Barcelona nos ha sido vendida, históricamente, como tierra de abundancia; todo fútbol, belleza y pasión. Difícilmente la compraríamos por lo que es. José Meléndez relata para SoHo una crónica urbana de la ciudad que se esconde bajo la sombra de Messi.

Por José Meléndez
Fotografías de  José Meléndez ©2010


Con angustia, sin dejar de fumar, ella mira desconsolada hacia ningún lado, una y otra vez. Sin esperanza, ansiosa, clava su mirada en el pavimento, mojado por fuertes chaparrones que despiden la primavera catalana. Con desánimo, de pronto levanta su mano izquierda y agita sus greñas. Con la derecha, le esconde el cigarrillo al aguacero. Por breves instantes, juega con las correas de su desteñida cartera de verde ennegrecido.

El humo, el día, el desaliento… todo parece gris, encapotado, frío, en Barcelona, golpeada con fuerzas por aguas del Mediterráneo sacudidas por una anunciada tormenta. Y ella —María del Mar Duarte, española, de 43 años, con dos hijos de 19 y 17 y una hija de 9— ya olvidó allí   que es solo otra nublada pieza de una secuencia sombría de una España postrada con más de cuatro millones de desempleados: sin trabajo desde hace 18 meses, carece de apoyo de la seguridad social del gobierno de la Generalitat de Cataluña y todos los días amanece hundida en la zozobra del sin dinero.

Ahora, ella capea la lluvia y está frente a una sucursal de la Oficina del Trabajo de la Generalitat (OTG). Nerviosa, bota el cigarrillo junto a la raíz de un pequeño árbol hundido en un hoyo del adoquinado, frota sus manos y, con suavidad, agita su cabellera despeinada y revuelta, mientras espera turno para reingresar a los atiborrados pasillos de la OTG y sentarse ante un burócrata, repetirle las letanías de su calvario y tratar de convencerle de que está asfixiada, de que ya no aguanta más y de que necesita, con urgencia, volver a trabajar.

Ella está aburrida de contar que sus dos ex esposos (uno de ellos con cáncer terminal) no le ayudan a mantener a sus hijos, que puede desempeñarse en lo que sea —fue peluquera, salonera, empleada doméstica, obrera de construcción, “cuida—ancianos”, limpia casas y “en todo lo que nos ha dado de comer”— y que las ofertas laborales que ha recibido en la OTG “no son factibles”, pues son para personas con estudios superiores.

También está agotada de relatar que su hijo mayor, Adrián, abandonó los estudios de secundaria y bachillerato y se lanzó a buscar empleo y “echarme una mano”, pero que los 400 euros que ganaba— también se quedó sin trabajo de pintor de barcos— tampoco alcanzaban para mucho. Y está hastiada de narrar que “o comes o pagas alquilar” y que, arrinconada por su crisis, ella, Adrián, David y la pequeña debieron abandonar la vivienda y reacomodarse, con respaldo de amigos, en otra casa.

Así, está harta de explicar que como nunca laboró bajo contrato formal, para evitar las reducciones de salario por gastos sociales, ahora está excluida del “paro”, el beneficio que se paga en dinero en efectivo que auxilia temporalmente a los desempleados.

Por todo, está disgustada —“vas picando de puerta en puerta y todas se te cierran”— y desesperada. Triste, vuelve a fijar su mirada en el piso y parece reclamar —“no espero nada de nadie en ningún sitio”— frente a la falta de respuestas. “Padezco ansiedad”, suelta. “Me han dado varias crisis… nadie te ayuda”, desliza, apesadumbrada, escasa de todo. “Ha sido fatal”, remacha.

Y acentúa que sufre por el impacto de la situación sobre su estrecho entorno familiar. ”La pequeña lo ha vivido muy mal. Te sientes muy mal como persona. Nunca, en 43 años, tuve una crisis similar”, lamenta. “Necesito medicación para la ansiedad”, alerta.

De manera sorpresiva, sonríe. ¿Sonríe? “¡Qué suerte la mía!”, ironiza. “Los padres de mis tres hijos no ayudan ¡Tengo suerte!”…

María del Mar Duarte sabe lo que son tres crisis (trabajo, vivienda y familia) que azotan en España: primero se quedó sin empleo, luego debió salir de su casa porque no tenía dinero para pagar el alquiler y ahora enfrenta problemas de estabilidad personal y social. Su hija —de la que se abstuvo de dar el nombre— quisiera ir a disfrutar los días de verano, con sol y playa, junto a sus compañeras y compañeros de escuela y con sus amigas y amigos de barrio.

Pero la realidad socioeconómica —“no me lo puedo permitir”— acorrala a madre e hija: es el rostro oculto de la profunda crisis económica que estremece a España, con familias que se “rompen” y con niños y niñas arrastrados al desamparo por las consecuencias.

Es la “rueda de las personas rotas”, como las califica Cáritas, organización vinculada a la Iglesia Católica y que es considerada como observatorio privilegiado para comprender la crudeza del golpe económico.  Juana Martín, experimentada (y premiada) trabajadora social de Cáritas, conoce el proceso al dedillo. Sabe que la pobreza es dura y puede llevar a formas de degradación.

Todo es rápido, según el esquema de Martín. Si se ha perdido el trabajo y luego la casa, sigue “la ruptura con la familia, con los amigos. Se entra en la rueda y acaba afectando a la salud mental”. Cuando el conflicto se transforma en crónico y no se vislumbran salidas, “la pobreza produce personas rotas, por dentro y por fuera”.

Los rotos son extranjeros y españoles, aunque a la población que emigró por vías ilegales y sigue sin regularizar su situación, se le agrega una cuarta crisis: la de los sin papeles.

Los españoles y forasteros que han acudido a las puertas de Cáritas en busca de auxilio social suman más de 40 mil de enero a mayo de 2010 en el sector metropolitano de Barcelona, pero 10 mil más que en el mismo periodo de 2009. La cifra crece, al igual que se alargan las filas en parroquias que distribuyen alimentos gratuitos, en una Barcelona en la que aumentan los focos de miseria y en la que el vecino quizás ya es pobre.

Sin desprenderse ni un momento de su paquete de cigarrillos, María del Mar Duarte aguarda a las puertas de la OTG, mientras es testigo de la constante entrada y salida de “parados” de todas las edades. Investigaciones universitarias mostraron que uno de cada tres jóvenes de 16 a 29 años perdió su empleo en los últimos 36 meses.

La ocupación en ese rango de edades cayó 32% en el periodo, pero en la categoría de 30 a 64 años es de 3,5%. El número de jóvenes desempleados se ha duplicado de 842 mil a 1,6 millones, mientras que más del 25% de los sin trabajo ya acumulan hasta 24 meses sin empleo.

En un país de casi 47 millones de habitantes con unos 22 millones de personas en la fuerza laboral, la crisis del desempleo se agrava sin perspectivas de salida. Obligado por sus compromisos con la Unión Europea, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció a mediados de mayo anterior el más fuerte recorte del gasto público en la España en democracia, instalada en 1975 con la muerte del generalísimo Francisco Franco.

Para reducir el déficit fiscal, y en una ola de austeridad que ya contagió a Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Portugal, Grecia y otros socios comunitarios, el “tijeretazo” a las finanzas públicas es de más de 15 mil millones de euros, pero se limitó a atacar los gastos y no los ingresos. Pese a las reiteradas demandas sindicales y políticas, el gobierno ha eludido la receta de bajar déficit por la vía de aumentar impuestos a los que más tienen.

Entre otras severas medidas, Rodríguez Zapatero adoptó algunas de riguroso impacto social: bajar el salario a los empleados públicos y congelar y recortar las pensiones a millones de jubilados.

Desde la acera de Cáritas, Martín reclama que la medicina solo perjudique a las personas de menores ingresos. “Que (los que más tienen) no asusten—advierte—con que se llevarán el dinero a paraísos fiscales, porque ya se lo han llevado”.

Una poda similar o proporcional deberán adoptar las comunidades autonómicas españolas, como Cataluña. El saldo es un escenario de creciente tensión social, con millones de “maríasdelmar”.

“En lloguer/En venda”.

La frase —que parece ya toda una proclama barcelonesa en catalán colgada en decenas y decenas de puertas de casas, balcones de edificios, marquesinas y ventanales de toda clase de inmuebles de la “ciudad condal”— es un registro público cotidiano del impacto de la crisis económica en Barcelona.

En alquiler o en venta: apenas empezó a desbordarse la crisis (esa palabrita, dicen algunos) en agosto y septiembre de 2008, en un efecto inmediato del descalabro financiero mundial, miles de inquilinos cesaron sus contratos con caseros o agentes inmobiliarios y casi salieron despavoridos, mientras el movimiento de sus negocios comenzaba a decaer, seguía en picada y destrozaba cualquier viso de recuperación.

La debacle dejó sin inquilinos a miles de propietarios, en una ciudad a la que 6 de cada 10 barceloneses consideran más insegura, según una encuesta del diario La Vanguardia, el más importante de la urbe mediterránea española.

El 54% de los barceloneses dice que la situación general de la ciudad es mala o muy mala, en tanto que la inseguridad encabeza la lista de principales problemas urbanos, seguida por la falta de civismo, la vivienda y la inmigración. Pero el listado —como en cualquier centro urbano del Tercer Mundo— incluye prostitución callejera, mendicidad, consumo de alcohol, orinar y consumir drogas en zonas públicas o ventas ambulantes.

El anuncio televisivo de una atractiva oferta de trabajo en Dubai, el fastuoso emirato que es uno de los siete miembros de los Emiratos Árabes Unidos y es la metrópoli/maravilla del siglo XXI, llamó la atención de un pequeño grupo de catalanes desempleados que, en torno a una botella de vino y a unas copas de cerveza, refunfuñaba contra la crisis y Rodríguez Zapatero en una cafetería del Maresme, en el noreste de Barcelona, administrada por chinos.

Trabajar por 600 euros al día, aunque en condiciones de extrema peligrosidad a unos cientos de metros de altura, podría merecer el sacrificio de irse hasta Asia a aventurar y ganar dinero. La oferta movilizó a la prensa española y a miles de españoles a Huelva, en el sur de España: al final, todo resultó ser un engaño y causó el enfado de muchos.

“Cuando se me acabe el paro tengo que comerme un moco”, arroja, molesto, uno de los bebedores de cerveza, al enterarse de que lo de Dubai fue un espejismo.

Cigarrillo encendido, desazón, ansiedad y desamparo, María del Mar Duarte es apenas un rostro oculto de la crisis.
Es una persona rota.