En tan solo 2 años, Claudia ha viajado por más países que un ciudadano común en toda su vida. Su actitud y elegancia solo podrían ser propias de una modelo de mundo o, como dejan ver estas fotos, una belleza universal.
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En tan solo 2 años, Claudia ha viajado por más países que un ciudadano común en toda su vida. Su actitud y elegancia solo podrían ser propias de una modelo de mundo o, como dejan ver estas fotos, una belleza universal. Por Alberto Calvo Garita |
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Por Alberto Calvo Garita De todas las definiciones posibles, quizá la que mejor califique la carrera de Claudia Gallo sea una: cosmopolita. Aprovechando la coyuntura de sus viajes por el continente asiático, el equipo de SoHo compartió con ella los manjares de la cocina mongola. Este fue el resultado. Partamos de una premisa: Claudia Gallo engrosa, hoy por hoy, las filas de esa privilegiada, distante, autosegregada y modestamente mediática raza que se reúne bajo el común denominador de la etiqueta top model. Hecha la aclaración, continuemos por la vía, tanto más arriesgada, de las hipótesis: esto es lo más cerca que estaré jamás de una top model. Más allá de las suposiciones, lo único verdaderamente comprobable es que nos encontramos frente a frente, en un restaurante al Este de la capital, y ella sorbe una bebida que, con mucha suerte, sabe a lo que contiene: sandía, limón, jengibre y hierbabuena. Una oda a la experimentación. Claudia no come carne, y no lo hace por las mismas razones que el resto de los vegetarianos: todas y ninguna. Parece claro que mucho de ese estilo de vida campestre obedece a la influencia de su madre, quien —como dato al margen—, en un intento menos costumbrista que osado, la dio a luz en su propia casa, con la ayuda de una partera, a la vieja usanza. Sin televisor, lejos de toda parafernalia tecnológica, jugando eso que hasta hace algunos años todavía se jugaba —muñecas— y que divertía y edificaba: así creció la niña, a comienzos de los años 90. No es fortuito que nos encontremos en Bambai, restaurante único en su especie, especializado en cocina mongola. Tampoco es más antojadizo el hecho de que Claudia ha pasado los últimos dos años de su vida viajando: de Madrid a Estambul; de las ciudades chinas de Guangzhou y Shanghái a Yakarta, capital indonesia. Devorando escalas, flashes, pasarelas: siendo y comportándose como lo que es: una modelo de talla mundial. Pese a todo, hoy, luego de una sesión fotográfica, transida por el calor, Claudia come, y la ocasión simple y primitiva de un almuerzo la hermana con el resto de los mortales. En la mesa, nos dividen tres platos, o eso quiero pensar. Ella parece muy a gusto con los aperitivos que nos han servido: gyozas vegetarianas (bocadillo hecho a base de pasta de espinacas), buuz (pasta de harina de arroz rellena con carne de cerdo, platillo típico de Mongolia) y los rollos de la casa, envueltos en tortilla de arroz y aderezados con salsa picante de maní. Uno tras otro: bocados y sorbos. El tema de la alimentación, aquí en el trópico, no reviste tanta polémica y atención y conflicto mediático como en Europa. A su llegada a España, Claudia lo pudo comprobar: modelos al borde de la desnutrición, y una industria que no solo las motivaba, sino que las respaldaba en su intento por robarle libras a la báscula. Ella se rehusó a seguir ese modelo. Y no lo siguió. —Yo lo notaba: eran demasiado flacas. Sí me dijeron varias veces: “Usted debería bajar de peso”, pero esa parte del modelaje no me gustaba. No me gustaba que me impusieran cómo tenía que ser. Si les gustaba así como era, pues bien, y si no iba a funcionar, no iba a funcionar. Yo sabía que era una buena modelo, que tenía la pasión. Es hora del plato fuerte. De acuerdo con la tradición mongola —cazadora por excelencia—, los habitantes del imperio solían acumular sus alimentos —vegetales y carnes para, cuando el apetito o el apremio así lo dispusieran, cocinarlos todos al fuego. Eran tiempos crueles; eran tribus nómadas. En Bambai, del imperio solo queda un cuadro con la imagen icónica de Gengis Kan, aunque la tradición, a la hora de servir los alimentos, prevalece: cada quien lo hace por cuenta propia. Claudia no es mezquina con su ración; se le nota emocionada, resuelta: hambrienta de una forma elegante y afable. Luego de escoger todos los ingredientes —tofu, espinaca, piña, vainicas, cebollín, cebolla, alfalfa, berenjena, berros chinos y fideos de arroz—, estos pasaran a asarse a la parrilla y, poco después, ella a devorarlos. Ella que proyecta su carrera en el mundo del modelaje un par de años más, a los 25, cuando más de una apenas comienza a soñar con ser grande. Ella con su carencia de ídolos y metas a largo plazo. Ella que planea continuar su carrera de Gestión Ambiental, como cualquier mortal que estudia y se gana la vida. Ella que sabe —y acepta y asume y entiende— que un modelo no es más que un objeto, así, a secas, sin mayores adjetivos. Ella que, luego de comer y muy posiblemente saciada, va y enciende un cigarrillo, para comenzar un ciclo más. |
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