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Vaselina / Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre (Nš1)
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Por Luz Lardone
Publicado el 11/14/2007
 
Claro que, por lo general, lo que aqueja es la miopía y para ello está San Jerónimo con trabajo a doble turno.

Edición 15

Vaselina / Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre (Nš1)
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Los eventos políticos pasan, las dirigencias quedan y las sociedades resisten. Como dice el tango, “[uno] sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina”. Fe en el psicoanálisis, en los dogmas, en la ciencia y un generoso etcétera que permite hacer la vida vivible. Entre el cielo y la tierra, lo oficial y lo pagano, las doctrinas religiosas suelen ser un aliciente contra el desamparo. Posibilitan buscar contacto directo con Dios o demandar intermediarios. Recurrir a los santos mediadores para ayudas potenciales admite, quizás, tropezar con soluciones y volver así, tal vez, a sonreír y seguir creyendo (el profesor Solecismo no aprobaría esto).

¿Qué es ser santo/a? Vaya preguntita, sobre todo si se considera que no todas las religiones los reconocen y mucho menos los veneran. ¿Cómo conectar a los santos con los políticos? Ya van a ver. En principio, las figuras de la santidad han estado relativizadas por aspectos religiosos-culturales; sin embargo, están disponibles. En el amplio abanico de santos protectores existente para la veneración, los sanadores gozan de cierta fama ad hoc. Ante problemas de salud, los creyentes pueden recurrir a su intervención. Vayamos a algunos ejemplos prácticos de la asociación político-religiosa prometida.

Si se está ante un caso crónico de ciegos que no quieren ver –hecho frecuente en los dirigentes políticos sin distinción de banderas–, hay que agotar opciones. Es factible solicitar la injerencia de San Urbano ante el padecimiento de un orzuelo. Otra posibilidad es que se trate de un caso cataratoso, y se requiera la asistencia de San Siforiano. Claro que, por lo general, lo que aqueja es la miopía y para ello está San Jerónimo con trabajo a doble turno. Aunque, sin ánimo de ser reduccionista, la dolencia más habitual es la neuralgia, que suele afectar al principal nervio sensitivo de la cara y causar dolorosas muecas faciales. En este caso, San Medardo intervendría en pos de los “caraduras”. Si los síntomas no son evidentes, cabría consultar el servicio corporativo de otros oftálmicos como Santa Lucía, San Vito, San Pantaleón o San Antonio Abad. También sería posible que los políticos no estén mal de los ojos –cosa dudosa–, y que padezcan de otros males como somnolencia (San Vito); sordomudez (San Francisco de Sales) o quemaduras (San Eustaquio).

Si se apeló a todos los anteriores sin éxito y ante usted se hizo presente el desánimo, no afloje: es hora de recurrir a San Renato, que ampara contra la impotencia. Mucho peor sería necesitar a San Conrado por las hernias originadas de tanto hacer fuerza, o a San Huberto por la rabia. Claro que los mismos dirigentes políticos podrían contraatacar con una fulminante invocación a San Sebastián, su santo protector, o a San Dimas, el que ampara a los amigos de lo ajeno. Ni hablar si se asocian con los banqueros –alianza que se suele dar–, a quienes protegen San Mateo, San Cristóbal, San Clemente y San Miguel Arcángel, entre otros. (Por poco acaparan todo el santoral).

Ante el panorama descrito, y a estas alturas del artículo, se puede necesitar a San Agapito, protector de los afectados de dolor de estómago y cólicos, o a Santa Juliana Falconeri contra los vómitos. Tranquilo, mucho peor sería necesitar a San Damián en pos de unas buenas hemorroides. En fin, en mi caso, he decidido invocar la protección de San Guijuela, para que no me chupen la sangre; a San Cocho por aquello de lo a medio cocer y todo mezclado y a San Dalo por el olor a maderas –quemadas–. He descartado de plano mi veneración a San Ción, a San Dez, a San Grar, pero nunca a San Gría. Y, San Seacabó.