Escribo estocon lapicero desde la cárcel de San Sebastián. No sé si se publicará; por un lado mi abogada me aconseja no alborotar más el panal y por otro, odio hacerle caso a una buscapleitos de pago; pero la verdad es que este juego de “calumnista” me ha pasado una factura no solo alta, sino injusta. Siempre he sabido que levanto muchas ronchas y estoy dispuesto a pagar por ello. Pero la injusticia es otra cosa.
El día 9 de diciembre a las 5 a.m., como saben quienes leyeran La Nación del día 13, me metieron preso. Yo había publicado en mi página web (ahora cerrada por la Interpol) un adelanto de la que iba a ser mi “Calumnia” de este mes. Es algo que hago desde hace un año, una forma de alimentar el morbo sobre mi próximo artículo de SoHo.
El día 7 de diciembre, a altas horas de la noche, se me ocurrió meterme en mi página y divertirme poniendo unos “avances informativos”. Inspirado por un Flor de Caña, le di rienda a mi imaginación, porque como tooodo el mundo sabe, mi columna se llama “El Calumnista” porque es inventada.
Entonces escribí lo siguiente: que Wikileaks me había contactado y me había facilitado información privilegiada sobre Costa Rica, información que, por otra parte, interesaba poco o nada a los periódicos preferidos de Assange para sus filtraciones. Ese era el motivo por el que me la daban a mí y porque en nuestro país no había un medio de comunicación suficientemente libre como para publicar los datos estremecedores que me enviaban.
Me autonombré El Elegido de Wikileaks, con unos archivos que desvelaban los tejemanejes de los hermanos Arias. Se aireó que el Embajador de Estados Unidos en Costa Rica se refiere a los hermanos Arias y Laura Chinchilla como “El Bueno, El Malo y El Feo”. En un email privado, un primo suyo, bromeando, le preguntó: “¿Cuál es El Feo?”.
En los supuestos cables que supuestamente me habían sido enviados, el supuesto Julio Román (servidor) encontró documentos escritos y hasta grabaciones de voz que destapaban los trapos políticos más sucios imaginables, tanto que Wikileaks en realidad había venido a fastidiar el negocio de quienes, como yo, vivíamos de inventar noticias falsas. “Veámoslo así: ¿Qué gracia puede tener una noticia inventada, por más genial, astuta y maligna que sea, desde que Wikileaks irrumpió en el panorama mundial?”, preguntaba burlándome en el fondo de mí mismo.
Esta frase de mi página web me saldría por la culata unas horas después con ferocidad virulenta. Esa madrugada me lancé a contar cómo los hermanos Arias pretenden hacerse con el poder en nuestro país per secula seculorum, cómo pusieron a Laura Chinchilla de candidata como poner un títere y cómo ellos mismos pretenden ahora deteriorar su mandato para proponernos, en las próximas elecciones, a Rodrigo Arias como nuestro salvador.
Encima, va y se me ocurre ponerme a hablar del dichoso TLC. Me pongo a inventar que era Kevin Casas quien se suponía que siguiera en la dinastía Arias, que los gringos estaban fascinados con él porque les sonaba a Kevin Costner (ya saben cómo son los gringos para eso) y que el memorándum del miedo no lo redactó el pobre de Kevin, sino un jefe de campaña cubano. Díganme ustedes en qué momento se me ocurrió a mí eso de cubano, será por la fama de rencorosos que tienen los cubanos en el exilio o por el maldito guaro de caña, como dice la canción.
Recuerdo que vi clarísimo todo lo que ha pasado en Costa Rica desde que Oscar Arias saliera con el cuento de reelegirse. Incluso pensé: “¿Cómo es posible que las mentiras sean más verosímiles y coherentes que la verdad?”, antes de irme a dormir con la conciencia tranquila.
¿Y?, se preguntarán ustedes, ¿cómo va a ir preso un charlatán públicamente reconocido, al que le publican sus tonteras en una revistilla que de porno solo tiene el precio?
Pues porque la vida suele ser irónica con quienes nos creemos muy vivos, y todo lo que inventé esa madrugada ¡resultó ser cierto! El día 9 salió publicado en El País el plan de los hermanos Arias y se revelaban secretos idénticos (a veces palabra por palabra) a lo que yo había inventado.
Por eso la Interpol entró en mi casa como si fuera la cueva del mismísimo Bin Laden. Ahora me van a trasladar a una prisión de Memphis y quieren que confiese de dónde saqué toda la información. Cuando la realidad no supera a la ficción sino que la iguala, escritores como yo colgamos la pluma. Por eso esta es una despedida.
A pesar del lemad. |