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Un día con la chica de la web
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Por Germán Gallini
Publicado el 08/16/2007
 

De este lado de la pantalla, todos conocemos el mundo de las llamadas chicas web. Pero en soho somos muy curiosos y quisimos saber qué es lo que sucede al otro lado de la pantalla, cómo son, a qué huelen esos lugares donde un mujer trabaja con una cámara web.


Un día con la chica de la web

Texto y fotos
Germán Gallini

Ya la tenía vista de la U, donde compartimos un par de materias. Era una noche calma en San José y me la encontré en un bar por casualidad, bueno, si es que esta existe. Ella siempre me pareció diferente, parecía no buscar nada, parecía no creer. Me llamó la atención.

Copa tras copa, preguntas indiscretas, la rutina de un curioso, la llevaron a contarme con desprejuicio que se ganaba la vida con el cibersexo.

Me fascinó la idea y con más copas le dije que me gustaría contar su historia y aquí me encuentro, camino a La Sabana, escudriñando referencias para encontrar el lugar de la cita.

Finalmente llego, me espera Randall como estaba previsto, simpático, alegre, quién no, con ese trabajo. Él es monitor, es decir, controla que las chicas hagan su trabajo desde una computadora. Es decir, por lo que los otros pagan, a él le pagan. “Pero… ¿a vos de verdad te pagan?”, le pregunto. Se sonríe, no hace falta respuesta. Hay gente con suerte, me dije mientras lo seguía hasta la habitación donde trabaja Paula.

Era una habitación de las innumerables que tenía esa enorme casa. Randall golpea, luego abre la puerta, y veo a mi amiga, que me hace un gesto de silencio y me invita a pasar. La habitación está decorada solo con unas telas y ella se encuentra en una cama, sobre sus piernas sostiene una computadora portátil en la que escribe algunas frases, el resto las dice en un perfecto inglés. Junto a ella un pequeño radiograbador deja escuchar a Sabina, quien elige ser un pirata cojo, con pata de palo y parche en el ojo como su vida ideal. Paula se adelanta a mi pensamiento y me dice que le gusta escuchar a Sabina porque le recuerda que a la vida no hay que tomársela tan en serio. Y yo pienso en este instante que si la conociese, él seguramente le dedicaría unas letras, al igual que yo tal vez, pero con más talento.

Paula tenía ojos cansados, pero se le instalaba una contrastante sonrisa cuando guiaba la cámara a su rostro. Las ocho horas diarias de coqueteo inevitablemente dejaban su huella. Toda su audiencia requería atención especial e individualizada, saludar, preguntar por sus quehaceres, problemas personales y demás, eran los, a mis ojos, extraños temas que se manejaban con los más asiduos. Los demás, requerían poses, besos a cámara, juguetes, primerísimos planos, y hasta orgasmos instantáneos a modo de despedida, ya que tenían que desconectarse.

“Tienes que hacerlos sentir especiales y únicos, esta gente está muy sola, a veces se enamoran platónicamente y pasan el día entero esperando encontrarte en la web. A veces te envían regalos para tu cumple y hasta dinero”, me dice Paula por lo bajo y con un arqueo de cejas que pone sus profundos ojos negros a brillar.

Desde mi pensamiento socialmente moldeado, me digo: es bonita, tiene buena presencia, evidentemente inteligente, computación, inglés a la perfección, trabaja siempre con una sonrisa, pienso que podría tener cualquier trabajo que se propusiera. Pero… por qué no este, si siempre donás el cuerpo de algún modo u otro.

De repente alguien golpea la puerta de la habitación. ¡Uy!, es Rita, que pide permiso y entra medio apresurada. Rita, de escaso metro sesenta y pasos cortitos pero rápidos que se dejan leer con el repiquetear de sus tacones, viene a decirle a Paula que hay un mae, ese Rod69, que se está propasando, que lo banee. Que siempre hace lo mismo y Randall nunca lo banea definitivamente. Sindicalismo del placer, me digo.

Rita se queda un ratito, nada más, como me dijo a modo de permiso. Se percata de mi cámara, incluso creo, recién ahora, de mi presencia, me saluda y me aclara que está en tiempo de descanso. Aclarado esto, se vuelve hacia Paula, quien guía la cámara a sus partes íntimas para poder ponerle atención, y se explaya en el asunto. Parece que el tal Rod69, como reza su nick (apodo obligatorio que usan al entrar en el chat), cree ser el único cibercliente y demanda atención absoluta, y al no ser complacida, al tipo le da por insultar. Es ahí cuando recibe un baneo, una suspensión que puede durar un día, un mes o ad eternum. Todo depende del humor de Randall, que sería el árbitro de este desigual encuentro que puede terminar en goleada. El mismo Randall, que parece que ese día está de buenas, quién no, con ese trabajo, entonces no lo banea.

Los usuarios del chat, Rod69 incluido, pagan un monto mensual por entrar, y también existe otra categoría que paga por minuto. Ellas deben tratar de mantenerlos en línea la mayor cantidad de tiempo posible. Paula es una de las predilectas, ella tiene más de 60 al mismo tiempo en las horas pico. Todos ellos saludan al entrar y al despedirse, todos ellos piden cosas diferentes, todos ellos deben ser complacidos.

Algunos quieren verla en perrito, otros las tetas, otros los pies, unos que se toque, que use consoladores. Paula hace y esquiva, sonríe y provoca, juega con ellos y los detesta. A veces se divierte, a veces quiere salir corriendo. Dice que perdió sensibilidad en su clítoris por tocarse tanto y que también disminuyó mucho su deseo sexual. Me contó que le arden los ojos y tiene contracturas musculares por la poca variación de posiciones. Decidió no tener novio porque no podría compartir ninguna noche con él y no quiere tener que ocultar su trabajo, cosa que hace con sus padres, a quienes les dice que trabaja en un call center por las noches dadas las diferencias de horario con Estados Unidos y Europa. Me cuenta además que antes se ganaba bien, pero que ahora se han caído los valores. Rita asiente a todo, paso a paso, con un riquísimo lenguaje gestual.

Ambas están tratando de ahorrar porque creen que este no es un trabajo para hacerlo mucho tiempo. Me cuentan que a algunas de las compañeras les encanta el coqueteo y la adulación, por lo que disfrutan mucho el trabajo, mientras que otras duran apenas unas horas y salen corriendo.

Después del ratito prometido, Rita se devolvió sobre sus tacones con la misma velocidad con la que la trajeron. Detrás dejo su enojo, su descarga, su petición de respeto, sus gestitos y una simpatía que rompe cualquier hielo en un instante.

Yo me quede ahí con Paula, compartiendo su espacio, su mundo. Ella hablaba, se reía, me convidaba de su alegría, de sus ojos, de su cansancio, de su locura, me daban ganas de quedarme a vivir en la película de su vida. Yo estaba disfrutando ser parte de ese mundo oculto en mi ciudad, ser parte del San José que nadie ve. Yo también tenía lindo trabajo después de todo.