Combates cuerpo a cuerpo, sin restricciones en puños o rodillazos.
Edición 43
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Combates cuerpo a cuerpo, sin restricciones en puños o rodillazos. Muchos africanos buscan la gloria a través de los golpes y los domingos son el gran día para ellos. SoHo estuvo en Senegal uno de estos domingos. Por Juan Pablo Meneses |
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Barcelona nos ha sido vendida, históricamente, como tierra de abundancia; todo fútbol, belleza y pasión. Difícilmente la compraríamos por lo que es. José Meléndez relata para SoHo una crónica urbana de la ciudad que se esconde bajo la sombra de Messi. Por José Meléndez |
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Combates cuerpo a cuerpo, sin restricciones en puños o rodillazos. Muchos africanos buscan la gloria a través de los golpes y los domingos son el gran día para ellos. SoHo estuvo en Senegal uno de estos domingos. Por Juan Pablo Meneses |
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El aguerrido luchador Ndiakhoum va a terminar llorando como una señorita. Antes de que ocurra eso está ahí, en mitad de la arena, luchando a muerte con Garga Mbosse. Si no fuera por la sangre que corre por el cuerpo de ambos, parecería que los golpes no duelen. Se dan y reciben como dos muñecos porfiados en mitad de un estadio con tres mil espectadores exultantes y un centenar de policías con metralletas al hombro. Puñetazos con mano abierta y mano cerrada, sin guantes, que hacen refregar los nudillos sobre la nariz, las cejas y los dientes sin protector bucal del adversario. De pronto, los dos cuerpos musculosos se abrazan, se separan, se vuelven a abrazar, otra mano al hígado, un cabezazo seco, un rodillazo a la entrepierna rival, se empujan, se encorvan, tratando de no caer al suelo. Cada luchador tiene su hinchada, como la de un equipo de fútbol, con camisetas y pósteres, que les gritan en mitad de este ir y venir de golpes y empujones y llaves parecidas a las de la lucha libre. Si no fuera por la sangre, por la furia con que luchan, por las muecas de dolor y la euforia desatada de los espectadores, uno creería que los golpes no duelen. Quizás no duelen. La mayoría de los luchadores de Senegal tienen un buen pasar, son ídolos, famosos, con buenos contratos. Una realidad en la que un puñetazo, por mucho que te quiebre la nariz o te vuele un diente, puede considerarse una caricia si gracias a dedicarte a esto uno pudo abandonar para siempre la pobreza propia y la de toda la familia. Quizás piensan en eso mientras pelean: en los golpes de la vida.
Hemos crecido relacionando las palabras África y lucha. La lucha africana contra el hambre, donde uno de los grandes promotores mediáticos fue el propio Michael Jackson. La lucha africana contra el apartheid, encabezada por el sudafricano Nelson Mandela. La lucha africana contra la esclavitud, contra el sida, contra el avance del desierto, por la independencia. El último Premio Príncipe de Asturias, en la categoría de Cooperación, lo ganó “la lucha africana contra la malaria”. Como si, finalmente, el estado natural de África fuera precisamente esta lucha. Bastan pocas horas en la capital de Senegal para darse cuenta de la importancia que tiene la lucha en la vida diaria de este país africano. Pero esta vez, hablo del deporte de la lucha. Las tiendas deportivas del centro de Dakar venden camisetas del Barcelona, el Inter, el Manchester, pero también de los mejores luchadores del campeonato local de lutte. Hay afiches, banderas, y publicidades con la imagen de estos competidores que solo entran a combatir con un taparrabo y las ganas de llenar de golpes al adversario. El diario de los lunes nunca lleva en portada fotos de goles ni resultados futbolísticos, solo imágenes de tipos combatiendo por el honor y todos los resultados de la jornada dominical de la lucha.
Atravesamos media ciudad hasta llegar al estadio Stade Demba Diop. No hay estacionamientos cerca, así que dejamos el auto en una de las calles laterales. Selou, el taxista, un tipo con demasiada barriga de cerveza como para ser un buen luchador, cierra el auto con la felicidad que implica el fin de una jornada laboral. En los alrededores del estadio no se ve mucha gente porque la jornada de combates ya partió hace rato. La boletería está vacía y cada entrada cuesta menos de tres dólares. Después de recibir el ticket, se pasa el primer control policial de una serie de controles policiales. Selou dice que muchas veces se arman peleas entre el público y que por eso hay tanta seguridad, aunque las metralletas parecen ser un elemento disuasivo algo exagerado. A medida que uno se acerca al estadio comienzan a escucharse los gritos. Cada vez más cerca. Son gritos distintos al boxeo, donde la gente suele levantar la voz por un buen derechazo o ante un demoledor gancho al mentón, pero poco más. Sin guantes y sin protectores y donde se aceptan los amarres y los rodillazos y el combate en el suelo, los gritos son más parecidos a las riñas de bares. O a las peleas de gallos.
La primera imagen panorámica es la de tres mil africanos moviendo los brazos y gritando, mientras dos tipos con taparrabos se abrazan en la pista de arena y se empujan y se dan golpes de puño, todo acompañado por un grupo de seis músicos con tambores africanos. Porque sí, toda esta historia de golpes y vencedores y vencidos tiene música de fondo. Una suerte de melodía tribal que transforma el combate en una danza, donde el paso de baile puede ser un cabezazo que parte una ceja. El perímetro de lucha tiene unos diez por diez metros, toda arena, alrededor de la cual se pasean y entrenan y calientan y se preparan los luchadores del siguiente combate. Todo el perímetro donde están los competidores está rodeado por militares de boina roja y fusil al hombro. Un canal de televisión transmite en directo y otro par en diferido. Hay un sector de prensa, aunque las cámaras están en todos los sectores. Entre el público no hay turistas. Hay hinchadas de los distintos competidores y un par de clubes de fans con chicas que lanzan gritos agudos, tal como en Latinoamérica se vitorea a Ricardo Arjona. La fuerza de la lutte no está solo en los golpes: el espectáculo empieza antes, cuando el luchador se pasea seguido de sus asistentes por la pista, para presentarse y desafiar al grupo rival. Es una danza, un espectáculo, una puesta en escena real donde tienen mucho que ver el honor y todo es acompañado por tambores. Para preparar a los competidores, los asistentes lo purifican con distintos inciensos y rezos. Antes de saltar a la arena, cada luchador se pone en la boca un pequeño palo para masticar los nervios y desafiar al rival. Si bien están prohibidas las apuestas, Selou, el taxista, me dice que es común que se apueste privadamente en los diferentes combates. Después de todo, desde sus comienzos la lutte tuvo en disputa —además del honor— cosas materiales: la tradición cuenta que en sus comienzos los combates eran entre habitantes de distintos pueblos, y había en juego parte de los cereales recolectados en la jornada de combate. En términos técnicos, cada luchador puede golpear con el puño las veces que quiera y recurrir al cuerpo a cuerpo para tumbar al adversario. El combate dura 45 minutos, como máximo, aunque nunca llegan al límite porque alguno de los dos ya ganó antes. Un luchador gana cuando la cabeza, las nalgas o la espalda del otro tocan el suelo. Para estar atentos a ver cuál de los dos cae primero, cada combate tiene tres jueces que siguen atentos cada golpe, empujón y zancadilla.
La popularidad del deporte es tal, que legendarios luchadores como Yékini, Tyson y Bombardier, son considerados figuras nacionales. Esta tarde de domingo, tanto Ndiakhoum como Garga Mbosse, se preparan para combatir buscando seguir su propia ruta al éxito. Dándose golpes y más golpes con la idea de todo el que vive luchando: algún día poder descansar. Carlos Marx decía que el motor de la historia es la lucha de clases, sin embargo, el motor de esta historia es la lucha entre Ndiakhoum y Garga Mbosse. Acaba de terminar la ceremonia de presentación, el ritual previo al combate que tiene bailes, cantos y desafíos. Uno de los jueces da la largada, mientras los músicos tocan y retocan los tambores que acompañan musicalmente la lucha. Parten estudiándose, aunque el estadio grita como si ya estuvieran sangrando. Se tocan las manos mientras se mueven. Se las pasan mutuamente, como si fueran brochas con la que pintan al rival. Se mueven lentos, sigilosos, encorvados. Hasta que uno lanza el primer cachetazo. Luego viene la seguidilla de golpes, los dos cuerpos musculosos y grandotes lanzando aleteos como en una riña escolar. Se pegan, se amarran, se ahorcan, se dan cabezazos y sangran en pocos minutos. Hasta que Garga Mbosse, el crédito de Dakar, logra tumbar a Ndiakhoum que termina entre llantos.
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Barcelona nos ha sido vendida, históricamente, como tierra de abundancia; todo fútbol, belleza y pasión. Difícilmente la compraríamos por lo que es. José Meléndez relata para SoHo una crónica urbana de la ciudad que se esconde bajo la sombra de Messi. Por José Meléndez |
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Con angustia, sin dejar de fumar, ella mira desconsolada hacia ningún lado, una y otra vez. Sin esperanza, ansiosa, clava su mirada en el pavimento, mojado por fuertes chaparrones que despiden la primavera catalana. Con desánimo, de pronto levanta su mano izquierda y agita sus greñas. Con la derecha, le esconde el cigarrillo al aguacero. Por breves instantes, juega con las correas de su desteñida cartera de verde ennegrecido. El humo, el día, el desaliento… todo parece gris, encapotado, frío, en Barcelona, golpeada con fuerzas por aguas del Mediterráneo sacudidas por una anunciada tormenta. Y ella —María del Mar Duarte, española, de 43 años, con dos hijos de 19 y 17 y una hija de 9— ya olvidó allí que es solo otra nublada pieza de una secuencia sombría de una España postrada con más de cuatro millones de desempleados: sin trabajo desde hace 18 meses, carece de apoyo de la seguridad social del gobierno de la Generalitat de Cataluña y todos los días amanece hundida en la zozobra del sin dinero. Ahora, ella capea la lluvia y está frente a una sucursal de la Oficina del Trabajo de la Generalitat (OTG). Nerviosa, bota el cigarrillo junto a la raíz de un pequeño árbol hundido en un hoyo del adoquinado, frota sus manos y, con suavidad, agita su cabellera despeinada y revuelta, mientras espera turno para reingresar a los atiborrados pasillos de la OTG y sentarse ante un burócrata, repetirle las letanías de su calvario y tratar de convencerle de que está asfixiada, de que ya no aguanta más y de que necesita, con urgencia, volver a trabajar.
También está agotada de relatar que su hijo mayor, Adrián, abandonó los estudios de secundaria y bachillerato y se lanzó a buscar empleo y “echarme una mano”, pero que los 400 euros que ganaba— también se quedó sin trabajo de pintor de barcos— tampoco alcanzaban para mucho. Y está hastiada de narrar que “o comes o pagas alquilar” y que, arrinconada por su crisis, ella, Adrián, David y la pequeña debieron abandonar la vivienda y reacomodarse, con respaldo de amigos, en otra casa. Así, está harta de explicar que como nunca laboró bajo contrato formal, para evitar las reducciones de salario por gastos sociales, ahora está excluida del “paro”, el beneficio que se paga en dinero en efectivo que auxilia temporalmente a los desempleados. Por todo, está disgustada —“vas picando de puerta en puerta y todas se te cierran”— y desesperada. Triste, vuelve a fijar su mirada en el piso y parece reclamar —“no espero nada de nadie en ningún sitio”— frente a la falta de respuestas. “Padezco ansiedad”, suelta. “Me han dado varias crisis… nadie te ayuda”, desliza, apesadumbrada, escasa de todo. “Ha sido fatal”, remacha. Y acentúa que sufre por el impacto de la situación sobre su estrecho entorno familiar. ”La pequeña lo ha vivido muy mal. Te sientes muy mal como persona. Nunca, en 43 años, tuve una crisis similar”, lamenta. “Necesito medicación para la ansiedad”, alerta.
María del Mar Duarte sabe lo que son tres crisis (trabajo, vivienda y familia) que azotan en España: primero se quedó sin empleo, luego debió salir de su casa porque no tenía dinero para pagar el alquiler y ahora enfrenta problemas de estabilidad personal y social. Su hija —de la que se abstuvo de dar el nombre— quisiera ir a disfrutar los días de verano, con sol y playa, junto a sus compañeras y compañeros de escuela y con sus amigas y amigos de barrio. Pero la realidad socioeconómica —“no me lo puedo permitir”— acorrala a madre e hija: es el rostro oculto de la profunda crisis económica que estremece a España, con familias que se “rompen” y con niños y niñas arrastrados al desamparo por las consecuencias. Es la “rueda de las personas rotas”, como las califica Cáritas, organización vinculada a la Iglesia Católica y que es considerada como observatorio privilegiado para comprender la crudeza del golpe económico. Juana Martín, experimentada (y premiada) trabajadora social de Cáritas, conoce el proceso al dedillo. Sabe que la pobreza es dura y puede llevar a formas de degradación. Todo es rápido, según el esquema de Martín. Si se ha perdido el trabajo y luego la casa, sigue “la ruptura con la familia, con los amigos. Se entra en la rueda y acaba afectando a la salud mental”. Cuando el conflicto se transforma en crónico y no se vislumbran salidas, “la pobreza produce personas rotas, por dentro y por fuera”. Los rotos son extranjeros y españoles, aunque a la población que emigró por vías ilegales y sigue sin regularizar su situación, se le agrega una cuarta crisis: la de los sin papeles.
Los españoles y forasteros que han acudido a las puertas de Cáritas en busca de auxilio social suman más de 40 mil de enero a mayo de 2010 en el sector metropolitano de Barcelona, pero 10 mil más que en el mismo periodo de 2009. La cifra crece, al igual que se alargan las filas en parroquias que distribuyen alimentos gratuitos, en una Barcelona en la que aumentan los focos de miseria y en la que el vecino quizás ya es pobre. Sin desprenderse ni un momento de su paquete de cigarrillos, María del Mar Duarte aguarda a las puertas de la OTG, mientras es testigo de la constante entrada y salida de “parados” de todas las edades. Investigaciones universitarias mostraron que uno de cada tres jóvenes de 16 a 29 años perdió su empleo en los últimos 36 meses. La ocupación en ese rango de edades cayó 32% en el periodo, pero en la categoría de 30 a 64 años es de 3,5%. El número de jóvenes desempleados se ha duplicado de 842 mil a 1,6 millones, mientras que más del 25% de los sin trabajo ya acumulan hasta 24 meses sin empleo. En un país de casi 47 millones de habitantes con unos 22 millones de personas en la fuerza laboral, la crisis del desempleo se agrava sin perspectivas de salida. Obligado por sus compromisos con la Unión Europea, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció a mediados de mayo anterior el más fuerte recorte del gasto público en la España en democracia, instalada en 1975 con la muerte del generalísimo Francisco Franco. Para reducir el déficit fiscal, y en una ola de austeridad que ya contagió a Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Portugal, Grecia y otros socios comunitarios, el “tijeretazo” a las finanzas públicas es de más de 15 mil millones de euros, pero se limitó a atacar los gastos y no los ingresos. Pese a las reiteradas demandas sindicales y políticas, el gobierno ha eludido la receta de bajar déficit por la vía de aumentar impuestos a los que más tienen. Entre otras severas medidas, Rodríguez Zapatero adoptó algunas de riguroso impacto social: bajar el salario a los empleados públicos y congelar y recortar las pensiones a millones de jubilados.
Una poda similar o proporcional deberán adoptar las comunidades autonómicas españolas, como Cataluña. El saldo es un escenario de creciente tensión social, con millones de “maríasdelmar”. “En lloguer/En venda”. La frase —que parece ya toda una proclama barcelonesa en catalán colgada en decenas y decenas de puertas de casas, balcones de edificios, marquesinas y ventanales de toda clase de inmuebles de la “ciudad condal”— es un registro público cotidiano del impacto de la crisis económica en Barcelona. En alquiler o en venta: apenas empezó a desbordarse la crisis (esa palabrita, dicen algunos) en agosto y septiembre de 2008, en un efecto inmediato del descalabro financiero mundial, miles de inquilinos cesaron sus contratos con caseros o agentes inmobiliarios y casi salieron despavoridos, mientras el movimiento de sus negocios comenzaba a decaer, seguía en picada y destrozaba cualquier viso de recuperación. La debacle dejó sin inquilinos a miles de propietarios, en una ciudad a la que 6 de cada 10 barceloneses consideran más insegura, según una encuesta del diario La Vanguardia, el más importante de la urbe mediterránea española. El 54% de los barceloneses dice que la situación general de la ciudad es mala o muy mala, en tanto que la inseguridad encabeza la lista de principales problemas urbanos, seguida por la falta de civismo, la vivienda y la inmigración. Pero el listado —como en cualquier centro urbano del Tercer Mundo— incluye prostitución callejera, mendicidad, consumo de alcohol, orinar y consumir drogas en zonas públicas o ventas ambulantes. El anuncio televisivo de una atractiva oferta de trabajo en Dubai, el fastuoso emirato que es uno de los siete miembros de los Emiratos Árabes Unidos y es la metrópoli/maravilla del siglo XXI, llamó la atención de un pequeño grupo de catalanes desempleados que, en torno a una botella de vino y a unas copas de cerveza, refunfuñaba contra la crisis y Rodríguez Zapatero en una cafetería del Maresme, en el noreste de Barcelona, administrada por chinos. Trabajar por 600 euros al día, aunque en condiciones de extrema peligrosidad a unos cientos de metros de altura, podría merecer el sacrificio de irse hasta Asia a aventurar y ganar dinero. La oferta movilizó a la prensa española y a miles de españoles a Huelva, en el sur de España: al final, todo resultó ser un engaño y causó el enfado de muchos. “Cuando se me acabe el paro tengo que comerme un moco”, arroja, molesto, uno de los bebedores de cerveza, al enterarse de que lo de Dubai fue un espejismo. Cigarrillo encendido, desazón, ansiedad y desamparo, María del Mar Duarte es apenas un rostro oculto de la crisis. |
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