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Sexo caritativo A la Hermana Consuelo in memoriam
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Por Julio Román
Publicado el 04/19/2011
 

Una monja fue quien me inició en el sexo, la hermana Consuelo, que realmente le hacía honor a su  nombre.


Sexo caritativo A la Hermana Consuelo in memoriam

Sexo caritativo
A la Hermana Consuelo in memoriam

Por Julio Román

Ilustración: Adrián González Rizo © 2010

Una monja fue quien me inició en el sexo, la hermana Consuelo, que realmente le hacía honor a su  nombre. A l os doce años, yo ya tenía pelos en el pecho y cuerpo de hombre; había desarrollado  prematuramente (por lo que me quedaría chiquitillo y retaco), pero en compensación, gracias a ese cuerpo con  alma infantil, las mujeres se me abrieron a una edad en que mis amigos no se atrevían siquiera a verlas a los ojos.

La Hermana Consuelo, que entonces tendría unos treinta años, estaba interna en el convento de Las Hermanitas Paupérrimas, en un viejo edificio de metal allá en Aguas Charcas, localidad cartaginesa a la que yo iba a pasear frecuentemente con mi familia por una razón muy sencilla: por falta de dinero para ir a un sitio mejor. Cerca del pueblo había unas pozas de agua caliente y además vivían ahí unos primos lejanos de mi  mamá donde nos alojábamos gratis, razón de sobra para que Aguas Charcas fuera nuestro destino turístico favorito y… único.

No hay mal que por bien no venga y mi familia era realmente lo más novedoso que había en todo el verano en el pueblo, y por eso muy bien recibida. Sumemos a esto que yo era como el rey tuerto en país de ciegos, pues todos los muchachos de mi edad eran un saquillo de huesos llenos de espinillas, jorobados, esquivos, que hablaban sin vocalizar con sus vocecillas de niña plagada de gallos. Entre tales hombrecillos a medio hacer, yo era un hombre hecho y derecho y encima cándido a más no poder, lo cual me hacía aún más  apetecible a los ojos de las mujeres maduras. Con decirles que la primera vez que se me puso tiesa fue justamente con Sor Consuelo quien me tuvo que explicar de qué se trataba aquello.

Y me lo explicó como una madre enternecida ante las primeras palabrillas de su hijo. Me lo explicó y me lo  alivió con caridad cristiana, dándole de comer al hambriento y de beber al sediento, como piden las Sagradas Escrituras. Fue todo desprovisto de maldad o malicia, con la entrega que solo una madre sabe hacer. De hecho, fue desde entonces que lo más profundo y hermoso que un hombre puede despertar en una mujer es su instinto de madre incestuosa.

He querido dedicarle esta columna a aquel pasaje íntimo de mi infancia, para decir a los cuatro vientos que  yo conocí un sexo limpio y sin pecado en brazos de Sor Consuelo; que en su cuerpo conocí el sexo como  debieron vivirlo Eva y Adán, o los personajes de La Laguna Azul, si prefieren. Este es el catecismo que  deberían darles las monjitas a los preadolescentes desesperados, valga la redundancia, porque no creo que  haya edad más infame y desesperada que la de ser mitad un niño y mitad un hombre al que ya se le para.

Lamentablemente, llego tarde. Nunca me perdonaré no haber buscado a esa gran mujer estos años para compartirle mi manera de ver las cosas y agradecerle mi iniciación. La hermana Consuelo se suicidó el fin de año del 2010 y según he podido saber, penetrando el oscuro hermetismo de las monjas y de la institución que las cobija, dejó una nota en la que se confesaba culpable de abuso sexual infantil. Arrastrada y agobiada  p or los escándalos que sacuden a la iglesia católica, Sor Consuelo decidió poner fin a sus días, revelando así  que había vivido estas décadas atormentada por algo a lo que, por mi parte, yo le daba el valor de sublime ofrenda amorosa.

No fui valiente, o no a tiempo. No pude honrar nuestro pasado y esta mujer se suicidó, condenándose así al infierno, según sus propias creencias. Eso es lo más grave: no solo murió sin saber que me hizo el hombre más feliz del mundo, convencida de haber cometido un crimen, sino que además se aseguró de su propia condena eterna, quitándose la vida.

Si existe una Justicia Divina, la Hermana Consuelo está ahora rodeada de angelitos, sentada cuan larga y  ella era en una nube. Si la Iglesia quiere hacerle justicia, deberían canonizarla. La canonización inmediata de Sor Consuelo debería ser misión prioritaria de la archidiócesis de Cartago ante la Santa Sede en Roma. Sirva esta columna como un primer llamado. Y yo, como el primer milagro demostrable de la Hermana.