Fue entre el sonido metálico de las tijeras y de la maquinilla de cortar pelo, que conocí de sucesos como la muerte del Arzobispo de San José Monseñor Rubén Odio, la invasión desde Nicaragua en 1955, el triunfo de  Fidel Castro, el asesinato de John F. Kennedy...

En las calles del barrio Carlos María Ulloa, en Guadalupe se ubicaba  la barbería del papá del periodista Manuel Morales quien, en su juventud, pasó mucho tiempo ahí, en un sitio que dio sustento a su familia. Recuerdos de un oficio lleno de gente y de nostalgia.

Por Manuel Emilio Morales Bejarano

Desde una Mejoral hasta un jarabe de Tabonuco.  Desde un destornillador hasta un serrucho. Desde una simple aguja hasta los más variados hilos o botones.  No amigos, no estoy hablando  ni de una farmacia, mucho menos de una ferretería, ni tampoco de un bazar. Se trata de la Barbería de Manuel Morales en el barrio Carlos María Ulloa, en San Francisco de Guadalupe, Goicoechea.

Ese local formaba parte de nuestra casa. Es más, era la habitación más cómoda, razón por la cual se destinó para tal fin. Allí se encontraban las dos sillas de “pelar”, una media docena de asientos  para los clientes, una hermosa paragüera,  dos espejos e igual número de mesitas de madera utilizadas para los periódicos y revistas.

Este punto de encuentro, de charla, de trabajo y ameno esparcimiento, fue siempre el sitio obligado para los vecinos  y clientes. De una y mil historias  fue confidente mi progenitor en su cotidiana labor.

Angustias de padres, limitaciones económicas, la insatisfacción de las necesidades básicas, conflictos hogareños, tristezas y alegrías, amores y desamores, en fin, toda esa gama que compone las virtudes y yerros del ser humano, desfilaban en la silla del barbero.

Cosa curiosa es describir  el imán  que generaba aquel taller de trabajo de no más de cinco metros de largo por otros cinco de ancho. Era prácticamente imposible  pasar por la esquina de la barbería y no hacer un alto obligatorio.

Sus muebles de vieja data mostraban el paso del tiempo a través de las  muchas capas de pintura que habían recibido. Porque es necesario decirlo:  mi padre, además de barbero, era un aficionado a la electricidad, a la pintura de brocha gorda, medio fontanero, carpintero y contabilista por necesidad.

Todas esas habilidades eran producto del esfuerzo que debía hacer para la manutención de sus tres hijas y seis varones. “Una verdadera marimba”, como decían las abuelas.
Cuántas veces con paciencia franciscana se dedicaba a reparar los muebles de trabajo, ah, porque se me olvidaba, que hasta tapicero fue. En repetidas ocasiones, ya muy entrada la noche y luego de un ajetreado día de trabajo, era corriente escucharlo reparando los “discos” de la cocina, pintando su silla de trabajo o simplemente estirando el presupuesto familiar para que alcanzara para el día siguiente.

Otra faceta. Su numerosa descendencia lo llevó a preocuparse permanentemente por las medicinas que los médicos recetaban a sus vástagos. Era normal observarlo profundamente inmerso escudriñando la literatura que por aquellos años acompañaba todo medicamento y, como en el caso nuestro la familia completaba una novena, se imaginarán la cantidad de panfletos que leyó.

Pero el asunto no quedaba allí,  pues aprovechaba las escasas  visitas al médico o bien las repetidas idas a la farmacia para satisfacer sus dudas en dicha materia. Por eso no era extraño que amigos o familiares le consultaran sobre algunas dolencias para recibir su consejo y cuidado,  también el obsequio de la medicina correspondiente.

En el  botiquín del que disponía se encontraba casi de todo. Sal de Andrews, Alka Seltzers,  Leche de Magnesia, Sal de Uvas, gasa, Merthiolate, jarabes, curitas, Desenfrioles, Bromoquininas, alcohol, paregórico, acetaminofén y Zepol.

En más de una ocasión, la barbería también servía de enfermería, como cuando se “armaban” las típicas mejengas en la calle. Torceduras de tobillos, rodillas y brazos raspados demandaban, a veces, el auxilio del buen barbero en medio de lágrimas y lamentos de los niños y jóvenes.

Qué vida más plena la de papá, servirle a quien lo necesitaba, tarea en la que contó con el apoyo irrestricto de nuestra madre. Siempre fue hacia adelante, sin siquiera un gesto de disgusto y mucho menos arrugar la cara ante el reto de todos los días frente  a la silla de trabajo.

Un profundo amor a su oficio y el deseo cotidiano de hacer de la mejor manera posible la tarea, fueron las dos fuerzas que durante más de seis décadas lo movieron y lo mantuvieron hasta el final junto a sus tijeras.

El robo de una de sus primeras máquinas eléctricas de cortar pelo marca Oster, fue un fuerte impacto. Mi padre no podía creer que en aquel barrio de gente buena alguien osara cometer este tipo de tropelía.

Solo bastaron pocos segundos para que mientras se servía una taza de café en la cocina del hogar, un ladronzuelo aprovechara para cometer su delito. Pocas veces, realmente muy pocas, lo vi desanimado como entonces. Se sentía burlado, expoliado, dolido.

Las razones eran múltiples, perdía su mejor herramienta, pero especialmente, se quedaba con la cuenta, ya que la había adquirido a crédito en el Almacén La Granja, en la Capital, y apenas había cancelado a lo sumo tres o cuatro cuotas. La preocupación era explicable.

Su ánimo decayó por algunos días, pero el espíritu de lucha prevaleció. Echó mano, ahora sí, textualmente,  a las maquinillas manuales para su tarea diaria. Mucho tiempo hubo de pasar para que nuevamente pudiera adquirir aquel aparato que todos los días tanta falta le hacía.

No más se abría en las mañanas aquel taller de trabajo y de inmediato mucho del ritmo del barrio se trasladaba hacia él. Los chiquillos a disputarse las últimas revistas, mientras que sus madres, en el corre- corre diario,  disponían de un momento para comentar con el barbero los acontecimientos de la comunidad y  en algunos casos, conocer de la salud y las congojas de los vecinos.

Acostumbrado a mantenerse al día de los acontecimientos nacionales e internacionales, el barbero era el primero en pasar revista a los periódicos, escuchar los espacios radiales  informativos y deportivos, así como programas dedicados a Carlos Gardel, al sacerdote y cantante mexicano José Mojica o al  Dr.  Ortiz Tirado, divulgados en emisoras como La Voz de la Víctor, Atenea, Radio City, La Voz del Trópico, Para Ti, Fides y música clásica en Radio Universitaria. Era difícil que algún tema de lo cotidiano le fuera ajeno.

Afable, buen conversador, convincente, respetuoso, siempre disfrutó del buen diálogo y hasta se acostumbró a tener paciencia con los “sabelotodo” y los necios. Quizás por eso, en los tres sitios donde se ubicó la Barbería Morales (barrio la California, Aranjuez  y San Francisco de Goicoechea), siempre mantuvo una clientela fiel.

En esas épocas visitar  la barbería tenía mucho de rito. “Había que sacar el tiempo”. Allí se llegaba, además para el corte de pelo,  a compartir. Muchos de los asiduos usuarios, incluso, cedían su lugar para continuar en la tertulia, o bien, luego de finalizado el trabajo del fígaro se mantenían en la charla.


En más de una ocasión la barbería también servía de enfermería, como cuando se armaban las típicas mejengas en la calle. Torceduras de tobillos, rodillas y brazos raspados demandaban a veces el auxilio del buen barbero en medio de lágrimas y lamentos...

Posiblemente, esa lealtad y cercanía de los clientes se convertía en un obstáculo difícil de vencer a la hora de aumentar la tarifa de corte de pelo y  barba. Un cambio de seis reales, 75 céntimos,  a 90 céntimos, representaba días de preocupación e incertidumbre; no obstante,  que su horario representaba más de doce horas de ardua tarea en pie, que  más tarde le pasaron  la factura con várices severas.

Al caer de la tarde resultaba sabroso sentarse a escuchar a mi padre junto a sus viejos amigos comentar acerca del barrio y su Junta Progresista de la que formó parte, discutir de política, futbol, música, lo mismo que de la mano de la palabra, hacer hermosos recorridos sobre la Costa Rica de antaño y los  problemas que les quitaban el sueño.

Las historias de espíritus y de personajes tradicionales, eran temas que de vez en cuando aparecían en estas charlas. La segua, el cadejos, el padre sin cabeza, la llorona, lo mismo que Azulito, Muñeca o Chaplin, formaban parte de repetidos cuentos que nos emocionaban.

Fue entre el sonido metálico de las tijeras y de la maquinilla de cortar pelo que conocí de sucesos como la muerte del Arzobispo de San José Monseñor Rubén Odio, la invasión desde Nicaragua en 1955, el triunfo de  Fidel Castro, el asesinato de John F. Kennedy, las erupciones del Volcán Irazú, la llegada del primer hombre a la Luna, la vuelta al mundo del Deportivo Saprissa y de elecciones de presidentes como don Mario Echandi Jiménez, don Francisco Orlich, José Joaquín Trejos Fernández  y José Figueres Ferrer,  entre otros.

Muchas fueron también  las anécdotas que viví en el diario quehacer de mi padre. Unos cuantos  casos brindan un esbozo de lo que sucede a lo interno de un sitio tan lleno de magia como es la barbería.

Gran sorpresa  e impacto me produjo un sábado en horas del mediodía la llegada de un vecino pasado de copas y con un gran sombrero, que con lágrimas en sus ojos le suplicaba al barbero le resolviera el problema, ya que en una noche de bohemia  sus acompañantes habían dado cuenta de su cabellera, lo dejaron “pelado casi de rape”, se decía entonces.

La desesperación lo hizo pedir que le pegara con goma nuevo cabello. La paciencia que siempre acompañó a mi progenitor hizo que el vecino comprendiera lo imposible de su petición, pese a que estaba decidido a no salir de la barbería hasta lograr su objetivo.

Otro caso curioso fue el del carnicero que ingresó cuchillo en mano en la barbería. Se trataba de un esposo pasado de rones que corría detrás de su cónyuge quien había entrado solo unos instantes antes para protegerse de aquel marido descontrolado.

La reacción que esta escena provocó  entre los parroquianos fue una mezcla de temor y sorpresa. Muchos incluso abandonaron el sitio previendo lo peor, pero nuevamente, Manuel Morales echó mano a su capacidad de convencimiento para solucionar la crisis.

Las grandes ventanas de aquella recordada barbería,   cuyos vidrios quebramos en diferentes oportunidades jugando fútbol, también fueron mi escenario para ofrecer a los amigos de infancia un remedo de cine.

Con paciencia recortaba las tiras cómicas de los diarios y luego de pegarlas, confeccionaba con cajas de cartón una especie de televisor.  Dos carruchas grandes de hilo a cada lado me permitían ofrecer una secuencia a los amigos que acompañaba con una narración en la que daba rienda suelta a mi imaginación.

Pero si de recuerdos se trata, no puedo terminar este relato sin rememorar las clásicas pasadas del ganado de los lunes. Cerca de cincuenta cabezas eran escoltadas por cuatro o cinco arrieros que las conducían a pie hasta la estación del Ferrocarril al Atlántico en el barrio La California.

Cuando ya la tarde moría, es decir, entre las seis y las siete de la noche, el silbido de los jinetes alertaba a los vecinos, quienes atentos de inmediato cerraban sus portones o puertas para evitar una sorpresa.

Sin embargo, en nuestro caso, la situación era un tanto más complicada, ya que la barbería se encontraba en la confluencia de cuatro calles, sitio que les permitía a los animales mayor espacio y le dificultaba a los arrieros tener control sobre ellos, razón por la que en diferentes ocasiones el ganado iniciaba estampidas por los cuatro puntos cardinales, provocando pánico y zozobra entre los vecinos.

En una o dos ocasiones que recuerde, violentas bestias estuvieron a punto de botar las puertas de la barbería, mientras que familia y clientes tratábamos de ponernos a buen recaudo.

La barbería tenía de todo, medicinas, serruchos, hilos, botones, mil historias, pero, fundamentalmente tenía alma, mi padre.