Contra el Nuevo Estadio
Nacional

Messi no jugó, pero falta no hizo: nos sobraron las inauguraciones. En medio del frenesí y la histeria causada por el coloso, Álvaro Murillo escribe para SoHo la diatriba que nadie querrá leer.

Ilustración: Ariel Arburola
Por Álvaro Murillo

Quieren que hable mal del Estadio. Pobres. Lo que no saben en SoHo es que el Estadio Nacional nuevo me encanta, que estuve en la colocación de la primera piedra, que compartí cuatro días con los chinos constructores y que a dos de ellos los tengo en mi Facebook. No saben que fui el primero en informar, en La Nación, sobre esta donación china, con base en una entrevista corta hecha en el recodo de un pasillo ancho en el Gran Palacio del Pueblo. Óscar Arias me lo dijo viéndome la cara, regocijado, recién salido de una reunión con su colega Hu Jintao en la noche otoñal del 24 de octubre de 2007.

Lo mencioné como contenido secundario en la crónica de esa jornada pequinesa y, dos días después, desde Shanghái, recogí un detalle llamativo para otra información, también secundaria, titulada “El 1% de los ticos cabría en el estadio que donará China”, porque en principio habría silla para 40.000 aficionados. No saben que en una de esas sillas estuve yo este sábado 26 de marzo, relamiéndome los ojos con las dos crestas dinosáuricas de la estructura anunciada 1.245 días atrás, despalabrado ante el mayor juego de pólvora que este polo ha visto en su vida, tomando notas y dejándome impresionar por los artistas chinos. Y en SoHo quieren que yo hable mal del Estadio. Pobres.

Se embarcaron conmigo. No hablo mal del Estadio porque no soy de esas personas en quienes pensaba Arias cuando advirtió, desde un principio sin asomo de ingenuidad, que vendrían críticas por pedir a los chinos un estadio de fútbol y no un hospital, una carretera, un aeropuerto, diez pasos a desnivel o esas cosas aburridas. La opción de un centro deportivo popular estaba ahí disponible en la mesa china, y por qué no la íbamos a escoger, si lo mismo han hecho Grenada, Togo, Madagascar y Samoa. Además, que no jodan tanto, porque la sede de la Cancillería de Nicaragua la regaló Taiwán y nadie reclama.

Además, se supone que hablamos de un estadio de primer mundo en un país de tercer mundo, lo cual indica que ahora poseemos algo raro, ajeno, extraño, artificial, y eso siempre luce más. Es como poner a Forlán a jugar en el Herediano o implantar una pieza de oro a una boca desdentada. Brillan tanto y son tan útiles para revelar las carencias del entorno. A la parafernalia del “estuche” debemos agradecer la oportunidad de mostrar al mundo que, ahora más que nunca, somos the happiest country ever seen.

Y si acaso no es un estadio de primer mundo, parece serlo, y esto es lo que en realidad importa. La realidad no es más que el total de percepciones de cada uno. No nos saquen por favor de esta idea, que la inauguración es un momento histórico (“histérico”, me dijo un diplomático de un país de la OECD la víspera de la inauguración). Además, así se salda una deuda de dos décadas con el fútbol tico, después de aquel maravilloso desempeño en Italia 90, solo obstaculizado por Checoslovaquia, país al que la Negrita de los Ángeles castigó con su disolución.

Por eso hay que celebrar sin pensarlo demasiado, como me pidió un colega hace pocos días al criticar las Por Álvaro Murillo críticas contra tan justificada bombetada por el estadio nuevo. “Eso es ver todo con un punto de vista de intelectuales”, dijo como ofendiendo. O sea, es querer ver todo como la gente que piensa. Uy, no, eso sí que no, mejor dejemos que ¡Viva la Pepa! Y atiborremos las portadas de los periódicos con fotos y metáforas en la semana en que Jotabequ gobernó este país. No lo vi en la BBC, pero seguro que lo publicaron con gran despliegue. Sigamos todos los pasos de Everardo Herrera, irrefutable representante del estilo reporteril deportivo en la radio, que confesó haber derramado lágrimas de emoción de pensar en esta obra gigantezca (con zeta) y pidió hacer conciencia en que este es el fruto del esfuerzo de Arias. Tranquilos: advirtió que lo dice sin ningún interés personal ni político.

No nos creamos que el Estadio es un regalo político. Estoy seguro de que la generosidad china es tal que igual lo hubiera donado aunque Costa Rica mantuviera relaciones con Taiwán y aunque el Gobierno tico hubiera usado su parlante para sumarse a la petición internacional por la liberación de Liu Xiaobo, un preso político que ahora comparte con Óscar Arias el honor de ser Nobel de la Paz. Ambos han peleado por lo mismo, pero en la noche de este 26 de marzo Liu seguía encarcelado en condiciones inhumanas en sepa Dios dónde, mientras Arias era el primer orador por protocolo en el Estadio.

Pero diay, así es la vida. Lo cierto es que el juego de luces y pólvora se vio hermoso, magnífico. Y con abundancia de bombetas, es de resaltar el resultado de “todos ilesos”. El Estadio aguantó bien los retumbos, los chiflidos y hasta un par de bolazos de Álvaro Saborío. ¡Qué gran estuche nos dieron los chinitos! Es de agradecer, más aún considerando que para regalar este estadio dejaron de hacer escuelas y otras obras sociales en su país, cómo de manera oportuna nos recordó al anterior embajador tico en Pekín en un programa de radio, cuando algún amargado decía que los estadios son parte del “combo 1” de cooperación china para sus nuevos aliados. ¡Es que miren que hay gente mezquina en este país! Más bien debemos buscar la forma de pagarles, ayudarles al estilo de Abel Pacheco con Estados Unidos, ofreciendo café y azúcar a los damnificados de Katrina, pero sin servicio de envío.

Y bueno, que se jodan porque no voy a hablar nada malo de la atmósfera fantástica del Estadio. Es la misma que había cuando Pacheco inauguró en el 2003, sin su antecesor, el puente taiwanés sobre el río Tempisque. Igual había gente estacionada en medio puente tomando fotografías. No voy a blasfemar contra el ambiente sicotrópico en torno al nuevo templo del fútbol, ungido ya por la metralla goleadora de Álvaro Saborío, por la despedida a un Rolando Fonseca que no se va y el paseíto en modo autista de Messi.

Ya, para abril o para mayo, deberemos estar hablando de otras cosas. No dudo que más emoción nos causará la apertura de la academia policial con $300 millones chinos, aunque estemos claros en que esto de la inseguridad es pura percepción.