El último baile de El Tobogán

El cierre del icónico salón de baile El Tobogán dejó abierta una llaga en las entrañas del baile popular. Para documentar el hecho y rendir merecido homenaje, Rodolfo González relata para SoHo lo acontecido en una velada que congregó a muchos: los últimos que bailaron; los primeros en recordar.

Por Rodolfo González
Fotografías: Jorge Navarro © 2010

No había grafitis en las paredes blancas del baño de hombres, allá en el  salón de baile El Tobogán, lugar que visité el día en que se celebraba, con irónica alegría, su fiesta de funeral. Juzgué mal. Acostumbrado a ver toda clase de letreros en los baños de la Universidad de Costa Rica y qué decir de las calles de Alajuela, donde la Ultra y la Doce contribuyen en el comité de ornato, pensé que si esto era la norma en una de las principales casas de enseñanza del país y la cabecera de una importante provincia,  con seguridad lo sería aquí también.
¿Cómo no me iba a encontrar las paredes rayadas en este lugar de catarsis donde democráticamente confluyeron, por más de 30 años,  tanto profesionales  graduados como trabajadores que no han pasado por una casa de estudios superiores? Pues no. Algo aprendí sobre mis prejuicios aquella noche de swing, merengue, salsa y bolero; ahí, en aquel baño donde entraban rostros sudorosos a enjuagarse la cara y preparar su apariencia para la siguiente pieza musical.
Manchitas negras, blancas y café girando sobre un eje, sobreponiéndose unas sobre otras a gran velocidad fue lo que vio la pantalla de mi camarita digital al ubicarla a ras de suelo, a las cinco y seis minutos de la tarde, cuando la pista de aquel salón, entre mesas y danzantes, acumulaba 867 personas, según el contador del vigilante de la puerta.
A esa hora, ya Bigote, el salonero de más años de servicio en la empresa, había derramado las primeras lágrimas, cuando después de preguntarle sobre su futuro, se fue a abrazar a Gustavo Lora, el dueño del salón, mientras me decía: “Este hombre es parte de mi vida… Es parte de mi vida…” No pudo decir más y se alejó para que no lo viera llorar.
Gustavo Lora ,  camisa roja, bastón y lentes,  permanecía sentado frente a una pequeña mesa de madera. Allí me acerqué a preguntarle: “¿Por qué vendió el salón El Tobogán?”
“Son muchos años ya. Además, ya el negocio no es igual. Usted ve esto lleno de gente, pero no siempre es así.  Ya aquí no se consume tanto licor y eso es uno de los principales ingresos de un negocio como este”, reconoce.
En la puerta de El Tobogán, su amigo, coterráneo  y compañero de empresas, José Castro Orchilles, me completa el panorama. “Ha trabajado muchos años. Ya tiene más de ochenta. Le hicieron una oferta. Lo vendió por $5 millones, y eso es barato. Vende a $200 el metro cuadrado en una zona donde el valor de la tierra oscila los $1.000”. No me detalla más.
Dicen que es un grupo del sector financiero el que asumió la propiedad.  ¿Harán un banco allí? ¿Filas aburridas y cajeros de camisa y corbata donde por tres décadas brilló la lentejuela y el quiebre de cintura? ¿Hablar de créditos donde antes se susurró al oído una propuesta encendida…?
Pienso en eso cuando me subo a la parte de atrás de la tarima, y  veo a la Sonora Show rasgar el güiro, toquetear al teclado, abrazar el bajo, besar la trompeta, palmear los timbales… 
De pronto, la cantante del grupo toma la palabra. “Hoy no pudo estar con nosotros el Negro Calderón, por problemas de salud”… 
El Negro Calderón, para el baile de salón tico, es como decir el Chunche Montero para la Liga Deportiva Alajuelense o Hernán Medford para Saprissa. Su ausencia aquella tarde-noche es símbolo paradójico de lo que se celebra bailando en aquella pista: la inminente ausencia de otro salón de baile, como han desaparecido también El Gran Parqueo, El Jorón, El Yugo, Kalimar…
En El Tobogán, esa tarde el reloj avanza en sentido contrario: esta noche hay cuenta regresiva.
Sobre la cabeza de Gustavo Lora, el propietario de El Tobogán, llueve el confeti lanzado por una cliente vestida con orejitas de conejo que se encienden y se apagan… Es Halloween, noche de brujas, pero solo ella y otra mujer vestida de bruja, recuerdan a los centenares de bailarines de swing criollo esa fecha del calendario anglosajón. Para los demás, la noche del horror solo tiene un significado: un sitio menos en dónde gastar la suela del zapato los domingos.
¿Por qué está sucediendo esto en una época en la que proliferan las academias de baile, y hasta los programas de televisión realizan concursos rítmicos? Flor Urbina, investigadora de baile, coreógrafa, actriz y cantante cree que hay dos factores económicos y uno cultural que se están certificando en el de defunción a sitios como El Tobogán.
“Los salones de baile han estado muy ligados a las orquestas en vivo. Pero a los empresarios les está saliendo más rentable contratar una discomóvil que a las orquestas. Esto ha creado una verdadera guerra de grupos musicales. Algunas, con cuatro a seis miembros, son contratadas por 100.000 colones, y hasta por menos que eso, cuando un precio mínimo para una orquesta de seis integrantes ronda el medio millón de colones. Muchas orquestas se han disuelto”, explicó Urbina.
Añadió que  hay una nueva generación sensible a los salones de baile y es la de los jóvenes que aprenden ritmos tropicales en las academias. Sin embargo, estos estudiantes cuando van a bailar, no consumen tanto licor como otros bailarines. Ello ha disminuido los ingresos, por este concepto, de los salones, lo cual es un golpe significativo a sus finanzas.
“Algunos salones de baile que quedan han intentado enfrentar la tendencia, y han decidido subir el precio de la entrada. Los estudiantes de la academia parecen estar dispuestos a pagar más por practicar en estos sitios”, explica Urbina.
A este factor se añade un hecho cultural: la tendencia a privilegiar el concepto de diversión como sinónimo de aturdimiento, donde no hay pausas entre las piezas, sino que la música es una banda sonora continua. Bares donde los cuerpos se hacinan y la tarima la ocupan bailes sensuales donde importa poco la técnica y la pericia de los pasos, y más la sensualidad. En el bombardeo de esta tendencia poco lugar ocupan el galanteo y la sutileza de la seducción de un bolero, porque ya no hay espacios para la sugestión, en donde la prisa y la necesidad de huir del estrés invocan por el instinto puro y duro. La elegancia y el romanticismo son pérdida de tiempo.
Pero  son pocos, quizás solo yo por motivos de trabajo,  los que quieren pensar en estas cosas mientras concluye la vida de El Tobogán la última tarde de octubre.
La Sonora Show ha dejado la tarima. Ahora, rigurosamente vestidos de negro —vaya ironía—; suben los elegantes integrantes del grupo Tropicana.  Los primeros compases de “Barataria” son como resortes que empujan  a la pista a los bailarines.  Gustavo Lora, hasta ese día dueño y señor de la fiesta,  sube lentamente a la tarima y retoma la senda de sus recuerdos, cuando tocaba las “tumbas”  de orquestas tropicales. Es su despedida personal de El Tobogán. Algunos lo aplauden, otros simplemente prefieren concentrarse en sus pasos y sus parejas.
Los pasos son tan variados como la calidad de los personajes que se distinguen en la maza de danzantes.  Me subo a la tarima y desde allí me entretengo bautizando con un apodo los distintos estilos de baile que descubro en la pista, como un pequeño juego personal… A final de cuentas, yo soy de Alajuela.
Licuadora chocha: un señor  de mechones negros y grises  se congela  en la pista; de pronto, gira lentamente sobre el eje de sus talones y comienza a acelerar cada vez más rápido hasta alcanzar la figura de  un trompo recién bailado… Varilla y trapo: un señor serio como Caballero del Santo Sepulcro y tieso como una varilla de hierro, pero con la cintura y las piernas sueltas como si fueran de trapo... Gritón de concierto: cinco personas a quienes no les importa que aquello sea un salón de baile y se arrinconan a la tarima del grupo, alzan los brazos, cantan y bailan con la mirada fija en los cantantes… Torero perenne: aquel señor que, no importa cuál sea el ritmo que se interprete, todo lo baila como si fuera un pasodoble... Travolta Latino: el que baila el merengue como si fuera música disco; Paso e diputado: El indeciso que agarra para un lado y agarra para otro, dependiendo de la música que le toquen… En fin, personajes que le ponen sal y pimienta a la noche, como suele ocurrir en estos extintos lugares.
“Una de las grandes pérdidas culturales que se tienen cuando muere un salón de estos es que se empobrece la creatividad en la danza. Muchas de las academias han inspirado sus coreografías observando a los bailarines de salón. A partir de ahí se codifican los pasos, se depuran y se transmiten a los alumnos. Pero precisamente, la gran crítica a las academias es que ponen a toda la gente a bailar igual. De ahí que el gran reto es incentivar la creatividad,  el sello personal”, dice Flor Urbina.
Ciertamente, algunos bailarines de salón se han volcado a las academias como sitios para seguir haciendo lo que tanto aman. Una especie de círculo que se cierra. Pero no son todos los que toman esta decisión.
El baile ya es un espectáculo mediático. En la televisión, famosos de la farándula concursan por un premio, pero hablan también de la pérdida de peso gracias a las prácticas coreográficas.  Bailar es una manera divertida de hacer ejercicio y así se vende en televisión.
Pero mientras los gimnasios inventan maneras de incorporar los bailes en sus rutinas aeróbicas, y las academias se vuelven refugio de generaciones jóvenes que desean aprender pasos estéticos para mover el esqueleto, mueren los salones de baile que van más allá de estas consideraciones.
Así como la iglesia, la plaza de fútbol  y la pulpería han jugado un papel de construcción de identidades, de pertenencia en la cultura de los pueblos, el salón de baile también reclama un lugar como sitio para hacer amigos y hasta pareja, como lugar de pertenencia… pero en extinción… al  igual que la pulpería. ¿Qué ocurrirá con la iglesia y la plaza de fútbol?
En la capital, son cada vez menos los lugares que invitan a danzar y hacer pausas para conversar entre pieza y pieza. Es el precio que paga el cambio, una  nueva forma de entender la vida. Tal vez el estrés en el trabajo requiere estruendo y anestesia en la diversión… Pero ¿habrá un espacio para el romanticismo y la elegancia en el baile más allá del recuerdo y la nostalgia?

La Tropicana cierra la noche. Poco a poco la gente ha ido saliendo. Huele a colonias y perfumes, a sudor, chifrijo, cerveza… y en el aire, de pronto, se desvanecen las notas y en El Tobogán… Nace un silencio muy largo.