Debería decirse “viejo verde” con respeto, con devoción. Igual que se dice “anciano venerable”.

Defensa a los viejos verdes

La escritora Catalina Murillo no encuentra nada censurable en una de las conductas más tristemente masculinas. Reivindicación de un espécimen que es mirado con desprecio.

Por  Catalina Murillo
Ilustración: José Rosero ©2008


¿Qué es un viejo verde? A don Quincho, un vecino mío de 85 años, le dio por regalarle chocolates y piropos a Mencha, una vecina de 73. Todo el barrio estaba enternecido con aquel anciano romántico, todo el barrio emocionado con la perspectiva de una historia de amor otoñal, como se le suele llamar aquí aunque no haya otoños. Si don Quincho hubiera tenido ese gesto galante con Patty, una vecina de 40… mal asunto, la cosa ya no tendría una lectura tan amable. De anciano romántico pasaría a viejo verde; más que chocolates tendría que regalar alhajas con valor demostrado, y los piropos se los podría ahorrar. Y si don Quincho le hubiera regalado chocolates y piropos a Paloma, la vecinita de enfrente que tiene 20 años, el caso estaría ya visto para sentencia y don Quincho tendría orden de alejamiento, de exilio a una isla desierta o de castración química, y como mínimo le habrían puesto una pulsera que mandara una señal de alarma a la comisaría más cercana cada vez que tuviera una erección. Eso sí una erección de don Quincho  más bien merecería que sonara en todo el barrio el “Aleluya” de Haendel.

Si un hombre de 85 le suelta piropos a una mujer de 20, más vale que el regalo que acompañe los piropos sean un yate o un Rolls Royce, porque solo así se salva de ser llamado “viejo verde” y pasa a ser considerado un hombre que ha triunfado en la vida, un hombre que sabe lo que es bueno y se lo ha ganado. Es muy importante que el regalo sea carísimo, porque sólo así queda constancia de que los impulsos libidinosos del viejo cacreco van aparejados del noble sentimiento del amor. ¿Por qué? Pues porque cualquiera sabe que por muy escultural que sea una mujer, siempre habrá muchas más tan guapas como ella y a cuenta de qué gastarse un dineral en una cuando por cien mil pesos se pueden tener hasta tres.

Así, pues, ¿qué es un “viejo verde”? Si el mentado don Quincho tuviera 35 años y aun así estuviera galanteándole a su vecina de 73, don Quincho sería considerado un hombre “muy particular”, un hombre “con una sensibilidad especial”… si viviera en Suecia. Aquí, en nuestro barrio tropical, se hablaría de él como de un enfermo o un asqueroso que está esperando que se palme la vieja y le deje algo.

Es decir, que la definición de “viejo verde” es resbaladiza, inexacta y sobre todo extrínseca; es decir, que no depende del viejo, sino de la mujer en quien él ponga los ojos, por un lado; de la diferencia de edad entre ambos, por otro, y por otro lado más, de los ojos de quienes lo juzgan; ah, y también de los regalos y medios económicos para el cortejo, como ha quedado demostrado, porque a ver quién se atrevería a llamar “viejo verde” a Michael Douglas si se le aparece en la puerta de la casa con un reloj de platino y declarando amor eterno.
 
 ¿Por qué viejo “verde”? Son dos “pecados” en un mismo pellejo: viejo y verde. Y eso que a viejo llega el que puede, no el que quiere, y que peor que llegar a viejo es no llegar a viejo. Lo de verde, en cambio, se cultiva. Si no es verde, un viejo es solo un viejo descolorido, lo cual es peor. Pero ya sabemos que el término es peyorativo e implica algo así como “viejo marchito al que le gusta comer verde”. Implica viejo baboso, viejo cochino. E implica que, por ser viejo, no tiene derecho a que le gusten los cogollitos tiernos. Esta es una consideración absurda, además de injusta y amargada, resentida con la vida.

Un viejo verde, en mi opinión, es aquel que conserva su alma eternamente verde y primaveral. Un viejo verde es alguien que demuestra en cuerpo y alma que la vida puede pasar por uno sin aniquilarlo; que existe el envejecimiento inevitable de la carne pero la eterna juventud del espíritu. Por eso quien dice “viejo verde” con desprecio es en realidad un envidioso, es alguien que no soporta ver arder de esa forma la llama de la vida en los otros. Debería decirse “viejo verde” con respeto, con devoción. Igual que se dice “anciano venerable”, debería decirse “anciano verde” como quien se refiere a un iluminado, a un hombre que ha pasado todos los avatares de este mundo cruel y sin embargo mantiene intacta la fuerza de la vida. Y ojalá, junto con ella, la erección. Habría que poner esta estatua en la Avenida Central: un viejo verde y erecto, para toda la eternidad.