- Inicio
- ESPECIALES
- Con pelos señales y señales
Con pelos señales y señales
- Por Revista SoHo
- Publicado 07/9/2010
- ESPECIALES
La exfoliación, que no es otra cosa que el proceso de eliminar células muertas. En mi caso, necesito fosas comunes. Por Álvaro Murillo |
||||||||||
Permítanme advertir que no tengo nota perfecta en el test de la Asociación de Machos Latinoamericanos. No bebo guaro a pico de botella, suelo barrer la casa antes de que la basura cruja bajo los zapatos y todavía no me atrevo a comprar un revólver para solucionar los conflictos de carretera. He pedido cacao, sé encender la cocina y admito que para nadar es mejor una licra que un jeans recortado. Permítanme advertir también que en el código de Asomacho soy un jugador de media tabla, porque nunca me he probado pelucas frente al espejo, me enorgullezco de la más mínima cicatriz en la piel e incluiría los chicharrones con gordo en el menú de la Santa Cena. Bebo cerveza con alcohol, pero no más de cinco. He usado gel en el pelo, pero para aplastarlo. Me recuerdo de adolescente oyendo canciones de Nicola di Bari mientras me bañaba sin termoducha para quitarme el barro de tres horas de mejenga en una cancha pestilente al punto de alojar gusanos. Y tampoco era que me incomodaba. Este macho de media tabla, alérgico al olor de los inciensos, se somete a una sesión de toqueteo con chocolate. Masajes, una gran bata blanca, un té verde y un ambiente medio afrodisiaco esperan a un tipo que, aunque acepta probar la chocolaterapia, desprecia por principios cualquier tratamiento de piel. Jamás ha comprado una crema, salvo la chantilly y es incapaz de dejar de fastidiar al amigo macho desde que lo sorprendió en su casa con una mascarilla de arcilla. Este tipo está a las puertas de un tratamiento absolutamente estético, aunque siempre ha creído que la piel no debería recibir más socorros que Merthiolate o, en el peor de los casos, el canfín, si el objeto punzocortante tenía herrumbre.
La terapeuta se llama Xinia, estudió relaciones públicas, pero se fue a Estados Unidos y cuando regresó cayó encarrilada en el arte de los masajes, enredada por los antiguos sumerios y llamada a profesionalizarse en una práctica tan primitiva como los primeros cocodrilos. Usa palabras técnicas que deberían sustentar la rigurosidad de este texto; es amable, lleva el pelo corto y tiene las manos fibrosas, ágiles y delgadas pero suficientes para manejar un bulto humano a pura técnica, sin más ayuda ocasional que una caña de bambú. La sesión comienza como España en el Mundial, con altas espectativas y con las patas.. El tratamiento tiene un nombre de aduana: “bienvenido al viajero”. Agua de rosas, bicarbonato de algo, sales marinas, colágeno líquido y otras sustancias que riñen con la dureza de mis talones. Lo primero: la exfoliación, que no es otra cosa que el proceso de eliminar células muertas. En mi caso, necesito fosas comunes. Esto quiere decir que al final de la terapia seré un tipo más vivo. Hombres casados, ya pueden decir a sus esposas que los masajes hacen de ustedes hombres más vivos, más inteligentes. Políticos, ya hallé el sentido a tanto masaje de espalda que se intercambian entre ustedes, vivazos.
Listo. Voy a la camilla sabiendo que viene lo bueno, pero consciente también de que Navarro, el fotógrafo, no podrá tragarse sus carcajadas de hombre gordo cuando me vea en calzoncillo de rayas, boca arriba, forrado en chocolate como un sorbeto metrosexual, inmóvil y envuelto en el plástico osmótico, tan idéntico al adhesivo que usan para comidas las familias modernas. Cruzo la cortina y no puedo sostener la sonrisa solitaria de quien recuerda una maldad secreta. La última vez que descorrí una cortina, todo era diferente. Estaba en Pekín, la masajista era mil veces más joven, se expresaba por señas y estoy seguro de que ni conocía el chocolate. Todo era más oscuro, más tosco y no había cabida para la metrosexualidad. Para los masajes usaba aceite de jazmín, pero olía a freidor de pollo, a manteca de la “muerta de hambre”. La “terapia” costaba 100 yuanes. Lo de hoy se cobra en moneda de Escazú: 209 dólares. En efecto, una escandalosa expresión de burla de Navarro marca el inicio de la limpieza de mi órgano más grande. Las manos de Xinia comienzan restregar los granos de sales marinas a este cuerpo que, obediente, no opone resistencia a ninguno, de las maniobras de la encargada. Se llamaría masajear de no ser por la grasa extra que me acompaña incondicionalmente. El término correcto en este caso es amasar, quizá adobar. Un rollo de grasa de volumen moderado se me pasea por el cuerpo como un bicho vivo, probando que la materia sí se crea, pero no se destruye. Aquí está mi grasa, evidenciando que soy fiel cliente de la chocolaterapia, pero también de la chifrijoterapia, de la ronterapia y, por supuesto, las empanadaterapias de soda. La pasta de cacao, la congoja y el plástico me envuelven. La idea es que mi cuerpo genere algo bello de una vez por todas: endorfinas, que en lenguaje fácil se puede traducir como la hormona de la alegría. Se supone que también se produce con el deporte, las buenas comidas, la risa, la marihuana y el sexo. Quiero decir que, entonces, mi alegría depende de este tarro de chocolate cosmético hecho con cacao natural pero procesado con métodos químicos muy diferentes al de un Godiva. O eso creo. Xinia deja mi cuerpo envuelto por 30 minutos y va en auxilio de mi cara dura. Aquí lo que toca es la vinoterapia. Bendito Dios. Siento que ya soy experto. Abro la boca como esperando la bota con un poco de Ribera del Duero. Ella me la cierra porque, de nuevo, esto no es para tragar. El plan es que la crema hecha con sangre de uva me rejuvenezca y combata las arrugas que ya se muestran poderosas en mi fachada, quizá por falta de vino, porque siempre falta vino. Ahora sí estoy cubierto completo y me siento como Jamal, el niño a quien no importó cubrirse entero de mierda por obtener el autógrafo de su ídolo en la película Slumdog Millionaire.
La sesión tiene también algo de digitopuntura, de leche limpiadora, vapor y microcristales de aluminio... toda una batería de materiales para encarar el desafío de limpiarme la cara ante el público. Ahora, envuelto en plásticos y paños blancos, convertido en poco menos que un buffet, sí que dejé caer las medallas de Asomacho. Ahora sí me siento todo un chocobanano, un metrosexual sin tapujos, pero tampoco me importa demasiado, porque estoy “neurocedado”. Esta es la palabra que Xinia usa para no decir que tanto relax me deja imbécil. Si no babeo es porque tengo la boca seca. Es hora de retirar los manjares. Leches, vinos y chocolates abandonan mi cuerpo. Xinia me limpia como quien asea a un bebé. Navarro toma fotografías que me obligarán a tratarlo siempre con mucho respeto. Pierna derecha caída junto al hombro de ella, brazo izquierdo muerto colgando de la camilla, cabeza tirada hacia atrás y los ojos cerrados sin mayor esfuerzo. Yo casi chingo. Esta es la réplica vulgar y laica, muy vulgar y muy laica, de ‘La Piedad’, en tono chocolate. Empiezo a despertar. Muchas cosas pasaron sin que los lectores de SoHo ni yo lleguemos a enterarnos. Me dormí o me morí por un rato. Me fui en esas, pero ya estoy recobrando el sentido de realidad y recordando que de todo esto debo escribir un artículo para una revista seria. Xinia aparta un robot de electroestética que, muy amable, ayudó con la aplicación del ozono (¿no es que era malo?) y de la electricidad para que mi cuerpo se decida generar el colágeno que consume. También me aspiraron las amenazas de arrugas, un intento de aborto con la particularidad de que la técnica no anula; solo retrasa. Mi ropa descansa tirada en el suelo, mi cuerpo está saturado de endorfinas y los movimientos son bastante torpes, sin fuerzas ni precisión. Los párpados, a medio caer. Una mujer me mira a mi lado rebosante de energía. Pero esto es un masaje con chocolate, cuyo olor pesado se impregna en la piel y no hay permiso de bañarme esta noche. Mañana amaneceré dulzón y con hormigas, más tocado que la piedra de ‘La Negrita’, más manoseado que la Ley de Tránsito; todo flojo, todo borracho de endorfinas, con el cuerpo flotando como un dólar. Me visto sin estar seguro de haber merecido tanta buena mano. Hacía ya días que no me tocaba ni la mala suerte, pero ahora salgo debidamente macerado, blanqueado y purificado sin tener que confesar mis penas, ni rezar penitencias. Solo asegúrenme que Asomacho no tiene un Tribunal de Ética. |
||||||||||








