Tomando un curso para peluquear

Con torpeza y desconfianza el autor de la crónica enfrenta el más sencillo de los pasos: humedecer el cabello.

Por Diego Delfino Machín
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010


Le hablo a usted. Sí, a usted que apenas pensaba leer un par de líneas sobre este absurdo experimento previo a pasar la página para curiosear las fotos y soltar el consabido “¡qué carracazo!”. Después, el brinco directo al siguiente texto; ¿cierto?

Hace mal, ni las fotos de este artículo ni el contenido escrito del siguiente le van a revelar el secreto mejor guardado de San José. Descuide, no hay que ir muy lejos, el Santo Grial reposa día a día sobre nuestras narices y no hace falta dar más que un paso al bajar del bus. Avenida Central, Edificio Mendiola, frente a las paradas de San Pedro.

Pocos lugares tan concurridos y dinámicos alberga la capital. Fúmese medio cigarro en las afueras y habrá visto pasar a cientas de personas, todas arreadas por los clásicos gritos del cheque, quien aturde y acongoja a sus víctimas mientras estas cuentan monedas y dan el salto de fe hasta el autobús en medio de las gotas.

Es una tarde sí, lluviosa y jodida. A dos metros del instituto profesional de belleza IECSA yo sigo tratando de equilibrar el ritmo cardíaco después del tres a cero de Uruguay sobre Sudáfrica. ¿Qué estoy haciendo acá? Solo Dios sabe.

El oficio del periodista puede no ser el mejor pagado, pero pocos ofrecen matices tan extremos como este. A las catorce horas y media estoy en la oficina gritando los goles de Forlán y revisando las fotos de la siguiente modelo SoHo. Soy el pináculo de la testosterona,  los machos alfa del planeta aplauden mi obra... Solo treinta minutos después estoy en una escuela de belleza preguntando por Carmen Cedeño, consagrada profesora de peluquería. No valgo un cinco.

Tras perderme en un laberinto de perfume y gabachas encuentro a mi maestra, quien me guía hasta el aula respectiva. Durante las próximas horas, Carmen intentará enseñarme a cortar cabello con clase y destreza. Será un curso básico e intensivo, a prueba de brutos. La trampa en realidad no está  en la  rauda lección, sino en la terminología.

Usted y yo crecimos con el barbero. Supimos esperar nuestro turno sentados con los pies colgando en el aire mientras un hombre canoso y calmo lanzaba discretos tijeretazos al aire. La radio de antena apenas amenizaba el lugar, prevalecían sobre sus ondas las conversaciones de futbol y política.

Afuera, un cilindro giraba la bandera patria en espiral eterno. Yo lo veía y me preguntaba si en aquel sitio regalaban Nacionales (aquella famosa golosina de Gallito mal llamada “banderitas”), mas  nunca en la vida barbero alguno me obsequió un dulce.

Sucede que aquel símbolo emblemático poco tiene que ver con chocolate o con el pabellón nacional. Por el contrario, su origen es mucho más macabro. Mil años atrás, el barbero no solo cortaba el pelo, también cortaba los brazos, pues practicaba la sangría, oscuro tratamiento medieval que procuraba curar a la gente de sus enfermedades extrayéndole la sangre. Orgullosos, colocaban las vendas sangrientas a secar sobre la acera, amarradas a un poste del cual terminaban abrazadas una y otra vez gracias al viento.

Mucho ha cambiado desde entonces y cada vez a un ritmo más acelerado. Tan es así que en cuestión de años (y no de siglos) fuimos dejando de lado al barbero para pasar a un más discreto y polifuncional ‘peluquero’. Pero el peluquero también ya está passé, así que hoy día hablamos de ‘estilistas’.

Esto me lo explica amablemente Carmen, quien detalla que cada uno de sus estudiantes se gradúa como un artista que será capaz de crear sus propios cortes. Lo irónico del asunto es que según la RAE, el término tiene dos vertientes: “escritor que se distingue por lo esmerado y elegante de su estilo” y, claro, “peluquero creativo”. Yo, que siempre aspiré a lo primero, terminé probando suerte en lo segundo.

Carmen cierra la puerta. Adentro no llegamos a 10. Me sienta en primera fila y me explica que todos los demás son estudiantes a punto de graduarse; esta tarde nos acompañarán como oyentes, ya que aspiran a ser profesores.

Sonríe y me entrega un grupo de hojas tituladas “Apuntes de la demostración”. Tres ilustraciones me recuerdan aquella película de Tornatore: “profilo destro, profilo sinistro, profilo centro...”. La diferencia es que uno de los dibujos muestra la parte posterior de la cabeza, quizá la más importante en el peluqueado que aprenderé: “el corte en capas es uno de los más utilizados por las mujeres, le da vida y movimiento al cabello”.

Durante las siguientes horas aprendo que hay siete tipos de rostro y que el ovalado es el perfecto, al que le quedan todos los cortes. Mi trabajo como estilista es, antes que nada, sondear la cara de mi cliente y establecer cuál corte le favorecería más, siempre buscando ese huevo ideal.

El diagnóstico es cosa seria. Antes que nada, el visajismo. Observamos el tamaño del cuello, la forma del cráneo, el perfil, la silueta, la cara y finalmente ponderamos por dónde deberían ir las tijeras. Complementamos el estudio corroborando el largo del cabello, su textura, densidad y forma. Finalmente, terminamos la faena preguntando al cliente por su profesión, no vaya a ser que no tenga tiempo para darle el debido mantenimiento a nuestra obra.

La clase continúa y yo desvarío. Carmen, toda paciencia, sigue explicando mientras contesta las preguntas que le lanzo para respetar la rutina. Me asegura que cualquiera puede dedicarse a esto, incluso los que sufren de déficit atencional y una lamentable motora fina. La miro incrédulo mientras me pregunto quién le habrá pasado mis reportes del colegio.

Iniciamos entonces la parte práctica. Paso al frente de la clase y al instante estoy haciendo el ridículo: no soy capaz de atinarle a las tijeras pues deben de tomarse de una forma muy particular contraria a toda ley de la física y biología conocida por el oficinista promedio. Olvídese del dedo índice, para el estilista no existe.

Mientras trazo la división del cabello en el cráneo, debo tener tijera y peine en la misma mano. El cuadro es a todas luces cómico, los muchachos disfrutan mientras el pelo del maniquí sin cuerpo se me escapa una y otra vez. Este será un corte recto a noventa grados y en capas medianas. Es, en efecto, tan complicado como suena.

Carmen trata de animarme; será más fácil con un poco de práctica y el cabello húmedo, íntimo amigo del peluquero desde tiempos ancestrales. Recupero la concentración. La clave en el corte de capas es la mecha guía, especie de metro capilar portátil que tenemos que transportar cada vez que peinamos para tijeretear. Si la respetamos, no hay cómo meter las patas.

Al día siguiente regreso con la inspiración a tope. Me espera un uniforme a mi medida y la posibilidad de ganarme un título por completar el curso básico de peluquería versión intensiva extrema para periodistas con DA. Me acompaña Jorge Navarro, fotógrafo asignado para documentar la odisea, quien no más entrar al Templo del sol abre los ojos de par en par: ha descubierto el secreto.

Hoy por hoy, IECSA tiene cerca de mil estudiantes. El edificio no se detiene, mañana tarde y noche clases de doce alumnos aprenden los secretos para consagrarse como masajistas, maquillistas, profesionales en uñas, estilistas y esteticistas. Lo demás, es un juego de matemática básica. De los doce, diez son mujeres. Los dos hombres, a la vez, tienen un noventa y nueve por ciento de probabilidades de ser homosexuales. Si Pitágoras de Samos sabía de lo que estaba hablando, eso convierte a todo hombre heterosexual que ponga un pie dentro del edificio en una especie de Beckham a las puertas de la tierra prometida.

No le miento, mientras buscaba el aula de la operación topaba una tras otras con las más bellas y amables caras sonrientes. La cantidad de mujeres no solo es alucinante, su simpatía también. Provocaba preguntar dos veces por puerta. Así, sintiéndome como el más descarado de los espías, llegué finalmente a la última clase, ya preparada y reservada para mi debut como el más improbable fígaro criollo.

Un estilista graduado de la institución cursa hoy día 12 materias durante 24 meses antes de graduarse. Yo no podría estar más lejos de tal expertise, pero estaba dispuesto a salir por la puerta grande: ser capaz, al menos, de sostener la tijera como corresponde. ¿El porte? Aunque usted no lo crea, también tiene su ciencia. Barbilla paralela al suelo, hombros relajados pero firmes, distancia prudente del cliente siempre a su espalda, etc. Ni lo uno, ni lo otro, el que nace para maceta no pasa del corredor.

A pesar de la falta de vocación y de talento innato, había que enfrentar a la víctima. Karen, una joven de pelo largo y agraciado se ofreció como voluntaria para la inusual sesión. Yo titubeo y no soy capaz de humedecer el cabello como dios manda. A cada paso, la mano amable de Carmen impide una metida de patas que termine en tragedia.

Antes de volar tijera recuerdo sus sabias palabras del día anterior: “el pelo húmedo se expande, corte siempre dos centímetros más abajo de lo que le pidan”. Este debería ser el primer mandamiento de todo estilista, ¿ha conocido usted mujer que no se queje porque le cortaron más de lo que pidió? Yo apuesto por lo seguro y no corto nada hasta que Carmen no me dé el visto bueno. Una vez que se ha capturado entre los dedos la extensión requerida, el vaivén de los filos es lo más fácil. Pero nada más, todo lo que viene antes es tragedia griega para quien no fue capaz de armar ni la lámpara de paletas en artes plásticas.

Como quien entrega un reconocimiento al valor y no al mérito, me regalan (no cabe otra palabra) mi título, grato recuerdo de mi breve paso por una profesión (otra más) para la cual no tengo madera alguna. No hay porqué desanimarse, todavía puedo optar por una carrera como masajista profesional; las modelos reciben el masaje en ropa interior.


Mohawk

Degrafilado

Perímetro Corto