Si puedo aportar una recomendación acá, doy esta: si se está bebiendo su orina no pause, tómesela toda de un solo... fondo blanco que llaman.

Por Arturo Pardo
Fotografías de Jorge Navarro ©2010


Nunca olvidaré el día en que mi papá me contó sobre los náufragos que sobrevivían en mar abierto a punta de la ingesta de orina. Lo ví con desconcierto y desagrado; ¡“guácala”!

Hace pocos días, la coloquial expresión regresó en eco a mis oídos cuando le conté a mis amigos que yo, a pesar de no ser un náufrago, dedicaría varios días a tomar orina: ese líquido tibio y amarillento que día a día dejamos escapar por el inodoro,  por el orinal… o en el caso de una emergencia, (como malos ticos) desparramamos en la pared de la casa de algún desconocido.
Era sábado por la mañana y yo estaba bajo las cobijas. Desde mi cama podía ver con el rabillo del ojo un vaso de plástico que había ubicado estratégicamente en la mesa de noche. El recipiente cilíndrico me llamaba y yo sabía qué era lo que quería conmigo… no, no y no… no quería hacerle caso.

La noche anterior me había propuesto comenzar la orinoterapia con el primer chorrito de la mañana, que dicen  es el mejor por su alto contenido hormonal. Después de retorcerme por casi 15 minutos, mi vejiga me forzó a levantarme de un brinco y estirar el brazo…

La próxima vez que vi el vaso estaba ubicado debajo de mi aparato orinador; pantalones caídos y piernas semi abiertas: ¡a mear se ha dicho! El recipiente fue llenándose de calor, mientras mi cara no decía más que “¡oh no! ¿en qué momento acepté hacer esto?”. El líquido seguía cayendo y el vaso se hacía cada vez más pequeño para mi potente chorro. !Sí! Potente como manguera antimotines, nunca antes había valorado tanto la fuerza de mi orinada. Una vez que el vaso se llenó pensé que debí haber elegido un pichel de mesa para 6.

Los beneficios de la ingesta de orina la acreditan como sustituto directo de pastillas, jarabes, pomadas y fármacos en general... sin embargo acá no basta con dejar botados los tarritos de cápsulas. Para que el asunto funcione, a la tomada de meados hay que agregar la rutina deportiva y la ingesta de comida orgánica.

El único responsable de que la urea sepa amarga y que su color sea de un amarillo potente es el que se tomó todas las birras de la refri el día anterior, el que se sampó la gaseosa más negrita o el que se aturogó con las frituras más jugosas. “La actitud de la persona también afecta el tratamiento”, me dice un informante docto en el tema; “lo que se toma con fé sirve”, dice un refrán.

Del  mentado líquido, 98% es agua, mientras que el restante 2% contiene sustancias como: melatonina (hormona que retarda el proceso de envejecimiento), interferón (antibiótico natural), creatinina (antibacterial), urea (antinflamatorio) y otros más. Dato curioso: la orina es un líquido esteril y contiene menos bacterias que la saliva.

Luego de la pausa informativa volvemos a mi primer vaso de orina.

Han pasado 10 minutos y sigo con el recipiente cilíndrico en la mano. El contenido todavía se siente tibio y me resisto a continuar con mi primer día de tratamiento voluntario (digamos, sin tomar en cuenta al colega que, muerto de risa, me ofreció escribir esto).

“¡Qué más da, peores cosas me he tomado!”, pensé. ¡Cómo costó echarme a la boca el segundo trago! Sin embargo, tal y como le recomiendan a uno antes de lanzarse del bungee: “no vuelva a ver para abajo, haga una cuenta regresiva y tírese”.

De repente estaba aplicando la técnica del cor-cor y simplemente dejé que el resto del líquido en el vaso bajara por mi garganta. Ya me habían dicho que esto no me iba a provocar mal aliento, al contrario: la urea limpia la flora intestinal y hasta blanquea los dientes. No obstante, la parte que se me hizo más difícil de cada trago era cuando el olor a orina llegaba hasta mi nariz. Si puedo aportar una recomendación acá, doy esta: no pause, tómeselo todo de un solo; fondo blanco que llaman.

La primera vez que me tomé el juguito amarillo, el asco se me salía por todo lado, sin embargo para la segunda ocasión la reacción de desagrado era menor.
La bebida se me acabó y yo no tenía más como para hacer refill... tampoco iba a pedirle prestado a nadie (aunque hay quienes sí lo hacen). Semisatisfecho por la labor realizada, me propuse  hacerlo una vez más, solo para probar si estaba listo para repetir aquello. Ah, y claro, me lavé los dientes con más pasta que nunca.

A lo largo del día estuve más conciente que nunca de la periodicidad de mis idas al orinal y del color del chorrito. He de confesar que más de una vez tanteé el sabor de lo que despachaba, pues toda la jornada bebí agua como desquiciado.

En la noche, antes de acostarme, volví a coger el famoso vaso de plástico. Esta vez me costó menos la labor del eche y trague, seguramente porque la orina estaba menos densa, menos salada y menos amarilla; en resumen, menos fea. Trague. Día uno: ¡check!

Acá va otra pausa. Rosa María López lleva 10 años practicando la urosalud a diario. A ella llegué gracias a mi conocedor informante, que por cierto lleva 15 años en lo mismo. La señora (de dientes brillantes y cabellera oscura) me cuenta que además de los beneficios físicos que le ha traído el combo de la urosalud (orina, ejercicio y comida orgánica), ha visto otros cambios en su personalidad.

En una amena conversación la señora me comenta: “Antes yo era muy callada por miedo a hablar con la gente. Ahora el miedo sé que todavía existe, pero tengo la capacidad de paralizarlo. Tomar orina es tomar conciencia de uno mismo, lo que te ayuda para muchas cosas. Estabiliza tus emociones y tu energía”.

Doña Rosemary (como le dicen de cariño) está convencida de que su cuerpo prepara su propia medicina. Antes de ser partidaria de la orinoterapia había tenido malas experiencias con el servicio de salud habitual; desde que comenzó esto no ha tenido la necesidad de volver a verle la cara a los de gabacha blanca.

Entre sus anécdotas resalta la vez que se curó un dolor de muela con un enjuague bucal de orina, otra vez en que se aplicó el mismo líquido para evitar los estragos de una quemadura reciente y también cuenta que se ha hecho baños de pies a cabeza. En su casa guarda orina en botellas color ambar, a las que le aplica un poco de propolio para evitar el mal olor. “Para emergencias”, me dice. Eso quiere decir que en el momento en que haya que limpiar alguna grave infección podrá echar mano de tan preciado líquido amarillento.

En mi caso, ya han pasado varios días desde que comencé la ingesta de orina, es decir, luego del día uno (narrado más arriba) vino el día dos (obviamente) y así sigo acumulando números y vasitos de plástico que lleno con mis propios meados. Según me dijeron, esta no es la primera vez que tomo de esto, hace poco me enteré que en la placenta ya me habían dado de beber este exótico trago y, aparentemente, fui yo quien lo mezcló y preparó.

Comencé el experimento de la orinoterapia solo para escribir una crónica, sin embargo, conforme leo más y más sobre este asunto, me he ido convenciendo de seguir.

Conforme pasan los días ha ido desapareciendo mi cara de asco y cada vez veo más normal esto de tomarme lo mío; tanto así que apenas termine el texto me voy a llenar mi vasito y a tomar de gratis. Aquí sí que aplica decir “¡salud!”.