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Cartas a Clawdia / La Edad Media en La Florida
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Por Ricardo Bada
Publicado el 08/16/2007
 
En un país donde todos menos uno profesen la misma religión, basta ese uno solo para que se deba promulgar la ley de libertad de cultos

Cartas a Clawdia / La Edad Media en La Florida

Fotografía: Ricardo Bada

Clawdia, chiquiTiquita mía, si estuviésemos en la Edad Media, la ordenanza municipal que vas a leer ahora podría ser dada a conocer a los vecinos en la Plaza Mayor tras el correspondiente redoble de atabales:
“¡De orden del señor alcalde de Manatee [municipio en la costa occidental de La Florida], se hace saber!: Que toda persona del sexo femenino que sea sorprendida en público mostrando más de un 75 por ciento de su pechuga y/o más de dos tercios de aquel lugar donde la espalda pierde su honesto nombre y pasa a llamarse glúteos, podrá ser sancionada con una multa de 500 dólares o con 60 días de prisión”.

Pero no estamos en la Edad Media, y lo que acabo de traducirte es cruda realidad en Estados Unidos. Aunque solo sea en un lugar que, después de consultar los atlas más encopetados, y quemarme las pestañas investigando las más mínimas huellas fecales de varias moscas, logré localizar muy cerca de Tampa.

Después de lo cual me formulé una serie de preguntas:

1ª) ¿Se apercibieron los ediles de Manatee de que si su ordenanza crease escuela, expondrían las acciones de los fabricantes nacionales de silicona a una auténtica debacle en Wall Street?

2ª) ¿Y de que, por el contrario, estarían beneficiando a los accionistas de la firma francesa Michelin, dando así un paupérrimo ejemplo de patriotismo bursátil?

3ª) ¿Por qué se excluyen de la ordenanza a las personas del sexo dizque fuerte y que, provistas de sugestivas tangas hilo dental, vayan mostrando no ya dos tercios sino hasta diecinueve vigésimos de sus glúteos?

4ª) ¿Cómo se justifican las excepciones de la regla que exoneran a las señoras que se prueban ropa en los grandes almacenes, y a las madres que dan de mamar a sus bebés, si no se incluyen entre dichas excepciones a las personas del sexo femenino que perentoriamente deban hacer aguas menores y/o mayores en las márgenes de las carreteras?

Y 5ª) ¿No estará detrás de todo este asunto un negocio no muy limpio de algún edil que quiso obtener el contrato para la provisión de cintas métricas a la policía del condado, con las cuales los agentes de turno pueden dedicarse a la mensura de cuanta desnudez femenina les parezca que lo amerite?

Naturalmente, la antecitada ordenanza municipal se inserta dentro de una doble moral, que nada tiene que ver con aquella hermosa aseveración de Stuart Mill según la cual, en un país donde todos menos uno profesen la misma religión, basta ese uno solo para que se deba promulgar la ley de libertad de cultos. O dicho de otro modo: en un lugar donde en los kioscos de la prensa se pueden adquirir las revistas con mayor exhibición de carne humana por página satinada, y donde los niños crecen creyendo que las mujeres tienen una grapa a la altura del ombligo, una ordenanza como la de marras no es otra cosa que un ejercicio municipal de hipocresía.
Sea como fuere, ya el humorista argentino Enrique Pinti dijo alguna vez, y a mí por lo menos me convenció, que “ni Franco consiguió / que la Maja se tapara”. Así es que aquí les doy un consejo a las vecinas de Manatee, adonde espero que llegue el suficiente número de ejemplares de SoHo como para que luego no puedan alegar ignorancia de mis desvelos: Ustedes, manateenas, harán bien en emigrar dentro de la propia Florida, unos kilómetros más al oeste, hasta el lugar llamado Panacea. De por sí, el nombre es –ya– todo un programa.

En cuanto a vos, Maja mía, cuidate mucho de viajar a Manatee, que no quiero andar pagando multas de 500 dólares. Y hasta la Victoria (la de Samotracia), siempre.