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Península de viejos
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Por Maria Montero
Publicado el 08/11/2010
 

La longevidad de los nicoyanos es mundialmente célebre. En esta región del Pacífico costarricense, los ancianos tienen la costumbre de vivir más que el resto de sus compatriotas y tras de eso, algunos ni siquiera lucen como deberían. Si usted piensa alcanzar los 100 años, vaya pensando en mudarse.


Península de viejos

La longevidad de los nicoyanos es mundialmente célebre. En esta región del Pacífico costarricense, los ancianos tienen la costumbre de vivir más que el resto de sus compatriotas y tras de eso, algunos ni siquiera lucen como deberían. Si usted piensa alcanzar los 100 años, vaya pensando en mudarse.

Por María Montero
Fotografías: Jorge Navarro

El papá de Juana Villegas era jamaiquino. Hoy, a sus 100 años, ella aún lo recuerda: “Yo era la perla más fina para él”. Lorenzo Villegas (abajo), de 96 años, vive en Guastomatal de Mansión de Nicoya. Su historia es universal: trabajó toda su vida y hoy no es dueño ni de su sombra.

Es cierto: en la Península de Nicoya todos los caminos conducen a un viejo. Pero es falso que vivir 100 años sea, sin excepciones, algo encantador. Encantador para las estadísticas, eso seguro. El misterio de la longevidad en la región aumenta conforme se disipa la cursilería humanitaria, porque no hay peor combinación que vejez y pobreza, una mezcla común –aunque no letal– en los alrededores. Es lógico preguntarse por qué viven tanto tiempo los ancianos de Carrillo, Santa Cruz, Nicoya, Hojancha y Nandayure, pero también es urgente preguntarse cuántos de ellos viven y cuántos sobreviven.

Sí, no es mentira. En Betania de Hojancha, Joaquín Alemán y su esposa Dorotea tienen, respectivamente, 101 y 87, pero es imposible saber si ellos están de acuerdo o celebran los cumpleaños contra su voluntad, porque ambos están técnicamente sordos y prácticamente mudos. Pasan los días enteros a la entrada de la casa, uno al lado del otro, postrados en la carencia, camuflados entre matas y pajaritos, viendo la curva asfaltada que los ve de lejos. Generalmente, los longevos tienen un apéndice llamado hija solterona, una heroína de las pensiones del régimen no contributivo de la CCSS, que no solo logra acomodar a los padres a un presupuesto insignificante sino que se acomoda ella misma en el imposible margen que le dejan los números. Ciudadanos de oro, se les llama en jerga institucional. A esta pareja de ancianos guanacastecos, de oro no les quedan ni las calzas, pero esa es la función del eufemismo: que el lenguaje se haga responsable de la realidad

Costa Rica produce cada vez más ancianos. El año pasado, casi 1000 personas de 100 años o más empujaban las estadísticas. Del 2000 al 2009, el país pasó de tener 231 centenarios a contar 937 y los demógrafos prevén que en el 2050 habrá unas 8.000 personas de esa edad (entre las que tal vez se cuente usted...) El grupo de centenarios es, de hecho, el de mayor crecimiento en los últimos años. Una de las razones está vinculada con la esperanza de vida al nacer: un tico varón que nazca hoy podría llegar a vivir 77 años pero si es mujer, 82. Sin embargo, si es varón y logra cumplir 90 años, automáticamente ingresa al selecto club de los machos más longevos del planeta: los nonagenarios ticos tienen un bono estadístico de 4,5 años más de vida que los de ningún otro lugar.
 
“Me alimento una vez al día con unos chocolatitos, una carnita, una sopita. Ya el apetito es poquito”. Acostumbrado a ahorrar hasta límites imposibles, Lorenzo Villegas no gasta ni en palabras y solo usa diminutivos. No tiene herederos ni nada que heredar. “Tengo un platanito y una matitas de yuca. Ahí vivo, quitándole el montecito”. Unos parientes le vuelan ojo desde otra casa, como a 50 metros. Sus 96 años transcurren en el portal de un corredor que parece parte de una escenografía perfectamente escondida en los confines de


Catalina Osorno, de 95 años, es el trabajo favorito y no remunerado de su hija Gumercinda.
Guastomatal de Mansión de Nicoya. Sin embargo, el camino de la absolución lo recorre en taxi, pues don Lorenzo desembarca en la puerta de la iglesia todos los domingos. De joven fue agricultor y propietario de una finca en la que sembró frijol, maíz, arroz y plátano, hasta que un hermano se la hipotecó. “Pobrecitamente me encuentro pero estoy conforme con la simpatía de Nuestro Señor Jesucristo Dios Padre y Espíritu Santo”. Cada mes recibe una pensión de ¢66.000. Otro diminutivo.

Yamil Mora mueve las manos adentro del archivo y los expedientes zumban como una baraja. Revisa su base de datos, pero se apoya en su memoria más que en las fichas. Rápidamente saca los nombres de siete personas mayores de 90 años. “Si me hubiera avisado antes…”, se disculpa. Yamil, de 48 años, es asistente técnico de atención primaria pero uno de sus compañeros, quien se suicidó hace poco, era el encargado de darle seguimiento a las personas mayores, así que él no tiene todo el conocimiento sobre el tema que quisiera ofrecer. ElEbais de Mansión de Nicoya lleva el registro sanitario de 2.800 personas procedentes de nueve comunidades vecinas: Mansión, Guastomatal, Iguanita, Lapas, Matina, Polvazales, La Chácara, El Obispo y, vaya coincidencia, Pueblo Viejo.

Con una extensión de 4.100 km2 y una población cercana a las 132.000 personas, en la Península de Nicoya se respira el aire de los ríos: más de 5000 kilómetros de afluentes y quebradas drenan los valles intermontanos que conforman los cinco cantones guanacastecos donde los viejos crecen en años y en número. No serán muchos pero son significativos: hasta el 2008, se trataba de unos 150 centenarios o cuasicentenarios. Sin embargo, unos 5000 habitantes de la Península superan los 75 años, según datos oficiales. Como dato curioso, resulta que las tierras de Carrillo, Santa Cruz, Nicoya, Hojancha y Nandayure también están entre las más viejas del país.


En la zona, José Esteban Osorno es un chiquillo de 83. “El guaro me hace mal pero lo que no me hace daño es la cerveza”, dice.

A Juana la conocí hace dos años, cuando tampoco caminaba. Entonces tenía 98. Dos años después, Juana sigue envejeciendo rodeada de cosas que permanecen iguales: su barrio, su cama, su ventana y su hija Enilda, que le organizó un cumpleaños comunitario en junio pasado, cuando alcanzó los 100. Juana no puede caminar y habla con dificultad, pero está lúcida como una niña. “Yo tengo manos de tigre, en cambio usted…” Juana hace una pausa antes del oráculo: “… usted tiene manos de ratón”. Ciega desde hace tres décadas, sus manos son sus órganos vitales, indispensables para descifrar lo que va quedando a su alrededor. Primero le hicieron la misa y después los convidados se trasladaron al salón comunal, donde Enilda repartió los recuerdos: una reproducción en miniatura del extinto billete de 100 colones, en el que en lugar de la cara de don Ricardo Jiménez está el rostro sonriente de Juana Villegas Villegas, nacida en Mansión de Nicoya el 24 de junio de 1910. La cumpleañera cuenta que ese día se moría de dolor en el costado, pero no dijo nada para no arruinar la fiesta.

Además de tener problemas habituales en su sistema circulatorio, respiratorio o digestivo, los viejos suelen tener padecimientos en su sistema de pensiones. A menos que hayan sido diputados, presidentes de la república, directivos del INS o de alguna transnacional, los viejos no gozan de una pensión: la pensión los aqueja. Cuando uno ha sido agricultor, madre de diez hijos, vendedor ambulante, peón de finca o lavandera, y además es afortunado, su promedio mensual de ingresos será de ¢70 mil.

El Estado protege a Joaquín Alemán (101) y a su esposa Dorotea (87) con eufemismos: les llama ciudadanos de oro. Águeda, su hija soltera, está disponible para ellos las 24 horas.

Águeda palmea tortillas en la penumbra de la cocina donde, además de trabajar, se esconde de las visitas. No le gusta conversar, es hosca, lo demuestra. Una pequeña paila hierve en el fogón; ella atiza las brasas. Afuera, en un solar techado y con piso de tierra, están  sus padres, Joaquín y Dorotea, mudos e inmóviles. Después de una larguísima vida de trabajo y cinco hijos, nacidos y criados en la zona, el patrimonio de los viejos consta de un refrigerador y un radio, porque la casa la levantaron en un pedazo que les cedió un vecino. “Estábamos pequeños cuando él vendió”, cuenta Águeda, cuyos apellidos son “Hernández Montiel”. El hijo mayor, que ahora anda enfermo, los visita de vez en cuando y les lleva arroz, frijoles, carne, leche, queso. Mientras tanto hay tortillas y sopa de fideos. Águeda no recuerda su edad pero no es la suya la que importa. Es lógico que su memoria falle: ella dejó de existir hace muchos años, lapidada en su destino de cuidadora de tiempo completo. Tampoco recuerda la edad de sus padres. Le repito lo que me dijeron en el Ebais de Hojancha: que su papá tiene 101 y su mamá 87. “Entonces así debe ser”, responde.

Arroz en el vestido, lagañas en los ojos, mocos, dolor en el costado. Es cierto, los viejitos son lindos, pero la decrepitud es horrorosa. Soledad. Silencio. Olvido. Hasta ahora, el único remedio seguro para contrarrestar los efectos de la decadencia es el dinero. No el billete que sirve para pagar cirugías o dentaduras, sino el otro, el quepermite irrigar todo el sistema para que la comunidad y el viejo vivan uno dentro del otro. Entonces claro que no importa envejecer si uno envejece en Loma Linda (California), Okinawa (Japón), Cerdeña (Italia) o Vilcabamba (Ecuador), porque ahí parece que la longevidad es un valor agregado de la vida, no un accidente que sucede con frecuencia. Aunque Vilcabamba comparte con Nicoya el guión tercermundista de pocos ingresos, malas condiciones sanitarias y trabajo duro de por vida, ahí los viejos siguen vivos hasta que se mueren. Es decir, en Vilcabamba, ni viven como viejos desde que nacen ni pastan como fantasmas cuando envejecen. Incluso se asegura que tienen sexo.


A sus 100 años, Ana Torres mantiene su carácter. “Las pastillas me tienen enferma”, dice.

Nicoya es a la vez golfo y península, lo cual le da características climatológicas especiales y tiene, justamente al frente, el Domo Térmico del Pacífico, que es la zona de mayor riqueza marina de toda la Cuenca del Pacífico… Aunque los estudiosos aún buscan evidencia científica sobre una posible mayor longevidad de sus ancianos, así como sus causas, lo que sí es cierto es que la mortalidad entre los costarricenses de 90 años es  10% más baja en esa zona guanacasteca, así como la mortalidad por cáncer, que es  23% menor en los ancianos pamperos con respecto al promedio nacional de decesos por tumores malignos a los 90 años. Los datos salen del corazón palpitante del Centro Centroamericano de Población de la UCR. En el 2007, los resultados preliminares de algunas investigaciones del CCP alertaron a la comunidad científica internacional sobre la posible extraordinaria longevidad de los nicoyanos. Ese año, la National Geographic Society y el Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos enviaron a un combo de especialistas (demógrafos, geriatras, psicólogos y comunicadores) a dilucidar el asunto o cuando menos, a preparar el argumento de un nuevo numerito mediático.

A Eulalia Osorno Osorno la conocen como Catalina Osorno Osorno desde hace 95 años. Nació en El Coyolar de Mansión y la sacaron de la escuela antes de que se acostumbrara. “Yo llevaba buenas notas en primer grado, pero me sacaron en segundo”,recuerda Catalina. “No pude aprender a leer”. Ya grande y analfabeta se dedicó a trabajar dentro y fuera de su casa. Tuvo siete hijos, dos mujeres y cinco varones, y lavó ropa ajena “y todo eso”, como ella misma sintetiza. Vivió sola hasta los 92, pero las enfermedades pusieron fin a su independencia. “Es cardiópata, tiene parkinson y solo le trabaja un pulmón; además, sufre de dolor en la columna, le falla el ojo izquierdo y las rodillas no le responden”, detalla su hija Gumercinda, de 51 años. “Si ella estuviera sola estaría muy mal y quién sabe si ya la hubiéramos perdido. ¿Cómo voy a trabajar? Tendría que desatenderla. Dios sabe por qué me dejó soltera”. En la casa de su hija, que ahora es su casa, Catalina dobla ropa, ve novelas y pela verduras. “Antes me gustaba barrer pero ya no puedo… y ella no me deja tampoco”, acusa. Edrick Eliécer Briones Osorno salió volando hacia San Carlos el primer día de vacaciones de medio año. “Ya me hace falta verlo”, confiesa la abuela. El nieto, de 15 años, es el hijo menor de Gumercinda. La abnegación de la hija hacia la madre incluye cinco comidas al día y dosis permanentes de atol de avena, maíz y maicena y frescos de piña con arroz y linaza. No se le va ningún cuidado, aunque recientemente dejó pasar uno. “No dejé que le pusieran esa vacuna de la gripe. Una señora de por aquí, de casi 90 años, se murió 8 días después de que la vacunaron”.

Panchita estira los dedos de su mano derecha y empieza a contar. Sabe perfectamente que la visita no es casual, así que habla sobre su edad sin necesidad de preguntas, así como de los temas que le parecen pertinentes. “100, 200, 300… voy por 400 años…estoy como el cacho del chivo, que está flojo pero no se cae”. Marcos trae unos elotes amarillos de su propia cosecha para animar el diálogo. Marcos Castillo, de 66 años, es el hijo menor de Francisca Castillo Carrillo, sobrina del general cubano Antonio Maceo, nacida en Matina de Nicoya hace 104 años. “Ahora la gente no dura porque todo lo que se come está inyectado. Por eso ahora están más flojos que socados… ¿Usté es americano?”, pregunta Panchita, dirigiéndose al fotógrafo.“Los americanos son grandes, gruesos, con bastante abono”.Tuvo cinco varones y ninguna mujer, pero al menos tuvo una sobrina, Magdalena, con la que pasa largas temporadas en otra casa, en Mansión de Nicoya. Marcos cuenta que desde hace un año le tienen lista la bóveda en el cementerio de esa comunidad, porque ella pidió que la enterraran al lado de su hermano y quería ver con sus propios ojos al me nos la mitad  de su deseo cumplido. Esta mañana, como todas la mañanas, Panchita descansa en un camastro en la penumbra de una habitación silenciosa. Ante nuestra presencia, se incorpora y, con ambas manos, se aplancha el vestido de encajes. Marcos le trae sus collares, sus aretes. Incluso pide su bastón y da unos pasitos hacia la puerta. Se ve feliz. Está lista para salir pero también para irse.


Juanita Almanza Vda de Briceño, de 90 años, llegó a Nicoya a los 16 para conocer a su papá.

Después de los 100 años uno está más vulnerable que un recién nacido. Porque puestos a vivir mucho tiempo, uno querría llegar a viejo para muchas cosas, pero no para ayudarle a las estadísticas. Las estadísticas aman la longevidad y los políticos aman las estadísticas. ¿Llegar a viejo solo para mejorarle los índices al país? Pues qué remedio, pero ese no parece ser el peor de los escenarios, sino llegar a viejo sólo para que los políticos tengan un souvenir para sacarse la foto. Y encima morir agradecido.