La proyección del futuro

Por Marcelo Birmajer

Ilustración: Luis Carlos Cifuentes © 2009

Mi amigo Lucio, que acaba de cumplir 30 años, es uno de esos casados recientes que todavía comentan sus complicaciones, como si tuvieran solución.

—En una de las postrimerías del sexo —me comentó—, cuando puedes ver la tele luego, tomar una copa, comer unas frutas, en suma, congratularte de estar casado, mi esposa, con voz tierna, entregada, me preguntó: “Amor, ¿me seguirás amando así cuando cumpla 60 años?”. “No lo sé, mi amor”, le respondí.
—¿Cómo? ¿Tu esposa te pregunta si la amarás dentro de 30 años y tú le dices que no lo sabes?
—Le dije la verdad.
—Eres un imbécil —estallé—. Merecerías un inmediato divorcio y que ella se quede con todo. Merecerías que te engañe. O peor, que te diga la verdad respecto de todo: de tu cara, de tu tamaño, de tus habilidades…
—Para, para —me detuvo Lucio—. ¿Por qué te enfadas así?
—Es igual que si viera a alguien arrojar alimentos a la basura, con tanta gente hambrienta en el planeta. Los maridos del mundo buscan excusas, mentiras, atajos, para resolver incluso las situaciones más inocentes. Por ejemplo: “¿Por qué no me hablaste de ese restaurant, mi amor?”, o “¿Por qué no me esperaste para ver esa película?”. Y tú… Tú, ingrato, derrochón, infame, te regalan una pregunta de la que puedes salir como un Mahatma Gandhi, un Martin Luther King, un Mandela: “Por supuesto, mi amor. Te amaré hasta los 70, los 80, te amaré después de muerta también”. Es la pregunta que cualquiera querría para su cumpleaños. Como cuando te casas: “...hasta que la muerte los separe”. ¿Y por qué no? Pero no, tú rechazas la dádiva. Eres una vergüenza para la especie masculina.
—Bueno, no es tan grave. Pensé que ibas a decir para la especie humana…
—Humanas son las mujeres —le aclaré—. Nosotros pertenecemos a la raza equina.
—Pero yo no puedo mentirle a mi esposa —siguió Lucio—. No le he mentido ni una vez desde que éramos novios. Y tampoco le voy a mentir ahora. Y pensé: “Quizás no la desee cuando cumpla 60 años, pero tampoco le mentiré entonces”.
—Además de un imbécil, eres un ingenuo. ¡Claro que no la vas a desear cuando cumpla 60 años! ¿Alguna vez te gustó una mujer de 60 años?
—Si hubiera estado seguro, le hubiera contestado que no, que no la amaría igual. Pero no lo estaba, porque pensé: “Quizás cuando yo tenga 70, me gusten las de 60”.
—¿En qué mundo vives? ¿No lees los diarios? ¿No ves la televisión? Todos los hombres ricos y famosos que han llegado a los 60, todos, no un porcentaje, todos, se han ido buscando mujeres cada vez más jóvenes a medida que ellos envejecen. ¿Te crees mejor que Jack Nicholson? ¿Te crees más sensible que Chaplin? ¿Más sabio que Onassis? Todos ellos dijeron a cada una de sus mujeres que las amarían para siempre.
—Quizás realmente lo creyeron. Pero yo dudaba. Cecilia comenzó a reprocharme, a llorar; a decir que si no la iba a querer dentro de 30 años, mejor nos separásemos ahora, porque debía buscar a uno que la amara para toda la vida mientras aún fuera joven.
—Tal vez debieron diferenciar amor de deseo —intenté moderarme.
—No, no. Su pregunta era clara: ¿la seguiría amando, en todos los sentidos, con la intensidad del sexo amoroso, cuando cumpliera 60?
—¡Es evidente que no! —respondí ofuscado.
—Pues, después de tantos reclamos, comprendí que debía darle una respuesta certera o mi matrimonio naufragaría.
—Y le dijiste: “Por supuesto, mi amor”.
—No, acudí a mi suegra.
—Ah. Poner a tu suegra de tu lado, demuestra cierto resto de inteligencia de tu parte.
—No fue exactamente ponerla de mi lado. ¿Qué te dicen sobre la vejez de tu mujer cuando te casas?
—Que mires a tu suegra para saber cómo envejecerá tu esposa.
—Pues bien… ¿Cómo podía hacer para saber si seguiría amando sexualmente a mi esposa a sus 60 años?
—No lo sé —balbuceé.
—Mi suegra tiene 53 años —informó Lucio. Me quedé mudo y Lucio tomó la posta de mi silencio.
—Lo hablé primero con mi suegra. Y luego con mi esposa. Porque yo no le miento. Ambas estuvieron de acuerdo. De hecho, mi esposa quiso presenciar el acto, para estar segura de mis reacciones. Y vieras mi suegra, qué generosa. Porque tragó, y entregó las primicias que ni a su difunto, y que su hija aún me niega. Y todo para que yo le pudiera decir a su hija que sí, que a sus 60, si ella se portaba igual que su madre, la seguiría yo amando sexualmente como esa noche en que me hizo la pregunta. ¡Y qué lección que le dio la madre a la hija, qué lección para el futuro! Yo tenía la boca seca y llena de saliva al mismo tiempo. Mi cerebro parecía un trompo que hubiera girado a una velocidad para la que no estuviera preparado.
—Creo que debo retractarme —dije—. Te insulté, te desvaloricé… Y… en fin. Te pido mil disculpas. Nunca imaginé el efecto de la verdad.
—La verdad es el octavo pecado capital —reveló Lucio, con una sonrisa

que le desconocía.