Los licores, las reliquias, las piezas de colección; todo toma valor con el paso de los años. SoHo decidió rendir honor a quien honor merece. Un especial dedicado a todos los viejos.
Edición 44
|
CUANTO MÁS TIEMPO MEJOR Los licores, las reliquias, las piezas de colección; todo toma valor con el paso de los años. SoHo decidió rendir honor a quien honor merece. Un especial dedicado a todos los viejos. |
|
Elogio a las mujeres maduras Recuerdo haber conocido a Aurelia de la misma manera que conocía a todas las mujeres en aquella época, en un bar aledaño a la universidad. Yo tenía 20 años y ella era, a todas luces, menor que yo. Por Juan Murillo |
|
|
Diatriba contra la juventud Nada de que ‘juventud, divino tesoro’, ni que el paso de los años solo trae achaques. Palabras furiosas de una mujer que no añora para nada el tiempo que ya se fue. Por Leila Guerriero |
|
Quien me encargó esta carta de un viejo a los jóvenes no lo hizo con la intención de ofenderme. Llamarnos adultos mayores o ciudadanos de oro, o decir que somos de la tercera edad es un intento de disimulo tan innecesario como ridículo. |
|
La noche de la mitocondria Un cuento inédito sobre la aventura más esperada por todo joven: un encuentro con una mujer de 40 años. Por Luis Miguel Rivas |
|
El actor porno más viejo del mundo Este es Shigeo Tokuda, un japonés que tiene el viril título de ser el actor porno más viejo del planeta. Texto y fotografía: Mario Castro |
|
Defensa a los viejos verdes La escritora Catalina Murillo no encuentra nada censurable en una de las conductas más tristemente masculinas. Reivindicación de un espécimen que es mirado con desprecio. Por Catalina Murillo |
|
Elogio a las mujeres maduras Por Juan Murillo |
|
Recuerdo haber conocido a Aurelia de la misma manera que conocía a todas las mujeres en aquella época, en un bar aledaño a la universidad. Yo tenía 20 años y ella era, a todas luces, menor que yo. Nunca supe exactamente cuál era la diferencia de edades ni voy a fingir que me importaba demasiado si la ley veía mis intenciones con ella como la prefiguración de algún delito. Acabábamos los dos de salir de la infancia, esa es la verdad. Es imposible entonces que los hombres, envueltos como estamos en esa competencia invisible que es demostrar que uno es muy hombre, logremos apreciar realmente a las mujeres maduras. Las mujeres maduras, para los hombres maduros, no existen. Para los hombres jóvenes, en cambio, sí que existen, se llaman: mamás. La mujer madura para un muchachote siempre es la mamá de alguien. Y en mi caso esto no era diferente. Aurelia tenía una mamá, por supuesto, pero eso era parte inextricable de un fondo biográfico que a mí me tenía totalmente sin cuidado. De Aurelia me importaba la blancura de su sonrisa y la tersura de la piel morena y la curva de la cadera que salía de la minifalda y el pelo negro azabache. La tonada que rondaba mi cabeza en ese momento solo tenía que ver con los pasos a seguir para que termináramos ambos en posición horizontal, con alta escasez de ropa para poder practicar lo que para mí en esa época era un deporte nuevo en el cual, tristemente tengo que admitir, abundaba yo en preguntas más que en habilidades. Y en verdad, que yo no fuera un gran amante no tenía por qué ser un problema, porque evidentemente Aurelia tampoco lo era. De modo que ninguno pudo evitar la risa cuando tras un forcejeo algo desesperado con la ropa del otro, en el que mediaron algunos arañazos y rodillazos en muslos que amanecerían morados, luego de pellizcarnos con los zippers y chocar la cabeza contra los postes de la cama, luego de buscar temblorosos la manera de ajustar lo cóncavo con lo convexo (así, a nivel teórico, desconociendo la localización exacta del acoplamiento) luego de algunas envestidas que satisficieron más a las prendas íntimas que a las terminaciones nerviosas, a la cama se le corrió una tabla y el colchón se esfondó, con nosotros por relleno de un gallo poco sexy que desparramaba risas lacrimosas, quizá de agradecimiento por no haber tenido que continuar el vergonzoso conato hasta el final. Cuando nos hubimos incorporado de nuevo (con los pantalones hechos un rollo en los tobillos) y la cama fue restaurada a su integridad estructural, el momento ya había pasado. Las hormonas no son más poderosas que el ridículo y lo que antes había sido ardor ahora era camaradería. Nos reímos un rato más sobre su cama, luego ella se metió en las cobijas y se quedó dormida; y yo abrazado de ella, desnudo de la cintura para abajo, en las cortas horas de la madrugada me dejé arrastrar por el peso de las cervezas al fondo de un sueño oscuro y agradecido. Ya estaba claro cuando desperté con la vejiga a punto de reventar y congelándome, literalmente, las pelotas. Salí de su cuarto, en el que aún cohabitaban algunos peluches, y busqué el baño en el pasillo. Camino a la sala encontré una mesa con una máquina de escribir y una pila inmensa de hojas tamaño carta boca abajo. Levanté la última y leí con asombro las líneas finales de una novela. Saqué, ardiendo de curiosidad, la que estaba de primera y para mi incredulidad leí el nombre de la mamá de Aurelia, la novelista más importante del país y el título de su novela inédita. Mientras calculaba mentalmente de qué forma el rostro de Aurelia, con el paso de los años, podía convertirse en el rostro de aquella escritora, escuché unos ruidos provenientes del fondo del pasillo y dándome vuelta vi, al otro lado de la pequeña casa, en un oscurecido cuarto principal, a la más grande novelista que ha tenido nuestro país, a la mamá de Aurelia, desnuda, mirándose en el espejo de cuerpo entero en el cuarto principal. Es difícil describir el horror que me invadió en ese momento, compuesto como estaba por las múltiples capas de espanto que me invadían como olas de tormenta. Para empezar, yo estaba ahí parado en medias y camiseta, y ella estaba desnuda en su cuarto a una distancia que se cruza en cuatro trancos en menos de lo que tarda uno en decir Yocasta. Pero además yo también era escritor (o creía serlo, o quería serlo, o quería que pensaran que lo era) y ella, esa mujer desnuda que rondaba los sesenta, de pie frente al espejo, ignorando a este miserable intruso, corregía mis aspiraciones con su sola estólida presencia. De ella había salido Aurelia, producto de algún amor lejano y mal encaminado a una edad cuando normalmente ya la fábrica está cerrada, con un revolucionario salvadoreño que había muerto años después acribillado por sus mismos compañeros. Su segundo esposo en realidad, porque el primero, luego de una boda de bisoños confundidos y alentados por la mal disimulada presión materna, se había dado cuenta de que era gay y se había ido a vivir con su mejor amigo de toda la vida, dejando a la mamá de Aurelia sola para que diera explicaciones a familiares y amigos. De ella habían salido libros que recorrían la historia antigua de mi país y también la reciente. En sus novelas hablaba de sus amores con negros altísimos y delgados en islas diminutas del Caribe y de las correrías de joven universitaria en una Sudamérica convulsa donde le había tocado como becaria ser amante transitoria de un Pablo Neruda asustadizo que atisbaba la llegada de su esposa cada quince segundos. En sus novelas los personajes sabían lo que era renunciar, en silencio y como quien olvida lo que vino a hacer, a los sueños de juventud, porque su autora lo había vivido. Sabían que a veces, muy pocas veces, un hombre decide decir algo importante sobre lo que siente, y que por exiguas esas ocasiones había que saber reconocerlas; lo sabían porque ella se los había enseñado. En sus novelas las mujeres que amaban a otras mujeres pasaban por los procesos mentales que ella había pasado antes de irse (con Aurelia en ristra), junto a una cantante francesa (la cual tenía de un matrimonio anterior dos niñas propias) a fundar una confusa comuna femenina, donde la ropa se guardaba en un montón gigante a los pies de la cama matrimonial de las señoras de la casa. Cuando había sexo escabroso en sus novelas, el olor del cuero húmedo de sudor o del látex lubricado, o los sonidos de las orgías o el mareo de la excitación de hacer el amor con un total desconocido sin haber cruzado palabra con este, eran todos recuerdos y no fantasías. Esa mujer desnuda, con la piel suave y cómoda, y el vientre visible y los pechos alargados con los que había amamantado bebés y reconfortado amantes y sorprendido a mirones. Ella, esa mujer, era una mujer verdadera. Aurelia, que a su haber apenas contaba con buenas intenciones y lozanía, era una promesa de mujer, un trabajo en progreso, un cuadro que se iba pintando. Su mamá, en cambio, era la mujer futura, la mujer total, la mujer que había vivido y que había sentido y que había herido a otros y sido herida y que había sabido perdonar o repudiar, amar u odiar, entender con el tiempo u olvidar con el tiempo. Que no me viera, era más que un ruego, era un conjuro, ella estaba en el mundo, se había ganado ese espacio viviendo y con su sola presencia me desdibujaba a mí, mero aprendiz, y a su hija. Como no me había visto, porque yo era invisible, casi inexistente, me deslicé silenciosamente hacia el cuarto de Aurelia, alejándome de la gravitación de la novela que era la vida de aquella diosa cazadora que yo había sorprendido en medio afeite, Nike vencedora, antes de que se diera vuelta y extendiendo las alas me fulminara con una mirada de sesenta años de profundidad. Levanté las cobijas y me acosté, o más bien me escondí, junto a Aurelia y olí en su cabello la promesa de la mujer que sería y comprendí que aún éramos niños y que el tiempo se encargaría de llenar todos los vacíos y acercarnos a lo que estamos destinados a ser. También entendí que lo importante no era si yo podía llevarla a la cama ahora, sino si tendría la sustancia, la experiencia, el valor, la hombría para llevarla a la cama cuando ella se convirtiera finalmente en la mujer que su madre había logrado llegar a ser. | |
Diatriba contra la juventud Nada de que ‘juventud, divino tesoro’, ni que el paso de los años solo trae achaques. Palabras furiosas de una mujer que no añora para nada el tiempo que ya se fue. Por Leila Guerriero |
||
Pocas veces un diccionario dijo tanto con tan poco. Ser joven, asegura el María Moliner, es ser una persona, animal o planta de poca edad que aún no ha alcanzado la madurez. Según el mismo diccionario la madurez es la cualidad de estar maduro y el adjetivo maduro se aplica a frutos en el estado o sazón debidos para ser recolectados o comidos, o a cualquier cosa en el estado o sazón oportunos para dar resultados o frutos convenientes. La conclusión es matemática: si ser joven es no ser maduro, ser joven es no estar en estado apto de recolección, ni listo para ser comido, ni preparado para dar frutos convenientes. De todos modos María Moliner debe estar equivocada porque millones de personas —algo así como toda la civilización occidental— adhieren sin discusión a la idea de que no ser joven es ser un mutilado y que la juventud es el mejor momento de la vida, el tiempo al que todos deberían querer volver. *** Podría decirse que la juventud tiene como límite inferior la primera adolescencia, como límite superior la adultez y que, en varones y mujeres de clases medias, suele coincidir con el final de la escolarización básica, una situación hormonal precaria y una circunstancia en la que se combinan ingresos económicos iguales a cero, habitación compartida en casa de los progenitores y obligación más o menos perentoria de a) tener una identidad sexual definida, b) tener sexo y sobrevivir para contarlo, c) decidir futuro, carrera y profesión. ¿Qué puede tener de bueno un tiempo semejante? A juzgar por lo que dice el poeta —juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver—, todo. Y sin embargo. Un puré de hormonas; un revoltijo de primeros amores; un primate escindido entre el deber ser y la rebeldía; alguien que ha perdido, por octava vez, a la mujer o al hombre de su vida y que, por octava vez, no encuentra sosiego; un melancolizado que busca libros viejos que le digan qué hacer, consejos de amigos que le digan qué hacer, programas de televisión que le digan qué hacer; un animal confuso movido por el romanticismo, el sexo, las marcas de ropa y la convicción de que todo es como en las películas, incluida la banda sonora; un entusiasta que descubre, cada dos días, la novela perfecta, la poesía de Rimbaud, la comida agridulce, el sushi, los tampones, la velocidad, la borrachera y la resaca, y que corre, azorado, a contárselo al mundo creyendo ser su enérgico descubridor. Y es en ese estado de precariedad y licuefacción del entendimiento en el que hay que tomar decisiones importantes: elegir profesión, país, mujer, varón, futuro. Así las cosas, Occidente le debe, a Divina Juventud, vidas adultas plagadas de vocaciones falsas, elecciones confusas, frustraciones severas. Pero, sin embargo, la extraña, la idolatra: le busca la fuente para beber de ahí. *** Aquí, allá, en todas partes hay encuentros de jóvenes, congresos de jóvenes, seminarios de jóvenes: asociaciones de jóvenes migrantes, conferencias de jóvenes del cono sur, uniones de jóvenes católicos. Nadie ve en eso —en el hecho de que cientos de miles se junten solo por ser jóvenes, como quien dice rubios, zurdos, crespos, altos— un reduccionismo, una simplificación. Como si ser joven implicara ser, inevitablemente, bueno. Como si fuera posible que una juventud tan monolítica, un tesoro, diera paso después a tanto adulto gris. Como si fuera posible que tanto rubí mutara, sin explicación, en tanto escupitajo. *** (Y esto: hay varias maneras de ser joven cuando se es clase media —joven guevarista, joven greenpeace, joven intelectual, joven reaccionario, joven levemente tóxico— pero cuando se es pobre la elección es fácil: viene digerida. Cuando se es joven y pobre se es, derechamente, el diablo). *** Al buscar “jóvenes contra” en Google aparecen sitios de jóvenes contra la pobreza, contra la violencia, contra el racismo, contra el bloqueo yanqui, contra el VIH y hasta un Grupo de Jóvenes Contra Laura Chinchilla. Al buscar, en cambio, “adultos contra” aparece un modesto enlace sobre fútbol *** “Aprovechá, sos joven”, dice la voz popular, insinuando que la juventud es el último reducto de felicidad antes del desembarco en la tristísima adultez. Y esa insistencia en que un tiempo donde reinan la confusión y el desconcierto es, también, el mejor tiempo, debe decir alguna cosa. Sobre la sociedad que se empeña en la insistencia: debe decir alguna cosa. *** ¿Qué puede añorarse de un período durante el que el derecho a quedarse en casa un sábado a la noche es abducido por la obligación de salir a rebotar por discos y bares en los que el entretenimiento mayúsculo es observar el reflejo de la luz estroboscópica en las gafas espejadas de los otros? ¿Qué de un período en el cual hay que saberse las canciones y cantar en torno a las fogatas con el culo enterrado en la arena fría y pasar por todas esas agotadoras primeras veces como si de verdad fueran importantes: la primera depilación, el primer condón, el primer polvo? Y después de todo ese trabajo, todavía, hay que esperar que los adultos digan cuándo se puede: abortar, votar, conducir, cruzar una frontera. La clase adulta progresista y bien pensante suele defender en bloque la decisión de pacientes adultos que, enfrentados a enfermedades terminales, deciden no tratarse. La clase adulta progresista y bien pensante suele, también, defender en bloque la decisión de mujeres adultas que, enfrentadas a un embarazo no deseado, deciden abortar. Pero hay que ver cómo se pone la misma clase adulta progresista y bien pensante cuando son los cuerpos de los jóvenes los mapas en los que se hace visible el rastro de esas dos formas extremas de la vida: la enfermedad y el sexo. Un joven tomando la decisión de morirse y un joven tomando la decisión de no dejar vivir son cosas, todavía, insoportables. “Ese hijo lo vas a tener, como que me llamo Marta”. “La quimio te la hacés, quieras o no”. Lo hacemos por tu bien. Cuando seas grande entenderás. ¿Cómo se puede añorar un período en el que se vive a merced de ese poder, de todas esas frases?
*** Gracias digamos por los años. Por no seguir peregrinando a fiestas en las que nunca pasa nada. Por haber aprendido que el amor es siempre un descalabro pero que no tiene que ser una tortura. Por saber que un triste no siempre encubre a un talentoso. Por no cargar vergüenzas, ni granos, ni complejos. Por comprender que no son las rígidas virtudes sino los mansos defectos los que desquician el amor de algunos hombres. Por tener el buen gusto de no creer que pueda haber algo que dure para siempre. Por estar libre de hormonas esquizoides, pelos raros y esperanzas engañosas. Por no tener que dar explicaciones. Por no querer pedirlas. Por intuir cuándo es la hora de los lobos. Por la pérdida total de la inocencia. Por haber leído ya a Pavese y a Carver y a Bukowsky. Por haber entendido que el olor adolescente es el mejor olor del mundo si solo es eso: un olor. Por no tener quién mande. Por ser dueña. Por ser adulta. Por ser libre. |
||
Queridos jóvenes: Quien me encargó esta carta de un viejo a los jóvenes no lo hizo con la intención de ofenderme. Llamarnos adultos mayores o ciudadanos de oro, o decir que somos de la tercera edad es un intento de disimulo tan innecesario como ridículo. |
|
Un viejo es viejo, un niño es niño, un joven es joven y no hay que convertirse en un gelatinoso pulpo alemán para adivinar que cierto día vosotros seréis viejos y yo estaré muerto y olvidado. Cuando aún me daba el lujo de llamarme joven, solía decir, en broma pero con cierto orgullo, que Cristóbal Colón “siempre habrá estado muerto más tiempo que yo”. Ahora, al recordarlo, solo atino a preguntarme cómo pude ser tan estúpido. ¿A quién le importa cuál fue el último ejemplar de dinosaurio que desapareció tras la caída del meteorito, pese a que se trata del “dinosaurio que lleva menos tiempo muerto”, es decir, el más joven? ¿Entendéis el punto? Comparado con la edad de la tierra, el abismo etario que nos separa es tan pequeño que, duélale a quien le duela, vosotros y yo somos contemporáneos. Es más, somos contemporáneos de los tatarabuelos de vuestros tatarabuelos y en casi nada nos diferenciamos de ellos. Ya Marco Aurelio, emperador romano nacido hace casi dos mil años, escribía: “A la manera que suelen desazonarte los juegos del anfiteatro y otros espectáculos semejantes, porque se ve siempre lo mismo, y la monotonía engendra el tedio en el espectáculo, del mismo modo podrá también sucederte a lo largo de tu vida; puesto que todas las cosas, de arriba abajo, son siempre las mismas y provienen de idénticas causas”. También escribió aquel emperador del siglo II: “Mi ciudad y mi patria, en cuanto Antonino [su nombre de familia], es Roma; pero en cuanto hombre, el mundo. Consiguientemente los intereses de esas ciudades son mis únicos bienes”. Os recomendaría que esta fuera la máxima guía de vuestras vidas, pese a que aquel guerrero escribía sus pensamientos por la noche, tras dirigir en el día, por la gloria de Roma, la escabechina de miles de ciudadanos del mundo. Si observáis lo que fueron el siglo XX y lo que va del XXI, veréis que nuestra época ha sido la de las masacres más brutales de la historia, muchas de ellas provocadas por el nacionalismo y el odio religioso, esas enfermedades del ser humano que lo hacen ver una Roma en cada aldea y tratar al mundo como si no fuera su planeta. Si no se justificaba la hipocresía de Marco Aurelio en una época en la que para viajar de Roma (ahí nació) a Viena (ahí murió) se tardaba por lo menos una semana, menos se justifica cuando, como ocurre ahora, un clic en el teclado os lleva en segundos alrededor del mundo. Huid, jóvenes, de la intolerancia inducida por el nacionalismo y la religión. “¡Qué maje más pesimista!”, pensaréis. Sin embargo, el pesimismo es un medio seguro de guardar una esperanza. Solo creyendo que lo peor puede ocurrir, comienza uno –en tanto no sea un imbécil– a hacer todo lo posible para que lo peor no ocurra. Esa es la razón por la que la inteligencia de la especie humana es discutible. ¿Creéis que si los humanos fuésemos en promedio un tantito más inteligentes que los dinosaurios, estaríamos haciendo lo que hoy hacemos con el medio ambiente? Los dinosaurios no sabían que un letal meteorito se aproximaba y de haberlo sabido nada habrían podido hacer al respecto. Nosotros, en cambio, ¡estamos gestando nuestro propio meteorito y le estamos dando impulso para que su golpe no nos deje decir ni pío! Entonces, jóvenes, ya que vais a estar menos tiempo muertos que yo dejadme preguntaros: ¿qué vais a hacer para que nuestro meteorito cambie de rumbo? Pero volvamos a la esperanza. Niño aún, cierta vez me detuve a pensar en que la soga con la que había sido sometido un vigoroso toro medía más de 20 metros, y yo sabía que ninguna de las plantas de las que se podían hacer sogas tenía hojas tan largas como para dar fibras de aquella longitud. ¿Entendéis mi perplejidad? En realidad, la soga estaba hecha de fibras relativamente cortas, que se reforzaban entre sí de una manera que hoy me parece comparable a la forma como la humanidad ha sobrevivido gracias a la convivencia de jóvenes y viejos. Ese es el secreto de la esperanza: con la experiencia y la creciente debilidad de la vejez, se entrelazan la curiosidad y el entusiasmo de la juventud y lo demás viene por añadidura. |
|
La noche de la mitocondria Un cuento inédito sobre la aventura más esperada por todo joven: un encuentro con una mujer de 40 años. Por Luis Miguel Rivas |
||
En toda la noche no se me pasó por la cabeza que existiera un día al otro día. Pero Silvia sí estuvo todo el tiempo pensando en otro tiempo. No en el día siguiente, pero sí en otro tiempo que no era el momento en que estábamos. En otro tiempo que podía ser ese mismo instante, pero en otro lado. Se le sentía, así estuviera bailando como si fuera la dueña del presente. A ese bar de la carrera séptima ya había ido varias veces. Esa noche quedé de verme allí con Dick Duque, un cineasta que dirigía comerciales de televisión y al que me habían presentado hacía poco. Cuando subí las escaleras y crucé la puerta sentí lo que siempre me producía el lugar: como si hubiera caído hacia arriba, a un mundo inventado, construido sobre los opuestos del que seguía moviéndose allá abajo, detrás del límite que trazaban los porteros en la acera. El sitio estaba repleto. Pasé entre rubias, morenas, rojas y pelinegras que parecían acabadas de hacer. Sorbían líquidos de colores en copas alargadas y conversaban con tipos de elegancia desmañada que percibían escucharlas con la dentadura. El local era una especie de bodega en forma de ele, con muebles de colores vivos, cuidadosamente destartalados y puestos aquí y allá con premeditada dejadez. Todo parecía parte de un comercial dirigido por Dick Duque, en el que además se percibieran olores delicados y extraños. “El único lugar donde el hacinamiento huele bien” pensé. No era la segunda planta de un edificio sino el segundo piso de la vida. Caminé rozando la gente que bailaba o conversaba a gritos susurrados. Al fondo, entre la barra y un pequeño patiecito, estaba Dick. En realidad: Federico Duque. Aunque nadie recordaba ese antiguo nombre. Era algo común allí. Yo ya había conocido a George Peláez, Dustin Pérez y Stewart Rodríguez. Dick era bello, prepotente, con arrojo y sin escrúpulos. Todo lo que se necesitaba para ser un triunfador momentáneo en ese instante, en ese ambiente, en esa ciudad, en ese mundo. Estaba acompañado por dos mujeres maduras y hermosas. Me presentó de modo rimbombante, con esa exageración de méritos que nos hace sentir miserables. No me ofendí porque presentó del mismo modo a la mujer que tenía más cerca. Se llamaba Yvette, diplomática francesa de unos 40 años, alta, delgada, piel rostizada, con una sonrisa fija, perfeccionada por muchos años de oficio y una mirada encendida que no quería separarse de Dick. La otra amiga, un poco menor que Yvette, tenía la piel blanca y suave del que solo ha recibido sol cuando ha querido y un pelo negro y abundante que bajaba enroscándose hasta los hombros. Bailaba como decidida a estar contenta a pesar de lo que fuera, con esa seguridad exagerada de los intranquilos. Me miró desde unos ojos negros, potentes, comprimidos, que entraron en todo mi cuerpo y me hicieron pensar que algo en algún lugar iba a estallar en cualquier momento. Cuando extendió su mano, no sé por qué, se me ocurrió la modestia insidiosa de una frase de tango. —Mucho gusto, yo soy un pobre esqueleto que a mí mismo me da horror —dije. —Silvia —contestó sonriendo o más bien con ganas de poder sonreír. No hubo más conversación porque la francesa y Dick se concentraron en ellos mismos y Silvia volvió a sus intentos de acceder al trance del baile a como diera lugar. Me puse a mirar a los lados y vi alguna gente que había visto muchas veces en la pantalla del televisor. Salí a fumar algo de yerba y a respirar un poco del mundo de afuera. A la media hora volví a subir las escaleras, crucé en medio del gentío y encontré a Dick y a la francesa enajenados, dentro de una burbuja que flotaba dentro de la burbuja que era el lugar. Silvia bailaba plácida mirando hacia un punto fijo de ninguna parte, en el que no había baile ni placer. Me puse entre sus ojos y el punto fijo. Al verme hizo un gesto de gusto y extendió las manos. Me acerqué y empecé a moverme con esa tosquedad de los tiesos que solo bailan para poder hablar. Nos movimos mucho tiempo sin decir palabra, al ritmo de la música repetitiva y estridente que iba llenando el cuerpo de una euforia somnolienta. Miré su rostro ido y las gotas de sudor que bajaban por la frente hasta los ojos cerrados. “No está en un viaje, sino en una lucha”, pensé. Cuando abría los ojos me miraba desde lejos y se pegaba a mí, como pidiendo que la dejara sola sin irme de su lado. Luego se puso a mirar mi cara sin consideración alguna y concluido el escrutinio se le formó una sonrisa que parecía venirle de cuando era niña. Acercó su boca a mi oreja. —¿Sabes algo de las células? —me dijo. —¿Qué? —dije, dejé de moverme y me separé un poco para mirarla bien. —¿Sabes algo de las células? De lo que estamos hechos —me dijo. No entendí. “Es parte del guión —pensé—, un diálogo en el comercial de Dick”. —No sé, no me acuerdo —dije mientras trataba de encontrar alguna relación entre la pregunta y la situación en que estábamos, pero no la encontré—. Solo me acuerdo del profesor de biología del colegio La Salle… ¿Por qué? —No, por nada —contestó y de repente, como si alguien en algún lado hubiera hundido un botón que detonara algo en ella, se quedó mirando el punto fijo en ninguna parte. Al rato volvió a mi cara, reparó en mis facciones y me dijo con una ternura intempestiva. —¿Quieres un pase? —¿Tenés? Me tomó de la mano y me arrastró entre la manigua humana. En la antesala donde se dividen los baños de hombres y mujeres, frente a los espejos de las paredes, se detuvo, sacó una cajita de metal dorado y una minúscula pala de plata. La pala salió de la cajita portando un morro blanco que se fue primero a una ventana y luego a la otra de su nariz. —Con esta palita se daba los pases Jimi Hendrix —me dijo extendiéndomela. Aspiré los dos pases de rigor pensando en la nariz de Jimi Hendrix. —¿Y cómo llegó a vos? —le dije devolviéndole la pala. —Conocí a alguien en Nueva York… —me contestó. Y se disponía a contarme la historia cuando alguien volvió a apretar el botón. Se crispó como quien cae en cuenta de lo más terrible—. ¡Me tengo que ir! Guardó la cajita y me arrastró de nuevo hasta el sitio donde habíamos dejado a Dick y a la francesa. Dijo que quería bailar la última pieza. Cerró los ojos sin soltarme. Al final de la canción me miró: —Estoy muy bien, estoy muy bien… Solo que tengo algo pendiente. —¿Muy urgente? —le dije. —Sí. —¿Imposible dejarlo para mañana? —Tiene que ser ahora. —Son las tres. —Es para antes de las siete. Dick y la francesa se acercaron a decirnos que iban a cerrar el lugar y que podríamos seguir en la casa del cineasta. Silvia apretó los labios en un gesto de impotencia infantil que me produjo ganas de abrazarla. —¡Qué rico!... No puedo… ¡Me tengo que ir! —dijo. Cada frase fue pronunciada por personas distintas: una eufórica, otra deprimida y otra desesperada. —Vamos un momentito —dijo Yvette. La tomó del brazo y le habló cerca—, et après tu repars finir tes trucs. —No, yo me conozco, tú sabes. Se lo prometí, se lo prometí —contestó y volvió a mi lado. Mientras bajábamos las escaleras miró el reloj varias veces y pareció hacer cuentas dentro de su cabeza. En la calle me habló al oído. —¿Me podrías acompañar? Hago lo que tengo que hacer y nos volvemos. —De ida hay que comprar —dijo. Paramos en un semáforo. Un muchacho se acercó. Silvia lo saludó con dulzura. —Tres bolsitas, cariño. —Se acaba de terminar, mi amor —dijo el muchacho. —¡Entonces qué plaza es esta que a las tres de la mañana no tiene nada! —dijo disgustada. El muchacho levantó los hombros y Silvia arrancó haciendo chirriar las llantas. Siguió mirando al frente. Después de un rato de silencio volvió a hablar. —¿Por qué te tratas así? —¿Qué? —pregunté, acostumbrándome a no entender. —¿Qué por qué te tratas así? —Cómo. —No vuelvas a decir que eres un pobre esqueleto... Eres alto, tienes una mirada linda… —Era un chiste. —Pero no te trates así. —No tiene importancia, era un chiste. —No, no lo digas ni en chiste —y su rostro se volvió a transformar—. ¡Y esta puta ciudad que parece un pueblito! Debí haber comprado suficiente cocaína. —¿Cocaína? —Sí. —¿Cómo que cocaína? Eso no es cocaína. Eso es perico. —Eso es cocaína. Le dije que los colombianos ya no consumíamos cocaína. La cocaína es la que llevan a Estados Unidos, lo de nosotros es perico, que consiste en un poquito de cocaína, mezclada con cal, raspadura de pared, maicena y talco para los pies. —Tú consumirás perico, yo consumo cocaína. —Si lo que metés es de lo que acabamos de meter, vos metés perico. —Es cocaína —dijo enfática—, y si tú consideras que eres un pobre esqueleto que a ti mismo te da horror, no me parece raro que lo que consumas sea perico. En el siguiente semáforo apareció otro muchacho al que le habló con familiaridad. Le dimos dos billetes. Nos quedamos esperando. Silvia miró el reloj varias veces. Me preocupé pensando que el muchacho no iba a volver. Ella se puso a mirar el punto fijo en ninguna parte. El muchacho regresó y nos dimos un pase. Sentí pasar por mi tabique un hilillo de analgésico envuelto en gruesas capas de escombros. —Esto es perico —le dije —Lo será para ti y no hablemos más del asunto. Aspiró su cocaína y yo aspiré mi perico, sacados de la misma bolsita. El norte quedaba muy lejos. Finalmente nos detuvimos en el portón de una casa inmensa, tal vez hecha para que cupiera la camioneta. Abrió la puerta con el control remoto y estacionó la gran tenis en un garaje amplio, al lado de otros carros. Nos bajamos con sigilo. Empezó a caminar en puntillas. Habló bajito y me dijo que debíamos hablar bajito. Subimos las escalas tambaleándonos, apoyados en los pasamanos de madera fina. Las paredes habían sido pintadas por un tipo muy entendido que alucinaba con colores. Llegamos a un piso del tamaño de un patio. Al fondo se veían los bombillitos dispersos de la ciudad dormida a través de un ventanal gigante. Silvia dio un gran respiro de alivio y se dirigió hacia la derecha, hasta una cocina modular de colores fuertes y ángulos distorsionados, que debió ser diseñada por el mismo tipo de las paredes. A la izquierda una puerta dejaba ver las escalas que conducían a los pisos superiores de la casa. El centro del salón lo ocupaba una mesa amplia y bajita, con superficie de vidrio grueso, sobre la que permanecían dispersos y como recién usados, varios libros escolares, lapiceros, lápices de colores, cartulinas y cuadernos, alrededor de un gigantesco mapa hecho con plastilina, en el que resaltaban montañas y otros relieves que no comprendí. Me quedé al lado de la mesa viendo el mapa que no correspondía a ningún país que yo recordara. Silvia trajo dos whiskies, corrió unas cajas de colores y puso los vasos sobre el vidrio. Tomó un cuaderno con la figura de Snoopy, lo abrió y sobre él puso las bolsas del perico. Sacó la cucharita de Jimi Hendrix, se dio un pase y se tomó un trago como quien se toma un remedio. Se quedó mirando el cuaderno y se le congestionó el rostro. Dijo que la esperara y cruzó la puerta que daba a las escalas. Sentí sus pasos sigilosos y luego escuché allá arriba una puerta que se entreabría despacio. El silencio era completo, alcancé a oír su respiración leve que se detuvo un rato y recomenzó con un sollozo apagado. La puerta volvió a cerrarse con delicadeza, casi imperceptiblemente, y los pasos descendieron por las escalas. Cuando volvió al salón tenía los ojos encharcados. Se secó la cara con disimulo, caminó directo hacia la mesa y se inclinó afanada sobre el mapa de plastilina. —No me demoro —dijo tomando un libro abierto, en el que había un mapa igual al de la mesa—, acabo de armar esta célula y salimos. El mapa de plastilina tenía incrustadas varias banderitas hechas con papelillos triangulares y palillos de dientes: “Ribosoma”, “vesícula”, “mitocondria”, “nucléolo”, “citoplasma”. Dispersas sobre el vidrio reposaban otras banderitas sin marcar. Empezó a escribir sobre ellas con un lápiz violeta y letra de colegial. Luego las clavó sobre los relieves de plastilina, guiada por el dibujo en colores del libro. Tomé una banderita y la miré: “mitocondria”. Nos dimos otro pase y nos tomamos un trago. —Está muy adelantada, no nos vamos a demorar —dijo disculpándose y hablando bajo—. Estuvimos todo el día dedicadas. Ella la debe llevar mañana… ahora. Íbamos a terminarla temprano, pero me llamó Yvette y no me pude negar. Hacía días no salía, he estado muy juiciosa. —¿Cuál es la mitocondria? —le dije estirando la banderita. —Esta —señaló una forma extraña hecha con plastilina gris, una pequeña cuna dentro de la cual se retorcía algo como una serpiente o un intestino. Luego dijo con autoridad y sin mirar el libro—: las mitocondrias son la respiración de la célula, producen la energía, cuando la célula se autodestruye empieza por ellas. Noté que no había mirado el libro para decir eso. La miré con admiración. —Sabés mucho —le dije mientras clavaba la banderita. —Te dije que estuve todo el día haciendo la tarea con ella. Interrumpí cuando me llamó Yvette. Se quedó triste y prometí que no volvería a quedarle mal. Nos dimos otro pase. Sirvió un whisky y nos aplicamos, con la concentración absoluta que solo pueden tener un científico y una madre, a colocar las banderitas del aparato de Golgi, las vesículas, el núcleo y la membrana celular. Terminamos cuando empezó a clarear. Contemplamos un rato la maqueta llena de banderines sobre cimas y llanuras y sonreímos como dos generales que analizan por última vez el mapa del territorio enemigo. —Listo —dijo—, vamos. Acabamos lo que quedaba en la bolsita y limpiamos el cuaderno de Snoopy con una servilleta. Antes de guardar el cuaderno en una maleta rosada con forma de carita sonriente, arrancó una hoja. Con el lápiz violeta escribió algo y puso la hoja sobre la célula. Tomó su chaqueta y empezó a caminar. Miré hacia la maqueta y alcancé a ver la nota: “Mi amor, mami te dejó la célula lista. Cuando papá te recoja cuéntale cómo hicimos las tareas. Pórtate bien y sé obediente con Rosmira. TE AMA: TU MAMI”. Bajamos las escaleras como bailarines descoordinados y nos montamos en la camioneta. Al momento de cerrar la puerta del garaje, el control remoto no funcionó. Dio un golpe sobre la cabrilla, se bajó caminando con una mezcla de rabia y sigilo que me pareció cómica y cerró la puerta manualmente. Se produjo un ruido fuerte. Volvió corriendo, se montó a la camioneta y arrancamos como perseguidos. Por la ventanilla pasaban hombres saludables que madrugaban a trotar y gente recién bañada que esperaba el bus para el trabajo. El cielo tenía ese color azulito que regaña a los amanecidos. Un carro con la música a todo volumen se detuvo a nuestro lado en un semáforo. El conductor estaba despelucado, tenía el cuello de la camisa descompuesto y los ojos rojos del que ha llorado o metido o vivido o todo junto y demasiado en una sola noche. El rostro de los que empiezan a naufragar en el marasmo del día siguiente y salen a buscar la tabla que los salve de otro maldito amanecer. Dick no contestaba en su apartamento. Insistimos hasta que el portero se despertó y salió asustado. Le pedimos que lo llamara. Accedió a regañadientes, pero nadie respondió. Volvimos a insistir hasta que el portero se enojó y decidimos irnos.
—¿A dónde vamos? —me dijo como buscando la tabla con la mirada. Vi nuestras caras en el espejo retrovisor. No estábamos dentro de la camioneta, ni en esa calle de Bogotá, ni en ese momento. Flotábamos en un punto fijo de ninguna parte. Y en cualquier lugar estaríamos en ese punto. —Estoy cansado —dije. Me miró sorprendida. Esperé otro arrebato de furia, pero se quedó en silencio. Un cansancio como de muchos años le cayó de sopetón. Le di un beso en la mejilla. Me abrazó muy fuerte y mucho y acarició mi pelo. Bajé de la camioneta y caminé por las calles amanecidas de Chapinero. Luego sentí el chirrido de unas llantas y el rugido de la camioneta que pasó a mi lado. Una mano desgonzada se movió diciendo adiós. No supe a dónde fue. Ni cómo había llegado a sus manos la cucharita de Jimi Hendrix. |
||
El actor porno más viejo del mundo Este es Shigeo Tokuda, un japonés que tiene el viril título de ser el actor porno más viejo del planeta. Texto y fotografía: Mario Castro |
||||||||
Comencemos por el final. Cinco años después de haberse iniciado como actor de cine porno, y luego de filmar más de 300 películas en las que ha hecho el amor con unas 150 mujeres, el japonés Shigeo Tokuda con 75 años, el actor porno más viejo del mundo, no es rico, ni feliz, ni famoso, sino más bien una especie de anécdota o fenómeno curioso dentro del mundo de los “videos para adultos”, que es la forma solapada, edulcorada y eufemística de llamar aquí en Japón a las películas que muestran hombres y mujeres en pelotas. El internacional y parrandero barrio de Roppongi, uno de los centros más alegres y palpitantes de los varios que tiene la capital nipona, me pareció el sitio ideal para citar y entrevistar a quien yo esperaba, sería uno de los japoneses más orgullosos del planeta por representar un ejemplo de vitalidad y virilidad, la antítesis de la mayoría de sus compatriotas a quienes las encuestas sobre sexo ponen en el sótano de la clasificación mundial con 45 coitos... al año. Viviendo tantos años en Japón y conociendo, como conozco, su cultura y su gente, debí saber que en este país incluso las estrellas porno lo son, pero al estilo japonés. Después de haberlo visto en fotos y hasta de haber alquilado uno de sus videos como objeto de estudio para esta crónica (solo como objeto de estudio, aclaro), divisé a Tokuda con su menuda figura, su cabeza canosa y semicalva y su ropa sencilla y gastada, abrirse paso entre modelos, mujeres hermosas y hostess (anfitrionas), la mayoría de ellas extranjeras que a esa hora de la tarde transitaban por la zona, estas últimas, rumbo al nightclub de turno donde adinerados okyaku-sama (clientes) intentarán, tarjeta de crédito en mano, cosechar sus encantos. Porque con una hostess un polvo no se compra, se cultiva. Cuando Tokuda llegó a la mesa del café donde lo esperaba, la sospecha se convirtió en certeza. Tenía ante mis ojos al actor porno más viejo del mundo y me era imposible (a pesar de haberlo visto en un video) imaginarlo practicando el noble y espirituoso arte de fornicar. Más que un macho cabrío follador, un Mandingo, un Casanova o un cucho garañón que jadea, maldice y gime, Tokuda encajaba mejor con la imagen del entrañable Mr. Miyagi, de la saga de películas de Karate Kid, que como protagonista del Abuelo insaciable, una de sus producciones más comentadas.
Tokuda no proyecta la imagen de una estrella porno porque, según él, no se siente y mucho menos habla, se viste o se mueve como una de ellas. Su hablar es pausado y sus respuestas están llenas de metáforas, como las de cualquier japonés que evita responder preguntas “difíciles” pero normales en este caso, del tipo “¿Usa viagra para lograr erecciones durante el rodaje?”. El septuagenario actor tampoco usa el lenguaje honorífico propio de la gente de su generación, pero sus maneras son suaves y respetuosas, como cualquiera de los 128 millones de nipones cuyo anhelo es no destacar, mimetizarse con la multitud, sepultarse en el anonimato de la homogeneidad. Y Tokuda parece uno más del montón. Pero si dentro de la pantalla del video (porque aquí no hay cinemas “rojos” para viejos verdes, que proyecten sexo todo el día) Tokuda es todo un fenómeno del porno, fuera de ella fácilmente podría protagonizar una película de espías. Porque ni su esposa, con la que se casó hace 46 años, ni sus dos hijos mayores y mucho menos su nieto de seis años saben que el patriarca de la familia se revuelca sobre sábanas que no son precisamente las que su cónyuge tiende en la cama matrimonial. Así como lo lee: la familia de Shigeo Tokuda no sabe que tiene una estrella porno en casa. Ellos solo conocen a Yasuo Ishii, el esposo, el padre, el abuelo, el hombre común y corriente, el jubilado que desde hace cinco años actúa dentro y fuera de la pantalla. Y si para mí, que vivo en este país, fue difícil de creer, supongo que para muchos de ustedes que habitan al otro lado del mundo y que conocen Japón a través de internet, el cine y la televisión, la cosa les parecerá sencillamente imposible. Pero no es imposible, es Japón. xxx Típico hijo de la shitamachi o casco antiguo de la ciudad, para entender la historia de Tokuda hay que comprender el contexto en el que se desarrolla, es decir, de dónde viene. Hay que saber las particularidades del lugar donde nació, creció, se casó, tuvo sus hijos y vive hasta la actualidad. Conocer un poco la historia de los barrios más antiguos de Tokio es la clave, según me parece, para entender cómo este venerable abuelo se convirtió de oficinista de una agencia de viajes en estrella porno; la clave para descifrar su flexibilidad moral, que considera todo esto como un simple trabajo que, por cierto, no lo mantiene porque vive de su pensión de jubilado; la clave para comprender cómo ha hecho para ocultarle la verdad a toda la familia y, a la vez, atreverse a ofrecer entrevistas a rostro descubierto no solo a SoHo, sino a la CNN, la BBC e incluso a la edición estadounidense de Playboy. La shitamachi es considerada un área única no solo en Tokio, sino en todo el país. A sus habitantes, pero especialmente a los que como Tokuda nacieron dentro de sus linderos, se les denomina edokko, es decir, hijo de Tokio. Y serlo, entre otras cosas, implica hablar con un lenguaje preñado de jergas y modismos, haber tenido como canción de cuna el rumor de los mercados y mercadillos que pueblan la zona, pero sobre todo, haber crecido en un área que durante mucho tiempo fue proscrita para la gente “decente” y las autoridades del país, ya que dentro de sus fronteras se ubicaba Yoshiwara, la zona roja; la Ciudad del placer, como la llamaban; un conjunto de barrios en los que solo había burdeles, teatros de kabuki y casas de geishas que, desde el siglo XVII, fueron el centro de diversión para poetas, artistas, comerciantes y guerreros samuráis.
Incluso, clásicos son dentro de la actual filmografía nipona los dramas ambientados en Yoshiwara, donde geishas y samuráis se enamoran y terminan suicidándose bajo el rito del shinju (literalmente, doble suicidio de amor) porque el guerrero no tiene dinero suficiente para comprar la libertad de su amada. Hoy en día, casas de geishas y teatros ya no existen en la zona, las primeras porque el mismo arte de ser una cortesana educada y con dotes artísticos casi ha desaparecido y tiene poquísimas exponentes; mientras que los segundos han emigrado a barrios más lujosos, porque el kabuki pasó de ser un arte proscrito y de baja estofa, a un símbolo del Japón moderno. Los que todavía existen en esta antigua, entrañable y acogedora área son los burdeles, que siguen operando bajo la pantalla de baños termales ya que la prostitución está prohibida en Japón. Lo que tampoco ha desaparecido es el carácter festivo y liberado de la gente del shitamachi, el cual se aprecia en los pequeños bares que se ubican a la vera de tortuosas callejuelas, donde no es raro ver a mujeres y hombres de avanzada edad beber, bromear, bailar sobre las mesas y tener un contacto físico que la etiqueta nipona moderna ha proscrito completamente en el resto del país. xxx Ahora sí, arranquemos por el principio. Tokuda se inició en el porno por pura casualidad. Al menos eso es lo que él dice. Pero su historia no cuadra completamente, no solamente en fechas sino en detalles que un idioma tan enrevesado como el japonés revela de inmediato. Sospecho que el apacible abuelo que tengo sentado frente a mí tuvo contacto con el mundo del porno mucho antes de lo que quiere aceptar, si bien no como actor, sí como uno de sus más fieles aficionados. Pero a la larga eso es intrascendente, porque también en su caso “lo importante no es llegar, sino mantenerse”. Y nuestro vigoroso entrevistado piensa seguir en actividad hasta los 80 años, momento en el cual evaluará si aún le quedan fuerzas, y sobre todo ganas, para seguir en estos trajines. La historia oficial refiere que Tokuda, a quien detrás de cámara todo el mundo conoce como Ishii, fue reclutado por un director que a la vez regentaba una tienda de alquiler de videos donde el abuelo acudía periódicamente por la ración de sexo que con toda seguridad y de acuerdo a las costumbres japonesas, no tiene en casa. Dos años —siempre según la versión de Tokuda— se demoró en aceptar la propuesta: “Y el día que acudí a un rodaje me sorprendió la seriedad con que esas personas hacían su trabajo. Luego comprobé que este mundo no tiene nada que ver con la yakuza (mafia), que era otra de las ideas que tenía, así que le dije al director que quería probar”.
El “trabajo” al que se refiere Tokuda, en su caso y por lo general, se limita a escenas de sexo sugerido, al cual y si le sumamos la censura que la ley impone a cualquier escena o foto donde aparezcan los órganos reproductores o incluso el vello púbico, deja muy poco que ver. No es que quiera restarle méritos al abuelo, pero lo cierto es que sus películas están lejos de mostrar un bosque de virilidad, lubricadas y bien decoradas vaginas, poses acrobáticas o penetraciones explícitas al mejor estilo gringo. Y esto es algo que se explica muy fácilmente: es cine porno japonés, producido según códigos japoneses, para consumo de japoneses. Y la nipona es una sociedad sexualmente reprimida que no solo practica poco el sexo, según acepta el propio pornostar, sino que “habla poco del tema porque es algo que le incomoda”. Justamente y porque el sexo es una manifestación marcadamente cultural, este semental con olor a naftalina confiesa que si bien no tiene nada en contra de las mujeres extranjeras, “no sabría cómo hacer el amor con ellas”, sin duda alguna, una interpretación exagerada de los códigos de almohada, porque cuando se trata de ponernos horizontales, todos somos de la misma talla. Si bien Japón es conocido por ser un país de alta tecnología, por el monte Fuji, por las geishas y los samuráis, también es cierto que en el aspecto sexual es un paraíso donde existen servicios que no podríamos ni imaginar en Latinoamérica, desde el alquiler por horas de muñecas sexuales por las que se paga más que por una mujer de carne y hueso, hasta los clubes donde los hombres acuden solo para contestar un teléfono a través del cual establecen una cita que por lo general envuelve a una menor de edad. Y en el apartado del video porno, por no decir de la vida sexual del japonés promedio, la perversión y el sadomasoquismo son monedas comunes a las que se les suman, cada vez con mayor frecuencia, la zoofilia y la coprofilia. Y si bien Tokuda actúa dentro de producciones mucho más normales, él mismo acepta que “también hay cosas hardcore” en sus películas. Por eso mi siguiente pregunta se la suelto a boca de jarro, mirándolo a los ojos y sin que mi tono delate aprobación o rechazo:
—¿Se avergüenza de lo que hace? Tokuda esquiva el dardo que le lanza mi retina como ha hecho desde que se sentó a la mesa, respira hondo, medita y responde, siempre con la vista perdida en los transeúntes que pasan apurados frente a él, sin reconocer un trozo de la historia cinematográfica de su país: —Tomo esto como un trabajo. Siento placer al hacerlo porque me gusta meterme en la piel de diferentes personajes, y a veces hasta me siento deprimido cuando creo que he actuado mal, por eso veo dos o tres veces mis propias películas. Pero es básicamente un trabajo. Nadie sabe que hago esto y si por ejemplo se lo contara a mis amigos del colegio, no lo entenderían y me marginarían. —Pero ¿se avergüenza? —insisto. — Yo he vivido una vida con altos y bajos y este es solo otro periodo más, el sexto trabajo que tengo en mi vida a pesar de que el porno no me mantiene, vivo de mi pensión de jubilado. Pero agradezco poder trabajar mientras otras personas de mi edad no tienen nada que hacer. Nuestra estrella porno se ha puesto algo incómoda por mi pregunta, lo noto en la forma como se mueve en la silla y porque ya casi no se atreve ni a mirarme, así que decido preguntar frivolidades. Los minutos pasan y sin prisa pero sin pausa, Tokuda me cuenta que debido a la crisis económica ahora graba hasta cuatro películas por día de trabajo; que cada uno de sus “dramas”, como él los llama, dura menos de una hora; que todavía no le ha dado su nombre a ninguna pose sexual; que no usa fármaco alguno para poner en marcha la exmáquina reproductora; que acumula energía con base en una dieta de verduras y pescado, no fuma, toma poquísimo alcohol y realiza largas caminatas; que si se trata de escoger prefiere ser la parte pasiva en la relación sexual; y que le gusta filmar con mujeres de entre 30 y 40 años y no con jovencitas de 18, “porque saben lo que hacen en el futón (cama)”. Sin embargo, una mujer, Tokuda recuerda entre todas con las que... ¿ha hecho el amor? Se trata de la actriz porno Jujito Ito, de 73 años, con quien filmó una de sus cintas más celebradas. Listo. Tokuda ya se relajó nuevamente, me lo demuestra el hecho de que cada vez sonríe con mayor frecuencia. El mozo trae otra ronda de té helado porque los 70 minutos de charla que llevamos ya secaron la primera y a estas alturas de la conversación ya deduje que a Tokuda nunca le han pedido un autógrafo y mucho menos fémina alguna ha intentado, fuera de cámaras, llevárselo a la cama por ser un pornostar. Le pregunto si para “calentar” antes de una escena conversa con la actriz de turno para establecer una conexión que vaya más allá de la carne, y su respuesta me sorprende: “Está completamente prohibido hablar con la actriz antes de grabar. Es un tabú siquiera mirarla”. La respuesta trae de inmediato a mi mente las decenas de decenas de espectáculos sexuales de todo tipo a los que he asistido en este país, recuerdo que Japón es una sociedad sexualmente reprimida y de pronto las palabras de Tokuda cobran sentido: “Si pues —pienso— estamos en Japón. Aquí un acto tan normal y saludable como el sexo puede sufrir las más extrañas deformaciones”. Nadie me lo ha contado, yo lo he visto. El tiempo casi se acaba y mirando mis apuntes me doy cuenta de que me falta una pregunta importante: ¿Qué significa para él ser el actor porno más viejo del planeta? Su respuesta, como varias de las que me ha dado durante la tarde, me decepciona, porque me repite la letanía, verdadera o no pero letanía al fin, de que no se considera actor, que su rutina no se ha visto muy afectada por su condición de pornostar y, sobre todo, que no piensa hacer esto toda la vida. Y aunque la longevidad parece una marca japonesa registrada, no puedo evitar hacerme, en silencio, la cruel pregunta que todos ustedes acaban de hacerse leyendo esa respuesta: pero ¿cuánta vida más te queda?
En Latinoamérica, este abuelo de dentadura postiza y problemas en la audición sería uno de los hombres más envidiados del continente. Aquí, es un exagente de viajes que toma su condición de estrella porno como un trabajo cualquiera, casi, casi como una obligación que le ha planteado el destino y que esconde porque se avergüenza de ella, al punto de obligarlo a llevar una doble vida. Como diría Zarela, mi madre: “Dios da barbas a quien quijadas no tiene”. xxx Regresemos un poco el reloj. Junto a Tokuda, en la mesa del café donde conversamos, está sentado Kono Gaichi, productor, director y ocasional actor de porno que se ha convertido en una especie de representante del abuelo más eléctrico del país, al cual exhibe como una especie de trofeo. Y deduzco, porque en Japón esas cosas tienen que deducirse ya que Tokuda jamás lo mencionaría sin el consentimiento previo del aludido, que Gaichi fue el director que lo descubrió. El que lo introdujo en el mundo subterráneo del porno japonés que, según el director, “debe seguir siendo subterráneo porque allí todo está permitido. No nos interesa que salga a la luz”. Con Gaichi, lo que me interesa descubrir son las cifras. Según afirma este hombre orquesta del porno local, fue él quien creó el mercado de los videos para adultos de la tercera edad y quien hizo de Tokuda la celebridad que es actualmente. Y le creo por una cuestión netamente numérica: Tokuda es el actor porno más viejo del mundo, porque de los dos sementales, también japoneses que le quitaban el título, el que tenía 82 años se retiró no se sabe por qué razón, mientras que el de 90 años pasó a mejor vida, no se sabe si mientras grababa su último polvo. El costo, solo en actores, camarógrafos y locaciones, de producir una película de las que hace Gaichi, alcanza la suma de 600.000 yenes ($6.300). Ahora, y si hablamos del producto editado, impreso en un DVD y empaquetado para la venta, todo el proceso toma una semana y el costo aumenta a 1.600.000 yenes ($16.800) por 2.000 películas que en el mercado tendrán un precio unitario de 2.980 yenes ($31). “La mayoría de productoras son pequeñas. Solo hay dos o tres que son grandes”, revela Gaichi, y todas ellas reparten sus producciones de la misma forma: a consignación. Es decir, si la película se vende las tiendas le pagan el producto, de lo contrario se lo devuelven. “La calle está dura”. La frase no es Gaichi sino de algún cantante salsero cuyo nombre no recuerdo, pero cae al pelo para la actual situación del cine porno nipón. Sin embargo, Gaichi es de los que creen eso de: “A grandes males, soluciones extremas”. Por eso ya tiene en estudio un sistema de distribución ¡en asilos de ancianos! Y no es broma. Japón está lleno de estas instituciones debido a la gran cantidad de población adulta que tiene. Y Gaichi pretende llenarlas todas con sus videos porno para que los sexa, septua, octo y nonagenarios dejen de acosar a las enfermeras. O todo lo contrario. Ese es su plan.
Lo único que debe descubrir el director para poner a rodar la cámara es “lo que le gusta a la gente”. “Desde hace unos cinco a seis años no se sabe qué vender exactamente. Antes era suficiente que en la película apareciera una mujer hermosa y la gente compraba, pero ahora esa fórmula ya no funciona”, explica, y de pasadita nos revela una de las razones para el éxito de Tokuda: la búsqueda de nuevas fórmulas porno. La entrevista llega a su fin y luego de las formalidades de rigor, los buenos deseos y las inclinaciones de torso, veo alejarse a esta pareja que me recuerda a El gordo y el flaco, no por lo chistosos sino por lo diferentes. Y no puedo evitar quedarme con la impresión de haberme tropezado, más que con un actor y un director, con una anécdota del cine porno nipón. Sí, creo que esa sería la mejor definición para todo este fenómeno de alegres abuelos en pelotas: una gran anécdota que pronto será historia, un capítulo más del cine porno japonés. |
||||||||
Debería decirse “viejo verde” con respeto, con devoción. Igual que se dice “anciano venerable”. |
Defensa a los viejos verdes La escritora Catalina Murillo no encuentra nada censurable en una de las conductas más tristemente masculinas. Reivindicación de un espécimen que es mirado con desprecio. Por Catalina Murillo |
¿Qué es un viejo verde? A don Quincho, un vecino mío de 85 años, le dio por regalarle chocolates y piropos a Mencha, una vecina de 73. Todo el barrio estaba enternecido con aquel anciano romántico, todo el barrio emocionado con la perspectiva de una historia de amor otoñal, como se le suele llamar aquí aunque no haya otoños. Si don Quincho hubiera tenido ese gesto galante con Patty, una vecina de 40… mal asunto, la cosa ya no tendría una lectura tan amable. De anciano romántico pasaría a viejo verde; más que chocolates tendría que regalar alhajas con valor demostrado, y los piropos se los podría ahorrar. Y si don Quincho le hubiera regalado chocolates y piropos a Paloma, la vecinita de enfrente que tiene 20 años, el caso estaría ya visto para sentencia y don Quincho tendría orden de alejamiento, de exilio a una isla desierta o de castración química, y como mínimo le habrían puesto una pulsera que mandara una señal de alarma a la comisaría más cercana cada vez que tuviera una erección. Eso sí una erección de don Quincho más bien merecería que sonara en todo el barrio el “Aleluya” de Haendel. Si un hombre de 85 le suelta piropos a una mujer de 20, más vale que el regalo que acompañe los piropos sean un yate o un Rolls Royce, porque solo así se salva de ser llamado “viejo verde” y pasa a ser considerado un hombre que ha triunfado en la vida, un hombre que sabe lo que es bueno y se lo ha ganado. Es muy importante que el regalo sea carísimo, porque sólo así queda constancia de que los impulsos libidinosos del viejo cacreco van aparejados del noble sentimiento del amor. ¿Por qué? Pues porque cualquiera sabe que por muy escultural que sea una mujer, siempre habrá muchas más tan guapas como ella y a cuenta de qué gastarse un dineral en una cuando por cien mil pesos se pueden tener hasta tres. Así, pues, ¿qué es un “viejo verde”? Si el mentado don Quincho tuviera 35 años y aun así estuviera galanteándole a su vecina de 73, don Quincho sería considerado un hombre “muy particular”, un hombre “con una sensibilidad especial”… si viviera en Suecia. Aquí, en nuestro barrio tropical, se hablaría de él como de un enfermo o un asqueroso que está esperando que se palme la vieja y le deje algo. Es decir, que la definición de “viejo verde” es resbaladiza, inexacta y sobre todo extrínseca; es decir, que no depende del viejo, sino de la mujer en quien él ponga los ojos, por un lado; de la diferencia de edad entre ambos, por otro, y por otro lado más, de los ojos de quienes lo juzgan; ah, y también de los regalos y medios económicos para el cortejo, como ha quedado demostrado, porque a ver quién se atrevería a llamar “viejo verde” a Michael Douglas si se le aparece en la puerta de la casa con un reloj de platino y declarando amor eterno. |
|