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Una noche en la Zona Roja
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Por Alvaro Murillo
Publicado el 03/11/2011
 

Ciertas, falsas y crueles, las historias de amor condicionado inundan la zona menos romántica de San José en la noche del 14 de febrero. Álvaro Murillo pasó una noche entera en la zona más peligrosa del casco capitalino y lo cuenta para SoHo.


Una noche en la Zona Roja

Ciertas, falsas y crueles, las historias de amor condicionado inundan la zona menos romántica de San José en la noche del 14 de febrero. Álvaro Murillo pasó una noche entera en la zona más peligrosa del casco capitalino y lo cuenta para SoHo.

Por Álvaro Murillo
Fotografía: Kurt Aumair


El brazo izquierdo de Abelino es la galería de sus 17 intentos de suicidio. Está cortado como se le corta la voz cuando cuenta sus desgracias con la mirada anclada en una botella del peor guaro posible. Los cuchillos no eran tan filosos o él nunca ha estado tan convencido de que la muerte sea realmente mejor que la peor vida posible.

Abelino se quita el abrigo para mostrar su historia al escritor que tiene en frente. Pobre crédulo. Pone su brazo en posición de examen de sangre y cierra el puño; mira para otro lado como si temiera una inyección de recuerdos. Deja ver cicatrices de otro tipo entre las marcas de los 17 autonavajazos. Son más profundas y accidentadas. Algunas tienen nombre.

—Esta es Carmen- dice mostrando una raya gruesa e irregular que le cruza el dorso de la mano izquierda. Era el mejor amor de mi vida y quise defenderla, pero la perdí, como todo.

Son las 11:32 de la noche del 14 de febrero en la “Zona Roja” de San José. Hoy es el empalagoso Día de San Valentín y creo haber llegado a una zona de excepción. Lo celebro compartiendo una cerveza con Abelino en la  barra del bar “El Águila”, en la Quinta Avenida de la capital, cerca de la calle ocho, del Mercado Central, del Borbón, del antiguo cine Líbano, del Paso de la Vaca. Ya se sabe de qué hablo.

El bar tiene patente turística; no cierra jamás. Hay unas 25 personas dentro. Nueve bailan la música sea como sea (Usté sí me sacude rico, mi amor, eso es casi un acuso, ¡me está acusando, verdá!). Tres parecen muertos con la cabeza arrojada sobre la mesa. Seis se mueven incansables como avispas: traen dinero, se llevan cigarros, se insultan y se carcajean. “Hoy solo me falta la cadena y las pulgas. Si una perra me ve, me grita ‘puta’”, dice una mujer. Al fondo hay dos rótulos. Se prohíbe entrar acompañado al orinal y hay un baño exclusivo para discapacitados. Afuera, donde debería haber una puerta, “Tarzan” (56 veces arrestado) y “Maradona” (19 años por homicidio) exponen su actitud de rateros junto a dos negros bien vestidos que pronto se irán en una Mitsubishi Montero como nueva.

Uno de ellos se acerca serio y con los párpados medio caídos. Pasa por la espalda, pero se le percibe la mirada filosa sobre mi libreta y mi cuello. Siento un hormigueo en el banco. Aquí soy yo el único forastero y no lo disimulo. Salí del brete y me vine tal cual. Aquí estoy con toda la cobardía pidiendo otra cerveza al cantinero Dani (chiquitillo, gordo, de bigote, chupando popi) para seguir celebrando mi 14 de febrero. Abelino también quiere otra, pero hace que se busca dinero en sus bolsillos y tira un escupitajo blanco que se le queda pegado en una de las tenis Nike Shox negras. Busca, se toca todo y solo encuentra una bolita de papel aluminio, una piedra de crack. Otra piedra de crack. La tira al suelo y la sigue para ver dónde queda.

—Yo quiero salir de esto, créame. Me vine de Nicaragua desde hace diez años huyendo de este vicio y estuve bien un tiempo trabajando en la zafra en Tacares. Pero volví a esto y se me rompió la vida. Vivo lleno de vergüenza. ¡Quite, playo, ¿no ve que estoy hablando con un amigo? Jale, jale, a usté qué l’importa, hijueputa. Tome un trago, pero respete mi privaciá.

El intruso se lleva la botella. Abelino ni le reclama. Se agarra la greña larga, levanta el mentón y suelta unas lágrimas. De la misma bolsa del crak saca un pañuelo folclórico. Se seca las mejillas y se limpia los mocos. Dobla el pañuelo con cuidado y lo vuelve a guardar. En el bar, la noche calienta y la pistita se llena con Wilfrido Vargas. Tres personas, dos mujeres y un hombre, siguen abandonadas sobre las mesas. Una mujer regala al cantinero una rosa en la noche del amor y él la arroja como un vuelto junto a unas botellas empolvadas de Baileys. Al menos eso dice la etiqueta.

—Póngame atención —me reclama presionándome el brazo con la mugre de sus uñas, viendo nada, sin bajar el mentón—. Nosotros éramos doce hermanos, pero nos dividieron seis con mi mamá y seis con mi papá. Mi mamá me regaló a mi papá y él me mandó a vivir con un hermano de él, pero nunca estaba. Entonces me cuidó la esposa. Me cuidaba mucho. Ella me decía Abeláin. Siempre me dijeron así, me gusta más. No Abelino. A los siete años me mandó a vender las tortillas que ella hacía y me iba bien, pero un día pasó algo. Yo iba para la casa con toda la plata y yo quería llevarle más plata y entonces aposté con las chibolas, pero eran profesionales y perdí todo, todo lo que había ganado en el día. Ella me requisó así todo, me encontró las chibolas, me pegó unas cachetadas y vea —se descorre la manga derecha y muestra una mancha oscura—. Me pegó la plancha caliente. Ushhhh. Yo cerré los ojos así. Ushhh

Aguantó dos años ahí hasta que conoció amigos que lo indujeron a ratear en Granada. Después dio con una familia que se lo trajo ya de adolescente para Costa Rica y la historia no se amarra. Cuenta que por amor fue a parar a la cárcel de San Sebastián 16 días, porque un gringo se metió con la mujer que más ha querido. Pero no es Carmen; es otra.

—Él pasó a la par y le dijo que se la quería culiar y le agarró un pecho- dice frotando el tatuaje artesanal de corazón flechado. Yo me metí y le dije que mi doña no era ninguna puta, porque en ese momento de verdá no lo era, y me agarré con el mae. Yo le agarré un brazo y se le cayó el reloj. Yo se lo estaba recogiendo, pero la Poli iba pasando y el mae dijo que yo le estaba asaltando. Por eso me mandaron a la cárcel, pero yo no soy malo. Los fiscales carbonearon, por como soy yo, pero gracias a Diosito lindo, gracias a mi Diosito, me pusieron solo trabajo comunal.

No dice dónde vive. No dice la edad (debe de tener unos 23 años). No dice sus apellidos. Dice que vende tiliches en la Coca Cola. Se levanta del banco y me regala un abrazo. Recoge la mochila del suelo, cierra el puño derecho se golpea el pectoral izquierdo. Señal de amigos en el día de la amistad.. Da dos pasos, se devuelve por la bolita de papel aluminio que tenía ubicada y sale corriendo. Las tres personas continúan como muertas sobre las mesas. El trajín de los mandaderos no para y en la pista de baile el culpable es Bob Marley.

Frente al bar está la delegación policial del distrito de Merced. A las 3 de la madrugada tiene las luces apagadas. Al lado está abierta una ventanilla donde los adictos compran cigarros y los timbucos (pachas) de guaro Montano a c600. Se llama “Cigarrera Murillo”, como si el apellido no tuviera ya suficientes vergüenzas con Rosario la de Ortega. Llovizna, pero todo da igual; seis clientes pagan y descorchan sin brindar por nada. Quizá sea peligroso agitar demasiado ese guaro.

El policía Alexánder Meneses no lo usaría ni para curar un caballo.

—Esto no es Irak. La zona roja no es tan peligrosa. En el toc (sic) nacional está como de doce. Yo sé lo que le digo. Lo que pasa es que hay mucha noticia críminis y vox pópuli y sí es cierto es que aquí está lo peor de la sociedad y puede ser inseguro si la gente no se cuida. Hay muchos que se van con las damicelas de la noche y son víctimas de hurto por su desasociego amoroso.

Un borracho educado interrumpe la poesía policial en plena acera. “Perdonen, señores, es que ando un poco tomado”, confiesa tambaleándose. Una mujer con un solo diente cachetea a un tipo que podría ser su hijo. Un cojo topa a una prostituta gorda en minifalda, acomoda las muletas para voltearse, le mira las nalgas y le dedica una hipótesis con la lengua afuera. Una joven de 16 años, de barrio México, tropieza con el guaro y la acera. Su amigo se dirige sonriente al policía. “Le hace un favor si deja guardada a esta tierrosa”.

“Chori”, un adulto avanzado, pasa lamiéndose la sangre seca de los labios y rajando con un abrigo largo que alguien debe de haberle regalado. Jura que es piel de lobo y cruza la calle en zigzag para cumplir con su responsabilidad con “Perú”, el más famoso de los indigentes de la zona. Aunque no sienta cuando sus vecinos, los de madia tabla, pasan como letanías para recolocar la cobija costrosa y mantenerle secos los cueros de la cara. La llovizna recorre la esquina de la avenida 5 y la solidaridad de los borrachos lo moja todo.

Cuando anda despierto, Perú habla de Erasmo de Rotterdam, cita la Biblia y la mezcla con la constelación de las Pléyades. Alardea por haber compartido aulas con Teófilo Cubillas en la Gran Unidad Escolar Ricardo Bentin, en Lima. Cuando anda despierto despotrica contra su hermano Roosevelt por haber golpeado a su mamá hasta el último día de vida. Hoy, 14 de febrero, Perú no habla ni se mueve. Un policía se acerca para ver si respira.

De Abelino, ni señales. Una muchacha de pestañas largas pasa con pasos cortos y ansiosos. Lleva un short apretado, unas sandalias de hule y la mirada en el suelo. Un abrigo con gorro que apenas deja verle la cara preciosa y pálida. Topa a un joven con Nike Shox negras, le echa algo en la bolsa del abrigo y llovizna y no pasa nada. El muchacho lleva c10.000 en la mano. Los policías ya lo conocen y le preguntan que en qué anda. “Nada, mi ofi, naaada”. Lo requisan de manera que resulte imposible detectar si anda droga. Le suena el celular. “Ya voy p’allá, mae, suave. No venga, no venga; yo voy, es que los 55 me pararon y me requisaron tóo”. ¿55? “No tenía idea de que les decían los 55”, aclara uno de los dos policías. Este no es Abelino; se llama Jordan Meneses (Jordan, al chile) y huye sin prisas bajo la llovizna.

Una joven delgada batalla contra las botas blancas y brillantes de plataforma que casi le tocan el borde de la microfalda rosada. Anda un bolsito rosado agarrado tan fuerte que se le saltan las venas verdes de la mano. Lleva unas gafas de pasta rosada que la hacen parecer turista en la “zona roja”. Un tipo pasa a su lado con el tumbao que tienen los guapos al caminar, le toca el culo y se manda con una declaración de amor orgánico que la revista SoHo no está dispuesta a reproducir aquí.

—Va comer mierrrda, hijueputa necio— reacciona sin dejar de mascar chicle con la boca abierta.

Ella llegó a la “zona roja” como pareja de un tipo que vendía bolitas de papel aluminio, pero la competencia lo corrió del sector y su novia corrió a otras de la esquina donde ahora se para por ratos. Por ratos, porque hay mucho trabajo, se le oye decir.

Comparte oficio con la novia de Vanessa, una mujer de minifalda de mezclilla y abrigo de boxeador que esta noche parece más dedicada a atender a su pareja. Besos en la frente, besos en los labios, un abrazo, una nalgada de Vanessa, la mujer rapada que se atreve a preguntar sin tapujos, sabiéndose en terreno propio. ¿Usté qué, es del Organismo? ¿Qué escribe ahí a cachete? Sabe qué, no le creo; usté tiene pinta de agente del Organismo. Ígalo tranquilo, no ve que ya son muchos años en la calle. Me va a engañar a mí, ja.

—No, mire, yo ando viendo cómo celebran aquí el 14 de febrero ¿Usted cree que un agente del OIJ estaría apuntando en la libreta el nombre de la canción que se escucha en un bar? Mire aquí. Te da-ña-ron-ro-sa-mis- s-pi-nas. Es esa de la lluvia y los besos fríos bajo la lluvia.

—Sí, sí. Esa de así- dice cerrando los dos puños y moviéndolos como bailando.

Ya estoy en confianza. Presenta a su novia, a un amigo negro y alto bien vestido (ando en teletón porque yo consumo sustancias tóxicas y necesito entrar al sistema) y me lleva 30 metros más al norte, a la salida del hotel España, siempre sobre calle ocho, junto a un joven menudo y de pelo largo con abrigo y gorro, que está tirado en la acera como está tirado un guante de látex a solo tres metros de él. La cara la tiene cubierta, pero tiene unas Nike Shox negras y en la mano izquierda, una cicatriz gruesa e irregular que le cruza el dorso de la mano izquierda.

—¿Qué le pasó a Abelino?- pregunto contento por la coincidencia.

—¿Abelino? Ah, sí, sí, “Abelino”. Es que este mae bretea mucho y se cansó ya, pero despertémoslo pa compartir esta birra y celebrar el día del amor y la amistá.

Lo llama con este nombre y “Abelino”, digámosle así, yace como si nada fuera con él. Incluso abre los ojos rojos como confites y pone cara de desconcierto por la forma como lo llaman. Apresurado se toca todos los bolsillos y saca un puño de billetes y lo entrega a Vanessa. Ve a su amigo escritor y se alegra. Se levanta con toda energía, le pone la mano en el hombro y le ofrece la botella de un litro de cerveza que chupan entre todos. ¿Quiere comer algo? Yo lo invito. Lo que quiera, porque ya vi el corazón que usté tiene, ¿ya? Aquí nadie le va a hacer nada. De nosotros, nadie lo va a tocar.

La percepción de seguridad, diría Del Vecchio, viene en oleadas. Por ratos me siento como rodeado de amigos en la pulpería del barrio durante mi adolescencia en San Pedro Poás. De repente siento que cualquiera podría llegarme desesperado por detrás para sacarme como sea los c5.000 que me quedan. Podría ser “Maradona”, un tipo tan adicto y tan parecido a él. Un tipo que -según me contó sentado en el mismo banco donde conversé con “Abelino”- por amor a una mujer le metió un leñazo mortal a un amigo en 1982 y que completó 19 años entre San Lucas y La Reforma. En San Luis descontó el menudillo.

Es un tipo que comenzó a consumir drogas cuando el crack no existía y que ahora tiene la vista jodida, incapaz de leer su columna preferida, la del Profesor Corazón en el diario Extra. Maradona se declaró ladrón de 59 años, pero el Registro Civil tiene a Édgar Antonio Canales Moreno como un comerciante de 47 años con una dirección conocida: “100 Norte Del Mercado Central, frente Al Bar El Aguila”. Aquí mismo. Es un tipo que ve la cámara, fotográfica de Kurt, la valora de inmediato en $400 y piensa qué no haría con esa plata. “Desayuno, me pijeo y entro al sistema”. Kurt no supo si tomar la foto, proteger la cámara u ofenderse por la cotización de $400. Maradona le pidió guardarla porque afuera había un colombiano nervioso. Pronto se habría de ir en una Mitsubishi Montero como nueva. Maradona se iría con c2.000 que le di para comprarse una pacha de guaro de las de c1.000.

—Tome, vaya, pero no le creo que me traiga el vuelto.

—Tranquilo, compa, yo tampoco le creo que usté sea escritor. ¡Sh, qué cuento!

Llovizna y no pasa nada. “Abelino” escupe blanco y espeso. Saca el pañuelo folclórico y lo extiende sobre la acera empapada para que se siente la novia de Vanessa a compartir el litro de cerveza. Le ofrece un trago de Imperial y ella le dice que no, que ya se tomó una pacha de Montano y dos Baileys (claro, Baileys) y no quiere mezclar.

—¿Cómo que no, mi amor? – le dice Vanessa. Celebremos el día del amorsh y la amistá a cachete. Manda güevo.