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Fotografía: Ricardo Bada |
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Clawdia, chiquiTiquita mía, si estuviésemos en la Edad Media, la ordenanza municipal que vas a leer ahora podría ser dada a conocer a los vecinos en la Plaza Mayor tras el correspondiente redoble de atabales: Pero no estamos en la Edad Media, y lo que acabo de traducirte es cruda realidad en Estados Unidos. Aunque solo sea en un lugar que, después de consultar los atlas más encopetados, y quemarme las pestañas investigando las más mínimas huellas fecales de varias moscas, logré localizar muy cerca de Tampa. Después de lo cual me formulé una serie de preguntas: 1ª) ¿Se apercibieron los ediles de Manatee de que si su ordenanza crease escuela, expondrían las acciones de los fabricantes nacionales de silicona a una auténtica debacle en Wall Street? 2ª) ¿Y de que, por el contrario, estarían beneficiando a los accionistas de la firma francesa Michelin, dando así un paupérrimo ejemplo de patriotismo bursátil? 3ª) ¿Por qué se excluyen de la ordenanza a las personas del sexo dizque fuerte y que, provistas de sugestivas tangas hilo dental, vayan mostrando no ya dos tercios sino hasta diecinueve vigésimos de sus glúteos? 4ª) ¿Cómo se justifican las excepciones de la regla que exoneran a las señoras que se prueban ropa en los grandes almacenes, y a las madres que dan de mamar a sus bebés, si no se incluyen entre dichas excepciones a las personas del sexo femenino que perentoriamente deban hacer aguas menores y/o mayores en las márgenes de las carreteras? Y 5ª) ¿No estará detrás de todo este asunto un negocio no muy limpio de algún edil que quiso obtener el contrato para la provisión de cintas métricas a la policía del condado, con las cuales los agentes de turno pueden dedicarse a la mensura de cuanta desnudez femenina les parezca que lo amerite? Naturalmente, la antecitada ordenanza municipal se inserta dentro de una doble moral, que nada tiene que ver con aquella hermosa aseveración de Stuart Mill según la cual, en un país donde todos menos uno profesen la misma religión, basta ese uno solo para que se deba promulgar la ley de libertad de cultos. O dicho de otro modo: en un lugar donde en los kioscos de la prensa se pueden adquirir las revistas con mayor exhibición de carne humana por página satinada, y donde los niños crecen creyendo que las mujeres tienen una grapa a la altura del ombligo, una ordenanza como la de marras no es otra cosa que un ejercicio municipal de hipocresía. En cuanto a vos, Maja mía, cuidate mucho de viajar a Manatee, que no quiero andar pagando multas de 500 dólares. Y hasta la Victoria (la de Samotracia), siempre. | |