De gira con la banda Chiqui Chiqui

Por Álvaro Murillo
Fotografía: Germán Fonseca © 2010


Aunque el fenómeno de la música nacional de los 80 se extinguió, el chiqui-chiqui parece haber alcanzado la inmortalidad y la adaptabilidad del dengue. Todavía provoca sudores y mareos, en especial para los siete músicos que hace más de 20 años eran escandalosamente famosos.

En el San José decadente de las 4:30 a.m. de un domingo Día de la Madre, una buseta no muy allá baja por la Avenida 3 con once hombres medio muertos de cansancio. No son un equipo de futbol. Los operativos policiales de ocasión, los taxistas que atisban a los restos de una noche sabatina y las caras desconfiables dan por acabado el viaje que comenzó trece horas antes. Ya fue hasta Las Cenizas de San Isidro de El General y ya está otra vez en la capital, en los acordes finales de una nueva jornada musical. Una de cientos.

Tampoco son un mariachi. Nada menos parecido. Es la selección sub 60 de los artistas que, 30 años atrás, levantaban masas, mesas, misas, mozas y musas. Son los mismos que llenaron de baile los años gobernados por Monge y Arias, que ayudaron a mantener animada a una población rodeada de guerras y que se sacaron de sepa Dios dónde el chiqui-chiqui, un ritmo visto ahora como parte de las typical costarican popular fortunes, junto con el “diay”, el viaje playero a Puntarenas y la maña’e pedir regalado.

Germán les toma la última foto y nos despedimos. “Nos vemos mañana a la 1 de la tarde para tocar en Cartago, con el güiro bien afinado”, me dice jodiendo Lelis Céspedes, una de las caras comunes en los afiches de la época de La Mafia, La Empresa y La Pandilla, donde fungió como tecladista esporádico casi siempre. Astuta broma para chotearme por mi meteórica carrera como miembro de La Banda del Chiqui-chiqui, el grupo formado hace cinco años por un grupo de algo parecido a rescatistas. Solo toqué cinco minutos el instrumento menos complicado para poder decir que subí a tarima y me a aventé en una de las piezas top de aquella época, La Avispa, en los coletazos de la fiesta, cuando al público poco le importaba ya la calidad.

Yo no andaba vestido de negro ni con el chalequito dorado, la vestimenta contemporánea de los mismos músicos que en sus años cumbre lucían orgullosos uniformes chillantes, incongruentes, multicolores, inexplicables. Recuerdan con gracia uno de camisa naranja con tonos veteados, al que llamaban con cariño “la vomitada”. “Teníamos otro muy bonito, de tenis azules con pantalón blanco y una camisa amarillito huevo, muy bonita”, contó en serio Mauricio Valenciano, exbajista de Los Hicsos, cuando apenas íbamos para Pérez Zeledón y ya la bolsa de bizcochos recorría el microbús entre tanto brazo y valijas con instrumentos. Hubo también uno de corduroy rosado con corbata de cuero color chocolate. De colección.

A mi lado iba Cuarta, conocido ante el Registro Civil como Víctor Pacheco. Aunque ya no tiene un solo cabello, al saludarlo conecté su cara de inmediato con el video de “El Pipiribao”, que Jaque Mate logró colar en las programaciones de Hola Juventud y Musicales del 13. También era la figura principal en “El Cangrejo”, de pantalón a rayas. “A uno lo ponían a hacer de todo en los videos. Lo hacíamos porque era la forma de lograr que la pieza pegara, que la gente se enganchara con la música propia en un momento en que había mucha competencia”. Lo vi varias veces de reojo y sí, su rostro es inconfundible, en buena parte porque disimula, como pocos, los 60 años de edad.

Otra cara inconfundible era la de Marcos Monge, el trompetista que, con más payaseo que arte, representaba a un ángel en el video “La pastilla del amor”, hecho por La Banda para entrar al programa vespertino de Nelson Hoffman. Iba de pantalón corto, tenis con medias blancas y gafas de sol color ámbar. Cuando yo sea grande quiero vivir así y quiero disfrutar el trabajo como él. Quiero levantar la pata sin soltar la trompeta y bailotear con esa tranquilidad en tarima, aunque logre mover mejor el tabique nasal que la cadera.

En el fondo, al lado de Lelis, viajaba dormido Óscar Montero, vocalista y percusionista de Papel y Lápiz. En la otra ventana, sin parar de hablar, venía su excompañero de grupo Freddy Rojas, el palmareño que volvió a cantar después de su experiencia como emigrante en Nueva Jersey, a donde se marchó con la intención de hacer carrera musical y acabó lavando platos en el restaurante de un mexicano.

El retorno al chiqui-chiqui de Freddy ocurrió desde el principio del grupo, cuando sus colegas lo llamaron para invitarlo al proyecto. “Hijueputa yo, no vuelvo a tocar una guitarra en mi vida”, decía en el 2005, decepcionado por lo que quedaba de la época de oro de los músicos nacionales. Aun así, fue a reunirse con sus amigos solo para saludarlos a las 3 p.m., en una esquina del parque de Heredia. A las 9 p.m ya tenían el repertorio montado, con Freddy incluido para que su voz volviera a sonar con “La playa de los románticos” y otras baladas que se colaron en los 80 con el chiqui-chiqui.

Así quedaba más o menos realizado el proyecto de Arturo Alpízar, conocido como Chizo, el saxofonista de La Pandilla y actual manager del grupo. Él iba en la microbús adelante, un poco más serio que el resto y conversando con Fofo, el chofer que llevó a los grupos musicales de la época a cientos de giras en los tiempos de los festivales de música Derby. Cuenta anécdotas con una velocidad que me hace pensar que, si se concentra, podría contar dos historias al mismo tiempo.

No pude hablar con Chizo hasta que paramos en Chespiritos, en La Georgina del cerro de la Muerte, como parte del rito de un tico que se precie. Fueron 15 minutos para mear, tomarse un café y una prensada de queso. El cajero los atendió y les cobró como a cualquier soplas, sin notar que estaba frente a los cuerpos maduros y mesurados de quienes fueron escandalosamente famosos en nuestra aldea de los 80, cuando el teléfono celular era un asunto de películas, Internet era una ilusión sicotrópica, bajar música habría sido cosa del demonio, y las modelos con silicón, unas extraterrestres del futuro que algún día aterrizarían para apoderarse de la farándula nacional… con ingredientes artificiales.

Ya no hay filas enormes de gente esperando entrar a los salones de baile para aquellas jornadas casi laborales. Es más, ya no hay filas y ni siquiera hay salones de baile. La mayoría de ellos quedó convertida en sede de otros negocios: supermercados que rompen precios o en templos cristianos que rompen silencios, pecados y alcancías. Me lo advirtieron desde que pasamos frente a la gasolinera donde antes quedaba La Galera, en Curridabat. Recitaron nombres de todo el país como quien reza letanías: El Palenque Cubujuquí, Los Maderos, Gran Parqueo, La Cima, Miraflores, Leonardo’s, Coco Loco, Titos, Palenque Ojo de Agua, Las Brujas, Valle del Sol, Los Molinos, El Dólar, Manolo’s, El Jorón, Faraón Tico, Los Malinches, Pinares, el Diriá… son demasiados los caídos. La privatización alcanzó también al chiqui-chiqui, con sus presentaciones en fiestas particulares.

Como los salones, muchos músicos de la época también se metieron a negocios de precios bajos y a panderetear. Lo de los negocios de corto volumen se entiende. Muchos de ellos debieron dedicarse a camaronear en las aguas poco profundas que se ofrecen para un músico dedicado y empírico, como la mayoría de ellos. Lo de la pandereta también se entiende. Es el software más común para que los famosos eviten caer en las desgracias cuando van sobre la alfombra roja o, más grave aún, cuando los bajan de ella. Víctor Zúñiga, aquel inolvidable gordo que chiflaba en los videos de La Pandilla, por ejemplo, trabaja como productor en una cadena de televisión cristiana.

Cuando llegamos a Pérez Zeledón, quedaban apenas 40 minutos para montar instrumentos. La guitarra, el bajo, la batería, la trompeta, el saxofón, las tumbas y el güiro del que me apoderé con valentía en la última pieza, como para la foto. Ahí están todos los instrumentos necesarios para lograr ese ritmo surgido, en buena parte, por accidente, como la mayoría de los grandes inventos universales. Las historias sobre el verdadero nacimiento cambian incluso entre los viajeros de la buseta. Que viene del calypso, que le metieron bombo, que resultó de los instrumentos tropicales más guitarra y que la periodista Karen Ash, entonces reportera de Espectáculos en La República, fue quien bautizó finalmente al ritmo diciendo algo como “¿van a seguir ustedes mandándome esos discos llenos de chiqui-chiqui?”, con cierto tono despectivo.

Es más fácil determinar cómo se apagó aquel auge. Las discomóviles abundaron, no requerían descansos y cobraban la sexta parte de ¢30.000 que, de manera aproximada, pedían los grupos. La disquera CBS Indica fue absorbida por Sony Music y, por tanto, Centroamérica volvió a ser territorio mexicano en el mapa de la música. “Recuerdo el dolor que sentí en un baile cuando unas muchachas nos pidieron un chorro de canciones de Vicente Fernández”, dijo uno de los viajeros, recordando la época de auge de los mariachis ticos. Ya eran los 90 y gobernaba Rafael Ángel Calderón. ¡Ah casualidades! Además llegaron los enlatados, los videos a saco y desplazaron las producciones casi caseras que los grupos locales grababan en locaciones como el Castillo de San Rafael de Heredia, en las cuevas del Virilla o el Paseo de los Turistas.

Otros músicos de la época se mantienen también activos, pero han hecho de las computadoras su mejor orquesta. Ellas no cobran, no comen y no se desaniman cuando el público es poco o flojo. El problema es que tampoco emiten vibraciones, no vacilan en la tarima y hacen nada por levantar a ese público escaso o achantado. “Nada como tocar en vivo todos. Nosotros pretendemos seguir así, aunque respetamos a los amigos que se ganan la vida con un secuenciador”, prometió Chizo mientras acomodaba los pedestales y sacaba brillo al saxofón.

Está claro, una computadora no hubiera podido mantener animadas a las 20 personas que quedaban a la medianoche en El Rancho de Don Beto. Era una actividad más bien privada y no llegó a haber más de 60 personas en la pista y 50 “en base”, incluido este intruso que prefirió no aprovecharse de la significativa mayoría femenina típica de Pérez Zeledón. Me dediqué a ver bailar, cosa igual de divertida que bailar. Estudié desde la primera pareja: una mujer rubia, hermosa y tiesa saltó a pista con su hombre bailetón de los que se mueven mordiéndose un labio y viéndose los pies. 

Después casi lloro con la canción que me recordó mis más apasionados años de liguista, aquella que decía “oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfrutas las cosas buenas que tiene la vida”, y que alguien había adaptado para el equipo del Machillo Ramírez, de Álvaro Solano y de Alejandro González. Con “La playa de los románticos” vi ocho parejas apercollarse y cogerse con mucho cuidadito, como si las manos mancharan. Cuatro señoras bailaron desbocadas “El Criticón” y después casi se zafan las vértebras con la canción del mamey. “Están más sueltas que un diente’e leche”, diagnosticó uno de los pocos hombres. Gritaron todos con la canción del “Canchis-canchis”, la pieza que censuraron en los 80 y que ahora sería como el Ángelus a la par de las letras del reggaetón.

A la 1 de la madrugada, “La Avispa” volvió a sonar en señal de cierre. Ellos estaban exhaustos, empapados en sudor y alguno habrá querido aclararse la garganta más de la cuenta con esos líquidos que, admiten ellos, solo sirven para aplacar el inmortal pánico escénico. Las dos decenas de fiesteras se movían como fuera. Los saloneros acabaron también incorporados a la pista. La rubia guapa tenía ya una hora de haberse marchado de la mano con el mae que se muerde la boca para mover los pies. “Buen compás… dormir solo jamás”, decía un viejo que, cuentan, fue enterrado en pareja.

A la 1 a.m. se acabó la fiesta. Todos empacan veloces menos Freddy, que aprovechaba para contar a Lelis que el cura de Palmares quiere tener a la Banda del Chiqui-chiqui en una actividad popular, pero gratis, sin más pago que las ofrendas voluntarias del público que llegue, como un montador de toros. También hablaba de componer nuevas piezas y de la necesidad de publicitarlas. ¡Pero es la 1 de la madrugada! Faltaban casi cuatro horas de viaje a San José y en 12 horas deberían estar otra vez vestidos para tocar en Cartago las mismas piezas de siempre, el Día de la Madre.

En el camino se medio murieron hasta entrar al San José decadente a las 4:30 a.m. de un domingo. Una buseta no muy allá baja por la Avenida 3, dobla en calle cuatro y entra a Avenida Segunda para que se baje el primero. No son un equipo de futbol, pero su historia puede comprarse con la de los seleccionados de Italia 90. Fueron famosos y ahora la pulsean como el que más. Si no, no estaría a esta hora en San José, en medio de los operativos policiales de ocasión, los taxistas que recogen los restos de una noche sabatina y las caras desconfiables. En trece horas fueron hasta Las Cenizas de San Isidro de El General y ya están otra vez en la capital, en los acordes finales de una nueva jornada. Una de cientos.