El sexo y el amor

Fotografia: Ronald Perez © 2009


Semanas escuché hablar sobre San Valentín. Vi las vitrinas de todo centro comercial repletas de corazones y mil peluches. Ni qué decir las tarjetas pasadas de cariño y buenos deseos que miré de reojo en anaqueles. Por supuesto, las rosas rojas de siempre y hasta me percaté de chocolates forrados en papeles que decían te amo. En los restaurantes se promocionaban cenas para dos a la luz de candelas… ¡Y yo solo espero que
haya habido mucho sexo también!

La ley natural ha demostrado que si hay amor, hay sexo. Y si no es así, hay que sospechar. No tiene nada que ver con perversión, ni malicia. Más bien tiene que ver con no idealizar el sexo a tal grado de dejarlo siempre para el final o de esperarlo como si fuera el premio mayor de la lotería y crear un momento súper especial.

No quiero ser la aguafiestas del romanticismo, pero una dosis de realidad entre tanto Cupido que vuela entre nosotros, según creen algunos, no está de más.

Entonces, así es como lo veo yo: para cada gesto de amor corresponde un acto físico que ineludiblemente se relaciona con el sexo. Por ejemplo, llamadas a diario acompañadas con mensajes de texto entre comidas y una invitación al cine en la tarde de domingo, se merece tomarse las manos durante la película y unos besos con lengua a la hora de despedirse.

Ese ritual puede repetirse por dos semanas, pero en gente sin traumas extraños, esto jamás se puede repetir
una semana más. A la tercera semana ya no hay cine y los besos empiezan desde el saludo. En esta cita número tres hay un sofá, un parque o un carro donde se prolonga la besuqueadera. Es probable que en este punto los sentimientos sean confusos, porque es temprano para declararse enamorado; sin embargo, más de uno ya lo está aunque no lo diga. Son los días de las miradas embobadas y los despistes chistosos.

Esa tercera cita prende la chispa. En la cuarta hay intención de dejar al grupo de amigos y viene la invitación a casa. Siempre funciona como excusa inventar una cena casera porque alguno de los dos cocina y quiere halagar al otro con su platillo estrella. ¿Y qué pasa después de comer si ya la mitad de la botella de vino ha desaparecido? Claro que afloran más sentimientos, pero el deseo se manifiesta primero. Fácil en ese cuarto
encuentro se termina en el sillón de la sala con la mitad de la ropa en el piso como muestra de genuino interés y
compatibilidad entre ambas personas. Puede ser que no haya penetración física comprobable, pero para eso se
nos dio la imaginación. Con solo esa revolcada ya los dos saben si el asunto funciona de manera temporal o si hay posibilidad del tan buscado para siempre.

Si hay quinto encuentro, pronto al sétimo hay plan de pasear un fin de semana entero o ya en la cartera de uno viene un par de calzones extra y a veces hasta un cepillo de dientes por si acaso. Cuando se alcanza el por si acaso, sin duda hay amor, pero sobre todo la posibilidad de una persona con la cual coger de fijo tanto como se pueda.

En el caso de las mujeres, cuanto más queridas nos sintamos, más entregadas nos ponemos. Pueden esperarse felaciones a doquier si nos han declarado amor del bueno y nos importa el disfrute sexual siempre, pero nos importa todavía más cuando hay con quién compartirlo. Esto lleva a la desinhibición, al entendimiento profundo de los gustos del otro pero, sobre todo, nos dispone a la aventura. Digamos que para el cuarto mes, si hay amor,  ya hubo confesiones de fantasías y para el quinto mes alguna ya se hizo realidad.

Sin duda hay amor sin sexo y por supuesto hay sexo sin amor. Pero si hay amor y sexo, que no se incline la balanza en desfavor de ninguno de los lados, ¡hay que coger tanto y con tanto amor como se sienta!