José Meléndez relata para SoHo una crónica que pone de manifiesto el nuevo embate de hostilidad al que se ha visto sometida la comunidad gitana en España.
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José Meléndez relata para SoHo una crónica que pone de manifiesto el nuevo embate de hostilidad al que se ha visto sometida la comunidad gitana en España. Por José Meléndez |
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A MINA, Barcelona – Con lentitud, Lole Fuentes busca, casi perezosa, una estrecha y sucia banqueta gris de varilla y madera, junto a una tupida arboleda. Gorda, de rostro blanco, redondo y arrugado, exhibe una larga, brillante y fina cabellera negra lacia ceñida sobre la frente y que, anudada a una pequeña cinta detrás de la cabeza, es lanzada en una cola prolongada hacia la cintura con una caída sin orden por la espalda. Con suavidad, logra sentarse. En un giro acompasado, se coloca de lado y posa el brazo izquierdo sobre el espaldar del poyo con el puño como asido a la mejilla izquierda. Con la mano derecha hunde el centro de su delantal carmelita que cubre la parte inferior de su vestido negro y, ya a gusto, extiende sus piernas para acomodar sus pies, uno sobre otro. Están cubiertos por unas viejas zapatillas de tono verdusco y sin tacón. La tarde apenas asoma y la brisa otoñal conforta por unos instantes. El litoral está a solo unos pocos centenares de metros. La sombra invita a la pausa. Lole suspira y mira despreocupada a la derecha, hacia la calle, que serpentea acorralada entre cajones de basura, vehículos, peatones y bicicletas... De reojo, sin mayor atención, apenas capta a la motocicleta roja que se detiene ante un almacén de venta de abarrotes en la otra orilla de la vía. Mira también a la izquierda: el escenario es una enorme plazoleta que, flanqueada por dos edificios multifamiliares de 11 pisos, es el corazón del barrio La Mina, enorme reducto de la comunidad gitana —también conocida como “rom”— en el ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs, de la provincia de Barcelona, en la Generalitat de Cataluña, España. Lole —dice que es gitana oriunda de Andalucía, que tiene 60 años, 27 de vivir en La Mina, 7 hijos, que está “felizmente casada” y es evangélica y vendedora de ropa de hogar en los mercados populares— defiende a su barrio. Por eso, minimiza la avalancha xenófoba y las recriminaciones lanzadas en España, Francia, Italia, Gran Bretaña y otros rincones de Europa contra su etnia, bajo el alegato de que los gitanos —sin importar su origen— son delincuentes y culpables de inseguridad, caos, escándalos nocturnos, pleitos, basura, hacinamiento en viviendas y de muchas otras dificultades urbanas. “¿Delincuencia? Mucha fama, nada más que fama”, aduce. “La persona que es buena, humilde y que se gana honestamente el pan, lo mismo vive en un cortijo (finca) o aquí”, dice. “A veces es difícil, pero es igual que en todos los sitios”. Sin prisa, sentada, aguarda con paciencia a su hija y a su nieta, en una jornada que concluirá, como todas las noches, con la visita al culto evangélico. Poco parece incomodarle la amenaza racial. Pero no todos piensan como Lole. Antonia Cortés —dice que es gitana de Cataluña, que tiene 60 años, 15 de residir en La Mina, 7 hijos y viuda— se sienta en otra de las bancas de la plaza y cuando escucha de intransigencia y hostilidad sobre los gitanos, expulsa sus rencores. “¿Por qué no quitan a los moros, a los chinos, que vienen a quitarnos la comida y el trabajo? Hay muchos chinos y moros”, recalca, mientras acaricia la cola de su larga cabellera negra —una de las más visibles insignias femeninas gitanas— que también cae sin orden en la espalda, en un traje de luto total. Entre brisas y sombras, la tarde transcurre pacífica en uno de los más importantes asentamientos “rom” de Barcelona. No obstante, el asedio contra los gitanos gana cada vez más fuerza en Europa. *** El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, detonó la crisis y, en una acción progresiva que desde 2009 provocó la expulsión de casi 19 mil gitanos de suelo francés, ordenó desmantelar más de 300 campamentos de inmigrantes ilegales. Rumanos, búlgaros y especialmente gitanos fueron deportados. El conflicto étnico se agravó en septiembre pasado. La represión desatada por Sarkozy se topó con un masivo rechazo europeo y, en medio de una trifulca verbal y de constante repudio al gobernante, fue comparada con las deportaciones masivas de judíos y gitanos ejecutadas por los nazis en operaciones genocidas durante la Segunda Guerra Mundial. Sin inmutarse, Sarkozy advirtió que las deportaciones proseguirían.
“Somos tratados como extranjeros en nuestra propia tierra”. La demoledora frase le sirve al gitano Rafael Perrona para describir un sentimiento de marginación.
Con casi 12 millones de gitanos (lo que les convierte en la etnia mayoritaria entre las minorías), Europa parece atrapada en su propia historia como albergue de un abanico de razas. Del total de gitanos europeos, la mayoría vive en España —unos 800 mil, de los que casi 100 mil están en Cataluña— y grandes concentraciones en Rumanía (535 mil), Francia (500 mil), Turquía (500 mil) y Bulgaria (370 mil), aunque faltan datos exactos. En el resto de países europeos también viven gitanos, pero en cifras menores. La actitud francesa fue precedida por acciones similares en Italia y Gran Bretaña y por expulsiones en Alemania. De manera sorpresiva, el gobierno alemán anunció el 22 de setiembre la próxima “devolución” de 8.500 gitanos a Kosovo. La ola expansiva llegó a Barcelona. Desde abril de este año, el concejal Xavier García Albiol, del ayuntamiento barcelonés de Badalona y del opositor y derechista Partido Popular (PP), desplegó una campaña para exigir la expulsión de los gitanos rumanos, al atribuirles 25% de delitos que ocurren en los barrios de ese poblado sobre el litoral Mediterráneo. “Por tradición, el pueblo gitano ha sufrido una política de discriminación racial en casi todos los países”, lamenta Cristóbal Laso Silva, de 51 años, vicepresidente de Política y Comunicación de la Federación de Asociaciones Gitanas de Cataluña. “Por interés electoral, la extrema derecha europea, los neonazis, nos consideran a los gitanos como un enemigo al que hay exterminar. Se da carta blanca a los neonazis, producto de una época de convulsión económica y un desgaste de los partidos de derecha, como la española, que quieren sacar votos”, alerta, en charla telefónica. En ruta a los comicios de mayo de 2011, el PP busca sacar réditos y escogió a Badalona y a barrios como La Salut, como laboratorio de pruebas para aplicar la política de Sarkozy. En unión de la presidenta del PP en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho, el concejal García sirvió de guía de la eurodiputada francesa Marie-Thérèse Sánchez-Schmid, de Unión por un Movimiento Popular, partido del gobernante francés y del eurodiputado español Santiago Fisas, del PP, en una gira a pie por La Salut el 17 de setiembre pasado. En diálogo con este periodista, Sánchez-Camacho explica en el recorrido —que se cumple con todos los visos electorales— que su partido impulsa la “migración legal y ordenada”, pero que hay “problemas de convivencia” con los rumanos gitanos de Badalona. “Los vecinos de La Salut me dicen que sufren, que no pueden más, que están hartos de los problemas con los escándalos de los gitanos rumanos”, subraya. La legisladora francesa aporta un ingrediente común: “Los problemas (con los gitanos) son iguales aquí en Badalona y en Francia: de educación, vivienda y seguridad”. “La convivencia con los gitanos rumanos está siempre a punto de estallar”, cuenta el catalán Juan José Sala a los cuatro políticos, en una plaza del centro cívico de Badalona. “Este barrio se ha convertido. En cinco años, hemos pasado a tener más de 60% de inmigrantes. Si respetaran, no hay problema, pero no respetan, como los gitanos rumanos”, narra. Durante el recorrido, los gitanos, temerosos, prefirieron desaparecer de las calles. *** “Somos tratados como extranjeros en nuestra propia tierra”. La demoledora frase le sirve al gitano Rafael Perrona —de 44 años, casado, cuatro hijos, minusválido, oriundo de Andalucía y presidente del Centro Cultural Gitano La Mina— para describir un sentimiento de marginación. “Los astronautas caminaron en la Luna y los gitanos no podemos caminar en Europa. Este mundo está hecho así y, por eso, vivimos en guetos”, sentencia. “Y a la derecha le interesa que sigamos siendo ciudadanos de segunda clase”, acentúa, mientras presenta su familia a este reportero. Y de pronto, apunta a su silla de ruedas. “Gitano y minusválido. ¿Algo más para ser marginado? Son pasaportes al desempleo”, cuestiona, al contar que labora como vendedor de lotería, pese a que llegó a tercer año en la carrera de Derecho. Con énfasis, puntualiza que los problemas de delincuencia tampoco pueden ser ligados “a cuestiones de raza y religión. Lo que están haciendo los franceses es peligrosísimo; rememora los fantasmas del pasado. Hay un ánimo de limpieza étnica”. Perrona se retira con su familia. Es de noche y la actividad gitana gana fuerza en La Mina. *** José, de 25 años, y Julio, de 24, saben lo que es la doble carga de ser gitano y pobre. “Vas buscando trabajo y te tratan de otra manera, porque creen que eres ladrón”, relata José. “Y si en el trabajo falta un papel o se pierde algo, le echan la culpa al gitano”, recuerda Julio. Desconfiados, evitan suministrar sus apellidos. Nacidos en La Mina, subsisten en la economía subterránea. En un país que, como España, está severamente golpeado por una crisis económica que agravó el desempleo, a los gitanos les cuesta todavía más conseguir una fuente laboral. Aunque traten de “tapar” su origen, “la pinta y el hablar nos delatan”, reconoce José, reacio a compartir detalles de su vida. “No hay empleo; quizás como barrenderos en las calles”, dice Julio, casado y “por ahora” con solo una hija. “Quiero tener tres o cuatro hijos más”, anuncia. Pese al panorama de hostilidad contra su raza, ambos protegen su cultura. Orgullosos, admiten que están aferrados a piezas clave de sus costumbres: respetar, atender y cuidar a los ancianos —“lo que dice un anciano es lo que es”—, tenerlos en casa y no en albergues (pues son “sabios y maestros”), formar familias numerosas, mantener su idioma “romanó”, vestir de luto riguroso cuando alguien muere y exigir que la mujer llegue virgen al matrimonio, bajo riesgo de ser excluida, caso contrario. Cerca del parqueo en el que los dos jóvenes acomodan unos vehículos, el “anciano” Luis Fernández Gorreta —de 72 años, viudo, con cinco hijos, catalán y, por muchos años, negociante de ganado en Francia, Italia y España— pasa gran parte del día sentado junto a la entrada de su cantina, en otra de las plazoletas de La Mina. A ratos, casi a ruegos, se levanta de la mecedora para vender una cerveza, pero lo que desea vender es el bar, obtener algún dinero y dedicarse a descansar. “Estoy agotado”, susurra. *** Una inesperada lluvia vespertina baña La Mina y se prolonga hasta el anochecer. Mujeres y hombres de todas las edades cumplen con sus jornadas rutinarias, sin olvidar su cita nocturna con la calle. La vida gitana es callejera e improvisada, en familia y con amistades, sin despojarse de rígidos dogmas sobre mujeres y hombres para guiarlos en su nexo con desconocidos. Marcados por el tiempo, curtidos por la persecución, golpeados por el aislamiento, los gitanos saben que “lungo drom”, que el camino es largo: siglos, décadas, lustros, años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos… |
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