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El futbol no ama ni a quienes lo aman
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Por Alexander Obando
Publicado el 07/9/2010
 

Después de la tormenta vienen los palos. Harto de un mes que tanta alegría dejó a tantos otros, el escritor Alexánder Obando presenta en SoHo su diatriba soñada.

Edición 43


El futbol no ama ni a quienes lo aman

Después de la tormenta vienen los palos. Harto de un mes que tanta alegría dejó a tantos otros, el escritor Alexánder Obando presenta en SoHo su diatriba soñada.

Por  Alexánder Obando

Tengo un amigo que se considera a sí mismo el ser más desdichado del planeta. Ama el futbol y lo ama como lo aman los verdaderos machos: es decir, con espuma de cerveza en la boca, sangre de la esposa en los nudillos y palabrotas a flor de labio para la suegra. Pero mi amigo ha tenido la desgracia de enterarse que su hijo menor es… “del otro equipo”. Así como lo oyen. Y no solo “del otro equipo”, sino que “del otro equipo y con tremendo agravante”. Porque señores… el muchacho es… ¡basquetbolista! ¡Basketball player, baloncestista o como lo quieran llamar!

Cuando mi amigo piensa en su hijo, piensa en las horas que invirtió yendo a la escuela a ver al chiquillo jugar. Tiempo que pudo haber invertido en el bar con sus fieles amigos hinchas o en la casa con sus fieles familiares hinchas o en el trabajo con sus fieles compañeros hinchas. Tiempo que pudo invertir donde la otra [compañera], donde también, pese a mañosas sospechas femeniles, además se dedica a ver el futbol. Mi amigo, casi llorando, el pobre diablo, me cuenta de cuando le compró el uniforme de la sele y por eso no pudo ir donde… bueno, ustedes ya saben, la compañera domiciliar alterna. De cuando llevó al chamaco al doctor porque se había torcido un tobillo y el galeno le aseguró que aún así podría llegar a ser el Messi de Costa Rica. De cuando le pagó clases de futbol en Tibás hasta que un día asaltaron al güila y volvió a la casa sin tacos, sin uniforme y sin dos dientes. Pero aún así el padre creyó en el destino manifiesto de su chamaco y lo siguió enviando. Así, el carajillo iba perdiendo dientes y uniformes mientras acumulaba quebraduras y ojos amoratados, hasta que un día le dio una dizque convulsión y jamás volvió a clases de futbol. Mi amigo volvió entonces a ver hacia sus dos hijas mayores y se dijo a sí mismo: “No, no es natural; va contra la ley de Dios y de la naturaleza”. Y así se abstuvo de motivar en las muchachas el amor por el Deporte Rey. Aquello tenía que ser con el varón, su cumiche, su benjamín y su heredero.

Pasaron los años y el niño, ya adolescente, comenzó a dar muestras claras de una conducta anormal. Le gustaba moverse mucho para acá y para allá mientras las manos y las muñecas también se le hacían para todo lado. Por eso y en un completo estado de terror, mi amigo volvió a llevar al güila donde el doctor. El dictamen médico fue inapelable: ¡Va a ser un excelente basquetbolista! El padre, claro, tuvo que ser internado por un repentino y peligroso subonazo de presión.

El tiempo sigue su marcha y mi amigo no se repone. La doña lo dejó por “brutalidad excesiva” durante los juegos de la liga española; sus hijas se reúnen con sus esposos e hijos cuando el hermano menor tiene un partido importante… de básquet, claro. Y al pobre de mi amigo ni lo invitan. Se va al bar de siempre a ahogar sus penas. Pero la última que el destino le ha jugado es la peor de todas. Entrando en “Charlie’s”, su bar de siempre, fue repentinamente asediado por la luminosidad de una pantalla gigantesca. Y como para poner sosa cáustica sobre la herida, el cumiche, su heredero, aparecía en primer plano sonriendo minutos antes de un partido de básquetbol.

Mi pobre amigo salió trastabillando del bar, lleno de odio y rencor por los designios de los dioses futboleros, pero no había caminado ni 50 metros, cuando unos carajillos se lo apearon por la frente con una bola de futbol. El pobre hombre no estaba malherido… pero ya no quiso levantarse del suelo.