mujer es misteriosa y tal vez imposible. “¿Por qué habrían de perjudicarse los dos, mientras es posible beneficiar a uno?”, concluyó Dorita en cierta ocasión. “Por otra parte —siguió Dorita, en un encuentro posterior—, nada me ha hecho más feliz, a lo largo de mi vida, que satisfacer a mi marido. Él se ha encargado de mi seguridad, económica y personal; me repite que soy hermosa. Y nunca ha mirado a otra delante de mí. Aun si lo hiciera, mientras me respete, me cuide, me quiera y siga a mi lado, no hay para mí mayor placer que confortarlo”. Ni yo podría haber expresado mejor lo que espero de una mujer. Sin embargo, Dorita, si bien dispuesta a una entrega exhaustiva, cargaba también con limitaciones personales: casada desde los 17 años, nunca permitió a su marido verla desnuda. Siempre que fueron a la cama, a dormir o a cualquier otra cosa, se apagaba la luz. Pasaron 63 años de matrimonio con la luz apagada. Dorita no sentía un especial orgullo por esta coherencia: le pareció que era lo más natural. —¿Y tu marido nunca te reclamó salir de la oscuridad? Estábamos en la plazoleta de la biblioteca nacional, tomando mate frío. Entonces Dorita succionó el mate, se puso toda colorada, me miró directo a los ojos, tomó aire y dijo: La miré con una sonrisa. ¿Esa era la información que ruborizaba a una mujer de 80 años? —En todos estos años, me confesó Juan, mi marido, cuando yo apagaba la luz para “eso”, era reemplazado por su amigo José.
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