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Con pelos señales y señales
- Por Revista SoHo
- Publicado 07/9/2010
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Cada vez que veo los cajoneros comerciales se me hace imposible no conjeturar sobre la rentabilidad de las ventas por televisión. Por Gonzalo Rodríguez |
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Pero el término “empresas” se encuentra mal utilizado en este caso, tal y como lo descubrí recientemente. Un par de llamadas o una visita a cualquiera de sus sitios web le revelará que, tras múltiples fachadas, se encuentra una sola organización enorme, una literal hidra monopolizadora del negocio de los sor-pren-den-tes resultados. Hacia los comerciales, mi perspectiva siempre ha sido la de incredulidad mordaz. ¿Y cómo no?, ante protagonistas que parecieran ser víctimas de infinita torpeza los unos y expertos en trivialidades los otros, no puede uno reaccionar más que con sorna. Supongo graciosísimas las audiciones previas a la filmación, con el director (usando flexiblemente la palabra) solicitando al actor fingir total incapacidad para ejecutar tareas tan simples como abotonarse el pantalón o abrir una caja de leche. Además, los cuestionables usos que sugieren para sus productos usualmente me parecen reprochables; escuchar las conversaciones de otra gente en el gimnasio es mala educación, por no decir comportamiento de locos. Sin embargo y si me aceptaran el consejo, el ítem que deberían vender los de Ofertel es alguna especie de cuchillo/pata de chancho que sirva para abrir los endemoniados empaques de plástico transparente que forran los artefactos modernos, usted los conoce. No me avergüenza confesar que un par de veces he estado cerca de perder un dedo y sacarme un ojo tratanto de abrirlos a la fuerza o con una tijera. Pensándolo bien, tal vez debería audicionar para los comerciales que critico.
Una lástima, la baba estaba agotada cuando pregunté por ella para este experimento. Con su presencia no solo se hubiera beneficiado esta autoinflingida crónica, sino también, con suerte, los brazos manchados que mi madre me heredó. Guardo la esperanza de que tal escasez se haya debido a un mero faltante de inventario y no a una extinción de los acorazados moluscos. Como si fuera poca la desdicha por la desaparición de tan inocente y fea raza, peor sería imaginar la excreción que tomaría el lugar del pegajoso tratamiento en los infomerciales de la mañana. ¿Extracto de babosa? ¿Natas de leche de sapo? Es mejor no seguir considerando alternativas. Idéntica fue la historia con otros productos que quise probar, más por su potencial humorístico que las promesas de belleza. A pesar de que juran trabajar con enormes inventarios, ninguno de los amables operadores supo determinar la fecha en que volverían a estar disponibles los artículos más graciosos.
Igualmente es obligatorio tomar interés por el tratamiento de parafina caliente que publican en su web. La imagen que ilustra el producto habla por sí misma: el abdomen de una delgadísima dama barnizado en una sustancia verde no identificada y luego forrado en plástico adhesivo; un verdadero tamal de señorita. La finalidad de su uso es, por supuesto, la pérdida de peso. En este siglo de las grasas saturadas y porciones desmedidas, ser flaco es sinónimo de ser feliz, ¿o acaso se ha visto una fotografía del "antes" en la que el gordito sonría? Jamás. Desdichadamente ninguno de los mencionados artículos están disponibles, no cesan de anunciarlos a pesar de que no los tienen. No dejan tampoco de llamar ofreciéndomelos con una insistencia igualada solo por la de los bancos y sus indeseables tarjetas de crédito. En un dilema similar al de Fausto, desde que uno contacta al centro de llamadas con interés en algún producto, los operadores intentarán convencerlo repetidamnte de completar la orden, incluso cuando el encargo nunca existió. "Buenas tardes don Gonzalo", dice la voz con marcado acento salvadoreño, "le llamamos para confirmar la entrega del Slim Ab Destroyer, ¿dónde se lo podemos enviar?". Su capacidad para vender eficientemente promesas vacías me hace pensar que el call center debe ser un exitosísimo campo de entrenamiento para predicadores y políticos centroamericanos. La tarea encomendada por SoHo decidí enfrentarla con recio compromiso y método cuasicientífico. Mi plan era sacrificado, aunque sencillo: zapatos redondos que me moldearan unos glúteos esféricos, shocks eléctricos para ejerci-torturar los abdominales, sazonarme en baño maría con la parafina y sellar con baba de caracol para obtener un apetecible glaseado. Mitad crueldad y mitad alta cocina, la rutina de belleza que me había propuesto parecía creada en conjunto por Dick Cheney y Flora de Echandi.
Equivalente a un nunchaku del siglo XXI, el aparato está compuesto por dos terminales eléctricas conectadas por un cable enrollado, en las que se enchufan dos gomas que ominosamente encierran sendos círculos de cedazo metálico. Su funcionamiento es bastante obvio: al activarse el aparato envía impulsos eléctricos a la rejilla, que aminorados por la poca conductividad de la goma se transmiten al músculo donde ésta reposa. Por su aspecto, el aparato no inspira sospecha alguna, su batería tamaño reloj y las lucecillas titilantes lo hacen a uno pensar en los juegos de luces navideñas que cada fin de año nos hacen detestar los villancicos navideños gracias a las chillonas versiones que traen incorporadas. Esto no quiere decir que el aparato infunda confianza, su construcción en plástico barato y el extraño tacto de la goma pegajosa causan dudas, por no mencionar que la certeza de sostener una carajada cuyo único fin es expedir shocks eléctricos es intimidante. El extenso manual en gran variedad de idiomas rápidamente encontró lugar en la basura. Nunca hubiera esperado lo que sucedía aunque no debía sorprenderme, conforme incrementaba el poder de la máquina, más era el bailoteo de mi anular e índice izquierdos. Oficialmente absorbido por la curiosidad, le he dado bimba al botoncito y en cuestión de segundos mi mano se había convertido en show de títeres epilépticos mientras mi incontrolable risa me hacía ignorar el dolor en mi brazo. Porque duele, sí. La seguidilla de impulsos activa los nervios y produce reacciones musculares involuntarias e hilarantes, pero también causa punzadas que eventualmente se convierten en un muy sincero escozor. Ahora entiendo la razón por la que al tipo de las tetas saltarinas no le presentan la cara en televisión, no puedo ofrecer mejor prueba que las verídicas fotografías de mi tortura voluntaria que ilustran esta página. Pese al innegable profesionalismo del fotógrafo de SoHo, no dudo en afirmar que su insistencia en tomar las imágenes con el electromúsculo a su máximo poder sobre mi pecho desnudo era causada por mera burlonería. Sus carcajadas lo delataron. El afán por el realismo debería tener un límite, ahora que lo pienso. No deja de sorprenderme que recomienden el uso de estos aditamentos cuando se descansa en el hogar, mientras se usa la computadora o se mira televisión. Obviamente es posible soportar por extensos periodos las cargas eléctricas, siempre y cuando sean de bajo poder, es decir, cuando no produzcan ninguno de los resultados prometidos. Porque es posible, luego de sentir la reacción que en los músculos produce el aparato, que su uso prolongado rinda los efectos deseados. Las contracciones son verdaderas, aunque dolorosas, así que creo que el carajo de las tetas estaría de acuerdo conmigo en que una tarde de gimnasio o una mejenga el fin de semana satisface más placenteramente la necesidad de un físico decente. El electromúsculo planeo conservarlo, no lo dude. No para enchufarme mientras juego buscaminas o veo el mundial, sino porque esto tiene un increíble potencial como juguete para fiestas. No puedo esperar la oportunidad para electrocutar a mis amigos en nuestra próxima reunión, que el más favorable resultado que este aparato produce es convertir al usuario en una verdadera causa y epicentro de risas. Aunque eso jamás se lo dirán en la tele. ¡Llame ya! |
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