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Con pelos señales y señales
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Por Revista SoHo
Publicado el 07/9/2010
 

Es medio año. Usted viene maltrecho y necesita vacaciones. Es hora de recuperarse para jugar la segunda mitad. Especial de belleza con visita obligada a la peluquería y a tres tratamientos que lo harán sentirse como nuevo para que quede claro que la belleza no solo va por dentro.

Edición 43


Con pelos señales y señales
Es medio año. Usted viene maltrecho y necesita vacaciones. Es hora de recuperarse para jugar la segunda mitad. Especial de belleza con visita obligada a la peluquería y a tres tratamientos que lo harán sentirse como nuevo para que quede claro que la belleza no solo va por dentro.

Tomando un curso para peluquear

Con torpeza y desconfianza el autor de la crónica enfrenta el más sencillo de los pasos: humedecer el cabello.

Por Diego Delfino Machín
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010

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El pelo que cortan en esta peluquería no lo cortan en cualquier lugar. El paraíso de la depilación existe, y está en Los Ángeles, California. Conózcalo. 

Por Carolina Tommasino
Fotografía: Sergio López Díaz © 2009

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Que no se diga que no hay hombre que lleva su calvicie con clase y elegancia, ese que se distingue por no tener un solo pelo de tonto. Esteban Ramírez, director de Gestación, defiende en SoHo el gusto de ser calvo.

Esteban Ramírez
Ilustración: Ariel Arburola

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En las calles del barrio Carlos María Ulloa, en Guadalupe se ubicaba  la barbería del papá del periodista Manuel Morales quien, en su juventud, pasó mucho tiempo ahí, en un sitio que dio sustento a su familia. Recuerdos de un oficio lleno de gente y de nostalgia.

Por Manuel Emilio Morales Bejarano

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Dentro de este especial de “pelos”, reproducimos uno de los mejores cuentos colombianos con una peluquería como escenario: Espuma y nada más, de Hernando Téllez.

Por Hernando Téllez
Ilustración: Andrés Barrientos ©2009

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La exfoliación, que no es otra cosa que el proceso de eliminar células muertas. En mi caso, necesito fosas comunes.

Por Álvaro Murillo
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010

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Si puedo aportar una recomendación acá, doy esta: si se está bebiendo su orina no pause, tómesela toda de un solo... fondo blanco que llaman.

Por Arturo Pardo
Fotografías de Jorge Navarro ©2010

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Cada vez que veo los cajoneros comerciales se me hace imposible no conjeturar sobre la rentabilidad de las ventas por televisión.

Por Gonzalo Rodríguez
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010

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Tomando un curso para peluquear

Tomando un curso para peluquear

Con torpeza y desconfianza el autor de la crónica enfrenta el más sencillo de los pasos: humedecer el cabello.

Por Diego Delfino Machín
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010


Le hablo a usted. Sí, a usted que apenas pensaba leer un par de líneas sobre este absurdo experimento previo a pasar la página para curiosear las fotos y soltar el consabido “¡qué carracazo!”. Después, el brinco directo al siguiente texto; ¿cierto?

Hace mal, ni las fotos de este artículo ni el contenido escrito del siguiente le van a revelar el secreto mejor guardado de San José. Descuide, no hay que ir muy lejos, el Santo Grial reposa día a día sobre nuestras narices y no hace falta dar más que un paso al bajar del bus. Avenida Central, Edificio Mendiola, frente a las paradas de San Pedro.

Pocos lugares tan concurridos y dinámicos alberga la capital. Fúmese medio cigarro en las afueras y habrá visto pasar a cientas de personas, todas arreadas por los clásicos gritos del cheque, quien aturde y acongoja a sus víctimas mientras estas cuentan monedas y dan el salto de fe hasta el autobús en medio de las gotas.

Es una tarde sí, lluviosa y jodida. A dos metros del instituto profesional de belleza IECSA yo sigo tratando de equilibrar el ritmo cardíaco después del tres a cero de Uruguay sobre Sudáfrica. ¿Qué estoy haciendo acá? Solo Dios sabe.

El oficio del periodista puede no ser el mejor pagado, pero pocos ofrecen matices tan extremos como este. A las catorce horas y media estoy en la oficina gritando los goles de Forlán y revisando las fotos de la siguiente modelo SoHo. Soy el pináculo de la testosterona,  los machos alfa del planeta aplauden mi obra... Solo treinta minutos después estoy en una escuela de belleza preguntando por Carmen Cedeño, consagrada profesora de peluquería. No valgo un cinco.

Tras perderme en un laberinto de perfume y gabachas encuentro a mi maestra, quien me guía hasta el aula respectiva. Durante las próximas horas, Carmen intentará enseñarme a cortar cabello con clase y destreza. Será un curso básico e intensivo, a prueba de brutos. La trampa en realidad no está  en la  rauda lección, sino en la terminología.

Usted y yo crecimos con el barbero. Supimos esperar nuestro turno sentados con los pies colgando en el aire mientras un hombre canoso y calmo lanzaba discretos tijeretazos al aire. La radio de antena apenas amenizaba el lugar, prevalecían sobre sus ondas las conversaciones de futbol y política.

Afuera, un cilindro giraba la bandera patria en espiral eterno. Yo lo veía y me preguntaba si en aquel sitio regalaban Nacionales (aquella famosa golosina de Gallito mal llamada “banderitas”), mas  nunca en la vida barbero alguno me obsequió un dulce.

Sucede que aquel símbolo emblemático poco tiene que ver con chocolate o con el pabellón nacional. Por el contrario, su origen es mucho más macabro. Mil años atrás, el barbero no solo cortaba el pelo, también cortaba los brazos, pues practicaba la sangría, oscuro tratamiento medieval que procuraba curar a la gente de sus enfermedades extrayéndole la sangre. Orgullosos, colocaban las vendas sangrientas a secar sobre la acera, amarradas a un poste del cual terminaban abrazadas una y otra vez gracias al viento.

Mucho ha cambiado desde entonces y cada vez a un ritmo más acelerado. Tan es así que en cuestión de años (y no de siglos) fuimos dejando de lado al barbero para pasar a un más discreto y polifuncional ‘peluquero’. Pero el peluquero también ya está passé, así que hoy día hablamos de ‘estilistas’.

Esto me lo explica amablemente Carmen, quien detalla que cada uno de sus estudiantes se gradúa como un artista que será capaz de crear sus propios cortes. Lo irónico del asunto es que según la RAE, el término tiene dos vertientes: “escritor que se distingue por lo esmerado y elegante de su estilo” y, claro, “peluquero creativo”. Yo, que siempre aspiré a lo primero, terminé probando suerte en lo segundo.

Carmen cierra la puerta. Adentro no llegamos a 10. Me sienta en primera fila y me explica que todos los demás son estudiantes a punto de graduarse; esta tarde nos acompañarán como oyentes, ya que aspiran a ser profesores.

Sonríe y me entrega un grupo de hojas tituladas “Apuntes de la demostración”. Tres ilustraciones me recuerdan aquella película de Tornatore: “profilo destro, profilo sinistro, profilo centro...”. La diferencia es que uno de los dibujos muestra la parte posterior de la cabeza, quizá la más importante en el peluqueado que aprenderé: “el corte en capas es uno de los más utilizados por las mujeres, le da vida y movimiento al cabello”.

Durante las siguientes horas aprendo que hay siete tipos de rostro y que el ovalado es el perfecto, al que le quedan todos los cortes. Mi trabajo como estilista es, antes que nada, sondear la cara de mi cliente y establecer cuál corte le favorecería más, siempre buscando ese huevo ideal.

El diagnóstico es cosa seria. Antes que nada, el visajismo. Observamos el tamaño del cuello, la forma del cráneo, el perfil, la silueta, la cara y finalmente ponderamos por dónde deberían ir las tijeras. Complementamos el estudio corroborando el largo del cabello, su textura, densidad y forma. Finalmente, terminamos la faena preguntando al cliente por su profesión, no vaya a ser que no tenga tiempo para darle el debido mantenimiento a nuestra obra.

La clase continúa y yo desvarío. Carmen, toda paciencia, sigue explicando mientras contesta las preguntas que le lanzo para respetar la rutina. Me asegura que cualquiera puede dedicarse a esto, incluso los que sufren de déficit atencional y una lamentable motora fina. La miro incrédulo mientras me pregunto quién le habrá pasado mis reportes del colegio.

Iniciamos entonces la parte práctica. Paso al frente de la clase y al instante estoy haciendo el ridículo: no soy capaz de atinarle a las tijeras pues deben de tomarse de una forma muy particular contraria a toda ley de la física y biología conocida por el oficinista promedio. Olvídese del dedo índice, para el estilista no existe.

Mientras trazo la división del cabello en el cráneo, debo tener tijera y peine en la misma mano. El cuadro es a todas luces cómico, los muchachos disfrutan mientras el pelo del maniquí sin cuerpo se me escapa una y otra vez. Este será un corte recto a noventa grados y en capas medianas. Es, en efecto, tan complicado como suena.

Carmen trata de animarme; será más fácil con un poco de práctica y el cabello húmedo, íntimo amigo del peluquero desde tiempos ancestrales. Recupero la concentración. La clave en el corte de capas es la mecha guía, especie de metro capilar portátil que tenemos que transportar cada vez que peinamos para tijeretear. Si la respetamos, no hay cómo meter las patas.

Al día siguiente regreso con la inspiración a tope. Me espera un uniforme a mi medida y la posibilidad de ganarme un título por completar el curso básico de peluquería versión intensiva extrema para periodistas con DA. Me acompaña Jorge Navarro, fotógrafo asignado para documentar la odisea, quien no más entrar al Templo del sol abre los ojos de par en par: ha descubierto el secreto.

Hoy por hoy, IECSA tiene cerca de mil estudiantes. El edificio no se detiene, mañana tarde y noche clases de doce alumnos aprenden los secretos para consagrarse como masajistas, maquillistas, profesionales en uñas, estilistas y esteticistas. Lo demás, es un juego de matemática básica. De los doce, diez son mujeres. Los dos hombres, a la vez, tienen un noventa y nueve por ciento de probabilidades de ser homosexuales. Si Pitágoras de Samos sabía de lo que estaba hablando, eso convierte a todo hombre heterosexual que ponga un pie dentro del edificio en una especie de Beckham a las puertas de la tierra prometida.

No le miento, mientras buscaba el aula de la operación topaba una tras otras con las más bellas y amables caras sonrientes. La cantidad de mujeres no solo es alucinante, su simpatía también. Provocaba preguntar dos veces por puerta. Así, sintiéndome como el más descarado de los espías, llegué finalmente a la última clase, ya preparada y reservada para mi debut como el más improbable fígaro criollo.

Un estilista graduado de la institución cursa hoy día 12 materias durante 24 meses antes de graduarse. Yo no podría estar más lejos de tal expertise, pero estaba dispuesto a salir por la puerta grande: ser capaz, al menos, de sostener la tijera como corresponde. ¿El porte? Aunque usted no lo crea, también tiene su ciencia. Barbilla paralela al suelo, hombros relajados pero firmes, distancia prudente del cliente siempre a su espalda, etc. Ni lo uno, ni lo otro, el que nace para maceta no pasa del corredor.

A pesar de la falta de vocación y de talento innato, había que enfrentar a la víctima. Karen, una joven de pelo largo y agraciado se ofreció como voluntaria para la inusual sesión. Yo titubeo y no soy capaz de humedecer el cabello como dios manda. A cada paso, la mano amable de Carmen impide una metida de patas que termine en tragedia.

Antes de volar tijera recuerdo sus sabias palabras del día anterior: “el pelo húmedo se expande, corte siempre dos centímetros más abajo de lo que le pidan”. Este debería ser el primer mandamiento de todo estilista, ¿ha conocido usted mujer que no se queje porque le cortaron más de lo que pidió? Yo apuesto por lo seguro y no corto nada hasta que Carmen no me dé el visto bueno. Una vez que se ha capturado entre los dedos la extensión requerida, el vaivén de los filos es lo más fácil. Pero nada más, todo lo que viene antes es tragedia griega para quien no fue capaz de armar ni la lámpara de paletas en artes plásticas.

Como quien entrega un reconocimiento al valor y no al mérito, me regalan (no cabe otra palabra) mi título, grato recuerdo de mi breve paso por una profesión (otra más) para la cual no tengo madera alguna. No hay porqué desanimarse, todavía puedo optar por una carrera como masajista profesional; las modelos reciben el masaje en ropa interior.


Mohawk

Degrafilado

Perímetro Corto

Visita a la peluquería de coños

El pelo que cortan en esta peluquería no lo cortan en cualquier lugar. El paraíso de la depilación existe, y está en Los Ángeles, California. Conózcalo. 

Por Carolina Tommasino
Fotografía: Sergio López Díaz © 2009


El Valle de San Fernando, en Los Ángeles, es el Hollywood del porno. Es donde viven las actrices y se filman las películas de un negocio que mueve decenas de miles de millones de dólares cada año, pero contrario a lo que se podría pensar, ni siquiera aquí es sencillo encontrar una peluquería dedicada exclusivamente al coño de las mujeres.

Peluquerías tradicionales donde se hace el stenceling, como se le llama a la técnica de diseño de bikini, hay muchas, pero la especializada se llama Pink Cheeks (cachetes rosados), ubicada en Sherman Oaks, uno de los barrios más tradicionales de la zona. Y ahí va la mayoría de las estrellas porno, hombres y mujeres.

Se debe tener paciencia para que concedan una cita, porque el lugar tiene mucha demanda. Yo esperé dos días. El lugar está ubicado en la Avenida Ventura, rodeado de tiendas de discos, boutiques de ropa y cafés. Tres de la tarde de un jueves. Llego puntual. Hay tres mujeres en la sala de espera. El lugar no es muy grande, la sala tiene una chimenea y unos sofás, una mesa con comida, casi toda en forma de corazón. Un mueble exhibe productos tipo sex shop: lubricantes, vibradores, consoladores, ropa interior; todo para la venta. Es más seguro; en esta ciudad hay depravados que se estacionan en los almacenes de sexo para masturbarse mientras ven a las mujeres que entran a comprar.

Mi cita es con Cindy, la dueña del salón. De los siete cuartos del lugar, me asignaron el primero. Es pequeño, tiene una camilla y un letrero en rosa que dice No whining (no llanto, podría traducirse). A los tres minutos entra Cindy, de unos 45 años, e inmediatamente me pide que me desvista de la cintura para abajo. Solo ella hace los diseños, mientras que las depilaciones las hace cualquiera de las cinco mujeres que trabajan ahí. Me pregunta qué quiero, yo pido las iniciales de mi esposo a manera de regalo. Me desvisto y ella da su veredicto: “Mi amor, no te puedo hacer nada todavía, hay que esperar unos días, el vello está muy corto”. A cambio de eso me cuenta la historia del salón.

Pink Cheeks empezó hace 21 años como un centro de cera y estética donde hacían tratamientos faciales. De ahí el nombre, porque al final de las sesiones la cara y cachetes del cliente quedaban rosados. Cachetes rosados; mucha gente cree que tiene que ver con otros cachetes, pero es un nombre realmente inocente. Una de las primeras clientas fue Pamela Anderson, que para esa época ya era famosa, pero no tanto. Aún no trabajaba en Guardianes de la Bahía, sino en el seriado Home Improvement; vivía a pocas cuadras del salón y Cindy le hacía la cera. Era el principio de los años noventa, cuando la depilación del bikini era todavía conservadora. Las mujeres solo se depilaban lo que sobraba del vestido de baño. Un día llegó esta rubia y al finalizar la sesión le dijo: “Cindy, ¿me puedes depilar un poco más?”, para luego decirle: “¿Me puedes depilar los labios? ¿El trasero también?”. Cuando las otras clientas vieron a Pamela Anderson salir de la peluquería, todas preguntaron qué se había hecho, que ellas querían lo mismo. El salón empezó a coger fuerza. La cera fue el plato principal y el tratamiento facial quedó en segundo plano.

A principios de este siglo, apareció la depilación con diseño, algo en lo que tuvieron mucho que ver las películas porno. Iban desde corazones en época de San Valentín y tréboles el Día de San Patricio, hasta árboles de Navidad y estrellas para el 31 de diciembre. Los colores jugaban un papel importante: los corazones eran rojos; los árboles, verdes. Se decoloraba el vello púbico y 24 horas después se tinturaba, pero el Departamento de Salud de Estados Unidos prohibió la decoloración en las partes íntimas, porque la sustancia tenía amoníaco. Ahora es muy común adherir escarcha o cristales a los diseños. En alguna ocasión, una estrella porno le pidió a Cindy una mariposa multicolor. Podó vagina, puso brillantes azules como ojos y toda la mariposa se decoloró. Al día siguiente, la actriz volvió y se pintó de azul y verde. El diseño apareció en una película para adultos.

Pero no todos los clientes del salón son actrices porno. Vienen mujeres y hombres comunes  a hacerse la cera alrededor del ano. Travestis y celebridades también. En algún momento de esta tarde llegará Janet Jackson.

Hemos hablado bastante, pero mi vello aún no ha crecido lo suficiente. Antes de irme pido tomarle fotos al proceso con alguna clienta. Me tocó en suerte Carrie, una mujer de 34 años que me dijo que mientras no saliera su cara, podía tomar cualquier foto. Se estaba haciendo un corazón, la figura perfecta según ella, ya que los labios quedan limpios y el sexo es mucho mejor. Al parecer, depilarse los labios hace el encuentro sexual más placentero, pues hay mucha más sensibilidad y para el hombre es mucho más suave. “Es tan suave como si hubiera lubricante, pero no lo hay”. El proceso no tardó 20 minutos, tiempo en el que Carrie habló sin inmutarse. Muy elásticamente (se notan las sesiones de yoga diarias), subió sus piernas, las abrió, templó su ingle para ayudar a Cindy en su labor y sonrió todo el tiempo. El resultado: un corazón del que solo se descubre su forma si se mira cuando ella esta acostada y con las piernas abiertas.

UNA SEMANA DESPUÉS

Volví a la semana lista para marcarme las iniciales de mi marido. El salón tiene salida por la parte de atrás a un callejón, lugar donde parquean las estrellas porno o las limusinas de las actrices famosas para no ser vistas. Es la zona VIP. Parqueo ahí y entro por el jardincito. Hay dos muchachas fumando y charlando muy animadamente. Adentro hay unas ocho mujeres esperando, incluso una embarazada.

Entre ellas está Amy. Es rubia, alta, de talla 36B. Tiene 28 años y un novio que corre carros con el número 32. Trae el dibujo que ella misma diseñó para ponérselo en su cuca, un 32 de color rojo. Hoy solamente le van hacer el número y le van a decolorar el vello púbico. Mañana se lo pintarán; es muy importante esperar que pasen 24 horas de decoloración para aplicar el color, procedimiento que puede demorar unas dos horas. Es jueves y el novio corre el domingo, así que para el sábado en la noche ese 32 debe estar listo. Amy sabe lo importante que es esta carrera para él y esta es su manera de demostrarle que tiene todo su apoyo. Algunos pensarían que ir a los pits y estar pendiente de la competencia es apoyo suficiente, pero parece que no.

El diseño le costará a Amy unos 100 dólares. Usualmente van desde los 48 dólares del brasilero hasta los 120, dependiendo de lo complicado y del tiempo que requiera. Los clásicos, como un corazón o unas iniciales fáciles, no pasan de 60 dólares.

Sandra está embarazada, el parto está programado para el sábado. Viene a Pink Cheeks desde hace años, siempre se hace el full y se lo volverá a hacer para el nacimiento, por higiene y como muestra de cortesía con el doctor y las enfermeras. Mientras Sandra me cuenta su historia, me llaman. Es mi turno, me ha tocado de nuevo el cuarto número uno.

Me desvisto y saco el dibujo de mi cartera, un TT, tratando de ocultar mis nervios, que crecen antes que disminuir cuando veo los implementos. Pinzas, bastantes de muchos tamaños, pequeños cepillos y telas. Siento como si me fueran a hacer una intervención quirúrgica. Cindy lo mira y me dice que son iniciales simples, que el proceso no será tan demorado. Empezamos con el lápiz negro de cejas, que se usa para hacer el diseño, el stenceling. Con cuidado pinta las dos tes sobre mi pubis y me las muestra con un espejo. Están bien, aunque yo las quería más grandes, pero me aclara que deben ser pequeñas pues los labios se deben depilar.

Apruebo las tes y empieza la cera. La realiza con palitos muy pequeños que hacen que sea más demorado. Esto no se trata de empaparse con cera y jalar salvajemente. Cindy se toma su tiempo, poco a poco la unta, la moldea y la jala, una y otra vez. Mientras, me habla del clima, de si me gusta la ciudad, de American Idol; aterrada aún, a duras penas respondo a todo con monosílabos. Unta, jala y me muestra. En realidad no me duele tanto y después de unos diez minutos acabamos la cera para pasar a las pinzas.

Esta parte duele un poco más y me da miedo porque es una parte muy delicada y la velocidad con que Cindy mueve las pinzas me altera. Me aconseja que me calme porque “es aquí donde ocurren los accidentes, y no queremos uno, ¿o sí?”. Trato de relajar las piernas mientras pienso que tengo que hacer más yoga. Con las pinzas se pule el diseño, se logran los ángulos deseados. Prueba superada. Ahora saca unas pequeñas tijeras con las que poda el vello. Quedo alerta de nuevo, una tijera en esos lugares es un poco preocupante.

Saca su pequeño cepillo, que parece más un aplicador de pestañina, y peina el pelo para que quede en la misma dirección. Da cosquillas, y eso, no sé por qué se  me hace la parte más incómoda de todas. Saca el espejo y me muestra; es increíble, dos tes grabadas en menos de una hora. Pago 60 dólares y salgo feliz, con uno de los regalos más originales que he dado en mi vida. Yo salgo y entra Amy. La saludo, ojalá su novio gane la carrera del domingo.


Las ventajas de ser calvo

Que no se diga que no hay hombre que lleva su calvicie con clase y elegancia, ese que se distingue por no tener un solo pelo de tonto. Esteban Ramírez, director de Gestación, defiende en SoHo el gusto de ser calvo.

Esteban Ramírez
Ilustración: Ariel Arburola

Debo dejar esto muy claro: sin duda hubiera preferido no haber perdido el cabello pero, en perspectiva, lo veo hoy como una especie de dicha.

No fue fácil, en plena adolescencia, etapa de tanta incertidumbre y búsqueda de autoestima y con una greña parecida a la del cantante Richard Marx, ver cómo mi copete se iba desvaneciendo a un ritmo desenfrenado.

Lo recuerdo como si fuera ayer cuando mi madre me sentó en la sala de la casa y me dijo sin adornos o sutilezas: “Hijo, quiero que sepas que se te va caer el pelo pronto y no hay nada que hacer.  Y ojalá se te caiga rapidito para que el sufrimiento pase rápido”.

¡Qué dolor y rabia sentí! ¿Por qué tan poquito voy a disfrutar de mi pelo? De hecho desconocía que los jóvenes de 16 años pudieran sufrir de calvicie, siempre pensé que en el peor de los casos comenzaba pasados los 30.

Las inseguridades obvias comenzaron a asomarse. ¿Era mi cabeza apta para estar al total descubierto? ¿Le iría a atraer a alguna mujer en el planeta tierra?

Obviamente traté de combatir la gigantesca herencia de mi madre: Champús especiales, muchas noches de masajes con la insufrible loción de Rogaine y hasta llegué a recibir 25 inyecciones en la cabeza por sesión para intentar salvar lo insalvable.

A los 21 años fue la peor y más patética etapa. Yo lucía el peinado del “prestamista”, es decir, unos cabellos largos ayudan a cubrir las áreas desprotegidas. Por suerte, tenía una novia que no lo aguantó más y, casi a la fuerza, me llevó a la peluquería más cercana y lo que quedaba de copete desapareció para siempre.

Entre el proceso de resignación y comenzar a lidiar con inevitables chistes y burlas (odiaba cuando algún contrario de futbol gritaba a los cuatro vientos: “marquen al pelón”), una noticia comenzó a mostrar alguna luz al final del túnel. Uno de mis ídolos, André Agassi, salió del closet y se declaró calvo y además luego se casó con una de las mujeres más bellas del mundo, Brooke Shields.  ¡Qué maravilla! Hay esperanza para los calvos en el mundo, pensé, ¡nosotros también podemos ser cool.

Algunos años más tarde, muchos reconocidos futbolistas, cantantes y actores comenzaron a lucir sus cabezas rapadas y no por obligación sino por gusto. Eso significaba que definitivamente tenían el apoyo de sus fans y de pronto los calvos hasta nos pusimos casi de moda.

También existen algunas ventajas, como el ahorro de tiempo y dinero por no tener que peinarte, lavarte o cortarte el pelo. O que nadie te pueda acusar de tener un peinado pasado de moda o de tener piojos.

Pero más allá de estos ligeros privilegios, el perder el pelo a una edad muy temprana me lanzó a una profunda reflexión,  a valorar más el mundo interior y a comprender que la apariencia física, como todo en este mundo, es parte de la inevitable entropía de la vida material.

A lo largo de nuestra existencia tenemos muchos cambios físicos, y el tema del cabello es solo uno más. Nuestro cuerpo no es nuestra identidad; es simplemente el instrumento que nos permite proyectarnos en la vida. Nuestra verdadera identidad es  cómo somos, esto es, cuál es el fruto de nuestra vida. Lo importante es que trabajemos, día a día, nuestro propio crecimiento, la relación y con los demás y  el aporte que podamos otorgarle  a la sociedad en la que vivimos.

El golpe a la autoestima que sentí de joven por haber perdido el cabello, de cierta manera me impulsó y me obligó a esforzarme más por desarrollar con ahínco y seriedad mi vocación  profesional y esta ha sido, sin duda, la mayor ventaja de haber sido calvo.

Mi papá el peluquero

Fue entre el sonido metálico de las tijeras y de la maquinilla de cortar pelo, que conocí de sucesos como la muerte del Arzobispo de San José Monseñor Rubén Odio, la invasión desde Nicaragua en 1955, el triunfo de  Fidel Castro, el asesinato de John F. Kennedy...

En las calles del barrio Carlos María Ulloa, en Guadalupe se ubicaba  la barbería del papá del periodista Manuel Morales quien, en su juventud, pasó mucho tiempo ahí, en un sitio que dio sustento a su familia. Recuerdos de un oficio lleno de gente y de nostalgia.

Por Manuel Emilio Morales Bejarano

Desde una Mejoral hasta un jarabe de Tabonuco.  Desde un destornillador hasta un serrucho. Desde una simple aguja hasta los más variados hilos o botones.  No amigos, no estoy hablando  ni de una farmacia, mucho menos de una ferretería, ni tampoco de un bazar. Se trata de la Barbería de Manuel Morales en el barrio Carlos María Ulloa, en San Francisco de Guadalupe, Goicoechea.

Ese local formaba parte de nuestra casa. Es más, era la habitación más cómoda, razón por la cual se destinó para tal fin. Allí se encontraban las dos sillas de “pelar”, una media docena de asientos  para los clientes, una hermosa paragüera,  dos espejos e igual número de mesitas de madera utilizadas para los periódicos y revistas.

Este punto de encuentro, de charla, de trabajo y ameno esparcimiento, fue siempre el sitio obligado para los vecinos  y clientes. De una y mil historias  fue confidente mi progenitor en su cotidiana labor.

Angustias de padres, limitaciones económicas, la insatisfacción de las necesidades básicas, conflictos hogareños, tristezas y alegrías, amores y desamores, en fin, toda esa gama que compone las virtudes y yerros del ser humano, desfilaban en la silla del barbero.

Cosa curiosa es describir  el imán  que generaba aquel taller de trabajo de no más de cinco metros de largo por otros cinco de ancho. Era prácticamente imposible  pasar por la esquina de la barbería y no hacer un alto obligatorio.

Sus muebles de vieja data mostraban el paso del tiempo a través de las  muchas capas de pintura que habían recibido. Porque es necesario decirlo:  mi padre, además de barbero, era un aficionado a la electricidad, a la pintura de brocha gorda, medio fontanero, carpintero y contabilista por necesidad.

Todas esas habilidades eran producto del esfuerzo que debía hacer para la manutención de sus tres hijas y seis varones. “Una verdadera marimba”, como decían las abuelas.
Cuántas veces con paciencia franciscana se dedicaba a reparar los muebles de trabajo, ah, porque se me olvidaba, que hasta tapicero fue. En repetidas ocasiones, ya muy entrada la noche y luego de un ajetreado día de trabajo, era corriente escucharlo reparando los “discos” de la cocina, pintando su silla de trabajo o simplemente estirando el presupuesto familiar para que alcanzara para el día siguiente.

Otra faceta. Su numerosa descendencia lo llevó a preocuparse permanentemente por las medicinas que los médicos recetaban a sus vástagos. Era normal observarlo profundamente inmerso escudriñando la literatura que por aquellos años acompañaba todo medicamento y, como en el caso nuestro la familia completaba una novena, se imaginarán la cantidad de panfletos que leyó.

Pero el asunto no quedaba allí,  pues aprovechaba las escasas  visitas al médico o bien las repetidas idas a la farmacia para satisfacer sus dudas en dicha materia. Por eso no era extraño que amigos o familiares le consultaran sobre algunas dolencias para recibir su consejo y cuidado,  también el obsequio de la medicina correspondiente.

En el  botiquín del que disponía se encontraba casi de todo. Sal de Andrews, Alka Seltzers,  Leche de Magnesia, Sal de Uvas, gasa, Merthiolate, jarabes, curitas, Desenfrioles, Bromoquininas, alcohol, paregórico, acetaminofén y Zepol.

En más de una ocasión, la barbería también servía de enfermería, como cuando se “armaban” las típicas mejengas en la calle. Torceduras de tobillos, rodillas y brazos raspados demandaban, a veces, el auxilio del buen barbero en medio de lágrimas y lamentos de los niños y jóvenes.

Qué vida más plena la de papá, servirle a quien lo necesitaba, tarea en la que contó con el apoyo irrestricto de nuestra madre. Siempre fue hacia adelante, sin siquiera un gesto de disgusto y mucho menos arrugar la cara ante el reto de todos los días frente  a la silla de trabajo.

Un profundo amor a su oficio y el deseo cotidiano de hacer de la mejor manera posible la tarea, fueron las dos fuerzas que durante más de seis décadas lo movieron y lo mantuvieron hasta el final junto a sus tijeras.

El robo de una de sus primeras máquinas eléctricas de cortar pelo marca Oster, fue un fuerte impacto. Mi padre no podía creer que en aquel barrio de gente buena alguien osara cometer este tipo de tropelía.

Solo bastaron pocos segundos para que mientras se servía una taza de café en la cocina del hogar, un ladronzuelo aprovechara para cometer su delito. Pocas veces, realmente muy pocas, lo vi desanimado como entonces. Se sentía burlado, expoliado, dolido.

Las razones eran múltiples, perdía su mejor herramienta, pero especialmente, se quedaba con la cuenta, ya que la había adquirido a crédito en el Almacén La Granja, en la Capital, y apenas había cancelado a lo sumo tres o cuatro cuotas. La preocupación era explicable.

Su ánimo decayó por algunos días, pero el espíritu de lucha prevaleció. Echó mano, ahora sí, textualmente,  a las maquinillas manuales para su tarea diaria. Mucho tiempo hubo de pasar para que nuevamente pudiera adquirir aquel aparato que todos los días tanta falta le hacía.

No más se abría en las mañanas aquel taller de trabajo y de inmediato mucho del ritmo del barrio se trasladaba hacia él. Los chiquillos a disputarse las últimas revistas, mientras que sus madres, en el corre- corre diario,  disponían de un momento para comentar con el barbero los acontecimientos de la comunidad y  en algunos casos, conocer de la salud y las congojas de los vecinos.

Acostumbrado a mantenerse al día de los acontecimientos nacionales e internacionales, el barbero era el primero en pasar revista a los periódicos, escuchar los espacios radiales  informativos y deportivos, así como programas dedicados a Carlos Gardel, al sacerdote y cantante mexicano José Mojica o al  Dr.  Ortiz Tirado, divulgados en emisoras como La Voz de la Víctor, Atenea, Radio City, La Voz del Trópico, Para Ti, Fides y música clásica en Radio Universitaria. Era difícil que algún tema de lo cotidiano le fuera ajeno.

Afable, buen conversador, convincente, respetuoso, siempre disfrutó del buen diálogo y hasta se acostumbró a tener paciencia con los “sabelotodo” y los necios. Quizás por eso, en los tres sitios donde se ubicó la Barbería Morales (barrio la California, Aranjuez  y San Francisco de Goicoechea), siempre mantuvo una clientela fiel.

En esas épocas visitar  la barbería tenía mucho de rito. “Había que sacar el tiempo”. Allí se llegaba, además para el corte de pelo,  a compartir. Muchos de los asiduos usuarios, incluso, cedían su lugar para continuar en la tertulia, o bien, luego de finalizado el trabajo del fígaro se mantenían en la charla.


En más de una ocasión la barbería también servía de enfermería, como cuando se armaban las típicas mejengas en la calle. Torceduras de tobillos, rodillas y brazos raspados demandaban a veces el auxilio del buen barbero en medio de lágrimas y lamentos...

Posiblemente, esa lealtad y cercanía de los clientes se convertía en un obstáculo difícil de vencer a la hora de aumentar la tarifa de corte de pelo y  barba. Un cambio de seis reales, 75 céntimos,  a 90 céntimos, representaba días de preocupación e incertidumbre; no obstante,  que su horario representaba más de doce horas de ardua tarea en pie, que  más tarde le pasaron  la factura con várices severas.

Al caer de la tarde resultaba sabroso sentarse a escuchar a mi padre junto a sus viejos amigos comentar acerca del barrio y su Junta Progresista de la que formó parte, discutir de política, futbol, música, lo mismo que de la mano de la palabra, hacer hermosos recorridos sobre la Costa Rica de antaño y los  problemas que les quitaban el sueño.

Las historias de espíritus y de personajes tradicionales, eran temas que de vez en cuando aparecían en estas charlas. La segua, el cadejos, el padre sin cabeza, la llorona, lo mismo que Azulito, Muñeca o Chaplin, formaban parte de repetidos cuentos que nos emocionaban.

Fue entre el sonido metálico de las tijeras y de la maquinilla de cortar pelo que conocí de sucesos como la muerte del Arzobispo de San José Monseñor Rubén Odio, la invasión desde Nicaragua en 1955, el triunfo de  Fidel Castro, el asesinato de John F. Kennedy, las erupciones del Volcán Irazú, la llegada del primer hombre a la Luna, la vuelta al mundo del Deportivo Saprissa y de elecciones de presidentes como don Mario Echandi Jiménez, don Francisco Orlich, José Joaquín Trejos Fernández  y José Figueres Ferrer,  entre otros.

Muchas fueron también  las anécdotas que viví en el diario quehacer de mi padre. Unos cuantos  casos brindan un esbozo de lo que sucede a lo interno de un sitio tan lleno de magia como es la barbería.

Gran sorpresa  e impacto me produjo un sábado en horas del mediodía la llegada de un vecino pasado de copas y con un gran sombrero, que con lágrimas en sus ojos le suplicaba al barbero le resolviera el problema, ya que en una noche de bohemia  sus acompañantes habían dado cuenta de su cabellera, lo dejaron “pelado casi de rape”, se decía entonces.

La desesperación lo hizo pedir que le pegara con goma nuevo cabello. La paciencia que siempre acompañó a mi progenitor hizo que el vecino comprendiera lo imposible de su petición, pese a que estaba decidido a no salir de la barbería hasta lograr su objetivo.

Otro caso curioso fue el del carnicero que ingresó cuchillo en mano en la barbería. Se trataba de un esposo pasado de rones que corría detrás de su cónyuge quien había entrado solo unos instantes antes para protegerse de aquel marido descontrolado.

La reacción que esta escena provocó  entre los parroquianos fue una mezcla de temor y sorpresa. Muchos incluso abandonaron el sitio previendo lo peor, pero nuevamente, Manuel Morales echó mano a su capacidad de convencimiento para solucionar la crisis.

Las grandes ventanas de aquella recordada barbería,   cuyos vidrios quebramos en diferentes oportunidades jugando fútbol, también fueron mi escenario para ofrecer a los amigos de infancia un remedo de cine.

Con paciencia recortaba las tiras cómicas de los diarios y luego de pegarlas, confeccionaba con cajas de cartón una especie de televisor.  Dos carruchas grandes de hilo a cada lado me permitían ofrecer una secuencia a los amigos que acompañaba con una narración en la que daba rienda suelta a mi imaginación.

Pero si de recuerdos se trata, no puedo terminar este relato sin rememorar las clásicas pasadas del ganado de los lunes. Cerca de cincuenta cabezas eran escoltadas por cuatro o cinco arrieros que las conducían a pie hasta la estación del Ferrocarril al Atlántico en el barrio La California.

Cuando ya la tarde moría, es decir, entre las seis y las siete de la noche, el silbido de los jinetes alertaba a los vecinos, quienes atentos de inmediato cerraban sus portones o puertas para evitar una sorpresa.

Sin embargo, en nuestro caso, la situación era un tanto más complicada, ya que la barbería se encontraba en la confluencia de cuatro calles, sitio que les permitía a los animales mayor espacio y le dificultaba a los arrieros tener control sobre ellos, razón por la que en diferentes ocasiones el ganado iniciaba estampidas por los cuatro puntos cardinales, provocando pánico y zozobra entre los vecinos.

En una o dos ocasiones que recuerde, violentas bestias estuvieron a punto de botar las puertas de la barbería, mientras que familia y clientes tratábamos de ponernos a buen recaudo.

La barbería tenía de todo, medicinas, serruchos, hilos, botones, mil historias, pero, fundamentalmente tenía alma, mi padre.

Cuento para leer en la peluquería

Dentro de este especial de “pelos”, reproducimos uno de los mejores cuentos colombianos con una peluquería como escenario: Espuma y nada más, de Hernando Téllez.

Por Hernando Téllez
Ilustración: Andrés Barrientos ©2009


No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego contra la yema del dedo gordo y volví a mirarla, contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma. “Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?”, pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme con la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. Él no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?”. “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la Escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. Él seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho que hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?”. “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?”. “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé, de nuevo, la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y esa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.

Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro. No muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana de nuevo y me puse a asentar el acero, porque yo soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?”. “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque en agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y este era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? ...Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era su enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.

La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí, porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno, que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? ¡No, qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y estos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas, zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa...”. ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como esta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no, señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo... No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.

La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.

 “Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:

“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. Y siguió calle abajo.

Haciéndome la chocolaterapia

La exfoliación, que no es otra cosa que el proceso de eliminar células muertas. En mi caso, necesito fosas comunes.

Por Álvaro Murillo
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010


Permítanme advertir que no tengo nota perfecta en el test de la Asociación de Machos Latinoamericanos. No bebo guaro a pico de botella, suelo barrer la casa antes de que la basura cruja bajo los zapatos y todavía no me atrevo a comprar un revólver para solucionar los conflictos de carretera. He pedido cacao, sé encender la cocina y admito que para nadar es mejor una licra que un jeans recortado.

Permítanme advertir también que en el código de Asomacho soy un jugador de media tabla, porque nunca me he probado pelucas frente al espejo, me enorgullezco de la más mínima cicatriz en la piel e incluiría los chicharrones con gordo en el menú de la Santa Cena. Bebo cerveza con alcohol, pero no más de cinco. He usado gel en el pelo, pero para aplastarlo. Me recuerdo de adolescente oyendo canciones de Nicola di Bari mientras me bañaba sin termoducha para quitarme el barro de tres horas de mejenga en una cancha pestilente al punto de alojar gusanos. Y tampoco era que me incomodaba.

Este macho de media tabla, alérgico al olor de los inciensos, se somete a una sesión de toqueteo con chocolate. Masajes, una gran bata blanca, un té verde y un ambiente medio afrodisiaco esperan a un tipo que, aunque acepta probar la chocolaterapia, desprecia por principios cualquier tratamiento de piel. Jamás ha comprado una crema, salvo la chantilly y es incapaz de dejar de fastidiar al amigo macho desde que lo sorprendió en su casa con una mascarilla de arcilla. Este tipo está a las puertas de un tratamiento absolutamente estético, aunque siempre ha creído que la piel no debería recibir más socorros que Merthiolate o, en el peor de los casos, el canfín, si el objeto punzocortante tenía herrumbre.

Y para peores, en Escazú. ¡Y yo sin visa! El escenario es un hotel construido para gringos, en el puro centro del downtown. La sala de masajes queda en el tercer piso, abierta hacia la montaña, con olores a incienso y un fondo de música new age, con el efecto térmico artificial del calentador a gas. Es una burbuja que no me luce, que me hace sentir un polo con plata, pero sin plata. O sea, es realmente falso, pero me dispongo a aceptar que todos tenemos nuestros ratitos de gloria (saludos a Gloria). Me relajo, me relajo, me relajo... me repito que esto no es un tacto de urólogo, que esto es normal, que no me voy a excitar frente a la masajista y que al menos no me tocó escribir mi testimonio sobre la orinoterapia.

La terapeuta se llama Xinia, estudió relaciones públicas, pero se fue a Estados Unidos y cuando regresó cayó encarrilada en el arte de los masajes, enredada por los antiguos sumerios y llamada a profesionalizarse en una práctica tan primitiva como los primeros cocodrilos. Usa palabras técnicas que deberían sustentar la rigurosidad de este texto; es amable, lleva el pelo corto y tiene las manos fibrosas, ágiles y delgadas pero suficientes para manejar un bulto humano a pura técnica, sin más ayuda ocasional que una caña de bambú.

La sesión comienza como España en el Mundial, con altas espectativas y con las patas.. El tratamiento tiene un nombre de aduana: “bienvenido al viajero”.  Agua de rosas, bicarbonato de algo, sales marinas, colágeno líquido y otras sustancias que riñen con la dureza de mis talones. Lo primero: la exfoliación, que no es otra cosa que el proceso de eliminar células muertas. En mi caso, necesito fosas comunes. Esto quiere decir que al final de la terapia seré un tipo más vivo. Hombres casados, ya pueden decir a sus esposas que los masajes hacen de ustedes hombres más vivos, más inteligentes. Políticos, ya hallé el sentido a tanto masaje de espalda que se intercambian entre ustedes, vivazos.

El tratamiento en pies termina con un baño de parafina.  No puedo dejar de pensar en el masaje de “Mula’e cuero”, un viejo de 70 y tantos años que según él me curó un esguince de tobillo, a los 10 años, con un tarro de manteca y 30 minutos de dolorosísimo machaque, con la técnica de quien repara llantas de un tráiler. Ahora es todo suavidad, pero el recuerdo sobreviene incontenible porque (mejengas aparte) solo dos veces en mi vida le he puesto los pies a alguien sobre las rodillas.

Listo. Voy a la camilla sabiendo que viene lo bueno, pero consciente también de que Navarro, el fotógrafo, no podrá tragarse sus carcajadas de hombre gordo cuando me vea en calzoncillo de rayas, boca arriba, forrado en chocolate como un sorbeto metrosexual, inmóvil y envuelto en el plástico osmótico, tan idéntico al adhesivo que usan para comidas las familias modernas.

Cruzo la cortina y no puedo sostener la sonrisa solitaria de quien recuerda  una maldad secreta. La última vez que descorrí una cortina, todo era diferente. Estaba en Pekín, la masajista era mil veces más joven, se expresaba por señas y estoy seguro de que ni conocía el chocolate. Todo era más oscuro, más tosco y no había cabida para la metrosexualidad. Para los masajes usaba aceite de jazmín, pero olía a freidor de pollo, a manteca de la “muerta de hambre”. La “terapia” costaba 100 yuanes. Lo de hoy se cobra en moneda de Escazú: 209 dólares.

En efecto, una escandalosa expresión de burla de Navarro marca el inicio de la limpieza de mi órgano más grande. Las manos de Xinia comienzan restregar los granos de sales marinas a este cuerpo que, obediente, no opone resistencia a ninguno, de las maniobras de la encargada. Se llamaría masajear de no ser por la grasa extra que me acompaña incondicionalmente. El término correcto en este caso es amasar, quizá adobar. Un rollo de grasa de volumen moderado se me pasea por el cuerpo como un bicho vivo, probando que la materia sí se crea, pero no se destruye. Aquí está mi grasa, evidenciando que soy fiel cliente de la chocolaterapia, pero también de la chifrijoterapia, de la ronterapia y, por supuesto, las empanadaterapias de soda.

La pasta de cacao, la congoja y el plástico me envuelven. La idea es que mi cuerpo genere algo bello de una vez por todas: endorfinas, que en lenguaje fácil se puede traducir como la hormona de la alegría. Se supone que también se produce con el deporte, las buenas comidas, la risa, la marihuana y el sexo. Quiero decir que, entonces, mi alegría depende de este tarro de chocolate cosmético hecho con cacao natural pero procesado con métodos químicos muy diferentes al de un Godiva. O eso creo.

Xinia deja mi cuerpo envuelto por 30 minutos y va en auxilio de mi cara dura. Aquí lo que toca es la vinoterapia. Bendito Dios. Siento que ya soy experto. Abro la boca como esperando la bota con un poco de Ribera del Duero. Ella me la cierra porque, de nuevo, esto no es para tragar. El plan es que la crema hecha con sangre de uva me rejuvenezca y combata las arrugas que ya se muestran poderosas en mi fachada, quizá por falta de vino, porque siempre falta vino. Ahora sí estoy cubierto completo y me siento como Jamal, el niño a quien no importó cubrirse entero de mierda por obtener el autógrafo de su ídolo en la película Slumdog Millionaire.

La cara se tranquiliza como quien recibe a un viejo conocido. El tratamiento se llama vinoterapia y es altamente recomendable para sacar las impurezas de la piel y las tristezas del alma.
Por cierto, la terapeuta cuenta que los masajes sobre el estómago deben darse de manera circular en una dirección determinada si no se quiere correr el riesgo de despertar demasiado al intestino y relajar demasiado los esfínteres. Y nadie quiere ingredientes adicionales. ¿En cuál dirección era? No recuerdo. Prueben y no cuenten.

La sesión tiene también algo de digitopuntura, de leche limpiadora, vapor y microcristales de aluminio... toda una batería de materiales para encarar el desafío de limpiarme la cara ante el público. Ahora, envuelto en plásticos y paños blancos, convertido en poco menos que un buffet, sí que dejé caer las medallas de Asomacho. Ahora sí me siento todo un chocobanano, un metrosexual sin tapujos, pero tampoco me importa demasiado, porque estoy “neurocedado”. Esta es la palabra que Xinia usa para no decir que tanto relax me deja imbécil. Si no babeo es porque tengo la boca seca.

Es hora de retirar los manjares. Leches, vinos y chocolates abandonan mi cuerpo. Xinia me limpia como quien asea a un bebé. Navarro toma fotografías que me obligarán a tratarlo siempre con mucho respeto. Pierna derecha caída junto al hombro de ella, brazo izquierdo muerto colgando de la camilla, cabeza tirada hacia atrás y los ojos cerrados sin mayor esfuerzo. Yo casi chingo. Esta es la réplica vulgar y laica, muy vulgar y muy laica, de ‘La Piedad’, en tono chocolate.

Empiezo a despertar. Muchas cosas pasaron sin que los lectores de SoHo ni yo lleguemos a enterarnos. Me dormí o me morí por un rato. Me fui en esas, pero ya estoy recobrando el sentido de realidad y recordando que de todo esto debo escribir un artículo para una revista seria. Xinia aparta un robot de electroestética que, muy amable, ayudó con la aplicación del ozono (¿no es que era malo?) y de la electricidad para que mi cuerpo se decida generar el colágeno que consume. También me aspiraron las amenazas de arrugas, un intento de aborto con la particularidad de que la técnica no anula; solo retrasa.

Mi ropa descansa tirada en el suelo, mi cuerpo está saturado de endorfinas y los movimientos son bastante torpes, sin fuerzas ni precisión. Los párpados, a medio caer. Una mujer me mira a mi lado rebosante de energía. Pero esto es un masaje con chocolate, cuyo olor pesado se impregna en la piel y no hay permiso de bañarme esta noche. Mañana amaneceré dulzón y con hormigas, más tocado que la piedra de ‘La Negrita’, más manoseado que la Ley de Tránsito; todo flojo, todo borracho de endorfinas, con el cuerpo flotando como un dólar.

Me visto sin estar seguro de haber merecido tanta buena mano. Hacía ya días que no me tocaba ni la mala suerte, pero ahora salgo debidamente macerado, blanqueado y purificado sin tener que confesar mis penas, ni rezar penitencias. Solo asegúrenme que Asomacho no tiene un Tribunal de Ética.

Tratándome con orinoterapia

Si puedo aportar una recomendación acá, doy esta: si se está bebiendo su orina no pause, tómesela toda de un solo... fondo blanco que llaman.

Por Arturo Pardo
Fotografías de Jorge Navarro ©2010


Nunca olvidaré el día en que mi papá me contó sobre los náufragos que sobrevivían en mar abierto a punta de la ingesta de orina. Lo ví con desconcierto y desagrado; ¡“guácala”!

Hace pocos días, la coloquial expresión regresó en eco a mis oídos cuando le conté a mis amigos que yo, a pesar de no ser un náufrago, dedicaría varios días a tomar orina: ese líquido tibio y amarillento que día a día dejamos escapar por el inodoro,  por el orinal… o en el caso de una emergencia, (como malos ticos) desparramamos en la pared de la casa de algún desconocido.
Era sábado por la mañana y yo estaba bajo las cobijas. Desde mi cama podía ver con el rabillo del ojo un vaso de plástico que había ubicado estratégicamente en la mesa de noche. El recipiente cilíndrico me llamaba y yo sabía qué era lo que quería conmigo… no, no y no… no quería hacerle caso.

La noche anterior me había propuesto comenzar la orinoterapia con el primer chorrito de la mañana, que dicen  es el mejor por su alto contenido hormonal. Después de retorcerme por casi 15 minutos, mi vejiga me forzó a levantarme de un brinco y estirar el brazo…

La próxima vez que vi el vaso estaba ubicado debajo de mi aparato orinador; pantalones caídos y piernas semi abiertas: ¡a mear se ha dicho! El recipiente fue llenándose de calor, mientras mi cara no decía más que “¡oh no! ¿en qué momento acepté hacer esto?”. El líquido seguía cayendo y el vaso se hacía cada vez más pequeño para mi potente chorro. !Sí! Potente como manguera antimotines, nunca antes había valorado tanto la fuerza de mi orinada. Una vez que el vaso se llenó pensé que debí haber elegido un pichel de mesa para 6.

Los beneficios de la ingesta de orina la acreditan como sustituto directo de pastillas, jarabes, pomadas y fármacos en general... sin embargo acá no basta con dejar botados los tarritos de cápsulas. Para que el asunto funcione, a la tomada de meados hay que agregar la rutina deportiva y la ingesta de comida orgánica.

El único responsable de que la urea sepa amarga y que su color sea de un amarillo potente es el que se tomó todas las birras de la refri el día anterior, el que se sampó la gaseosa más negrita o el que se aturogó con las frituras más jugosas. “La actitud de la persona también afecta el tratamiento”, me dice un informante docto en el tema; “lo que se toma con fé sirve”, dice un refrán.

Del  mentado líquido, 98% es agua, mientras que el restante 2% contiene sustancias como: melatonina (hormona que retarda el proceso de envejecimiento), interferón (antibiótico natural), creatinina (antibacterial), urea (antinflamatorio) y otros más. Dato curioso: la orina es un líquido esteril y contiene menos bacterias que la saliva.

Luego de la pausa informativa volvemos a mi primer vaso de orina.

Han pasado 10 minutos y sigo con el recipiente cilíndrico en la mano. El contenido todavía se siente tibio y me resisto a continuar con mi primer día de tratamiento voluntario (digamos, sin tomar en cuenta al colega que, muerto de risa, me ofreció escribir esto).

“¡Qué más da, peores cosas me he tomado!”, pensé. ¡Cómo costó echarme a la boca el segundo trago! Sin embargo, tal y como le recomiendan a uno antes de lanzarse del bungee: “no vuelva a ver para abajo, haga una cuenta regresiva y tírese”.

De repente estaba aplicando la técnica del cor-cor y simplemente dejé que el resto del líquido en el vaso bajara por mi garganta. Ya me habían dicho que esto no me iba a provocar mal aliento, al contrario: la urea limpia la flora intestinal y hasta blanquea los dientes. No obstante, la parte que se me hizo más difícil de cada trago era cuando el olor a orina llegaba hasta mi nariz. Si puedo aportar una recomendación acá, doy esta: no pause, tómeselo todo de un solo; fondo blanco que llaman.

La primera vez que me tomé el juguito amarillo, el asco se me salía por todo lado, sin embargo para la segunda ocasión la reacción de desagrado era menor.
La bebida se me acabó y yo no tenía más como para hacer refill... tampoco iba a pedirle prestado a nadie (aunque hay quienes sí lo hacen). Semisatisfecho por la labor realizada, me propuse  hacerlo una vez más, solo para probar si estaba listo para repetir aquello. Ah, y claro, me lavé los dientes con más pasta que nunca.

A lo largo del día estuve más conciente que nunca de la periodicidad de mis idas al orinal y del color del chorrito. He de confesar que más de una vez tanteé el sabor de lo que despachaba, pues toda la jornada bebí agua como desquiciado.

En la noche, antes de acostarme, volví a coger el famoso vaso de plástico. Esta vez me costó menos la labor del eche y trague, seguramente porque la orina estaba menos densa, menos salada y menos amarilla; en resumen, menos fea. Trague. Día uno: ¡check!

Acá va otra pausa. Rosa María López lleva 10 años practicando la urosalud a diario. A ella llegué gracias a mi conocedor informante, que por cierto lleva 15 años en lo mismo. La señora (de dientes brillantes y cabellera oscura) me cuenta que además de los beneficios físicos que le ha traído el combo de la urosalud (orina, ejercicio y comida orgánica), ha visto otros cambios en su personalidad.

En una amena conversación la señora me comenta: “Antes yo era muy callada por miedo a hablar con la gente. Ahora el miedo sé que todavía existe, pero tengo la capacidad de paralizarlo. Tomar orina es tomar conciencia de uno mismo, lo que te ayuda para muchas cosas. Estabiliza tus emociones y tu energía”.

Doña Rosemary (como le dicen de cariño) está convencida de que su cuerpo prepara su propia medicina. Antes de ser partidaria de la orinoterapia había tenido malas experiencias con el servicio de salud habitual; desde que comenzó esto no ha tenido la necesidad de volver a verle la cara a los de gabacha blanca.

Entre sus anécdotas resalta la vez que se curó un dolor de muela con un enjuague bucal de orina, otra vez en que se aplicó el mismo líquido para evitar los estragos de una quemadura reciente y también cuenta que se ha hecho baños de pies a cabeza. En su casa guarda orina en botellas color ambar, a las que le aplica un poco de propolio para evitar el mal olor. “Para emergencias”, me dice. Eso quiere decir que en el momento en que haya que limpiar alguna grave infección podrá echar mano de tan preciado líquido amarillento.

En mi caso, ya han pasado varios días desde que comencé la ingesta de orina, es decir, luego del día uno (narrado más arriba) vino el día dos (obviamente) y así sigo acumulando números y vasitos de plástico que lleno con mis propios meados. Según me dijeron, esta no es la primera vez que tomo de esto, hace poco me enteré que en la placenta ya me habían dado de beber este exótico trago y, aparentemente, fui yo quien lo mezcló y preparó.

Comencé el experimento de la orinoterapia solo para escribir una crónica, sin embargo, conforme leo más y más sobre este asunto, me he ido convenciendo de seguir.

Conforme pasan los días ha ido desapareciendo mi cara de asco y cada vez veo más normal esto de tomarme lo mío; tanto así que apenas termine el texto me voy a llenar mi vasito y a tomar de gratis. Aquí sí que aplica decir “¡salud!”.


Belleza a domicilio

Cada vez que veo los cajoneros comerciales se me hace imposible no conjeturar sobre la rentabilidad de las ventas por televisión.

Por Gonzalo Rodríguez
Fotografías de  Jorge Navarro ©2010

Cada vez que veo los cajoneros comerciales se me hace imposible no conjeturar sobre la rentabilidad de las ventas por televisión. Si la cantidad y duración de las pautas son prueba del presupuesto de los anunciantes, el negocio de los infomerciales ha de tener bolsillos tan profundos como el hoyo negro de incredulidad que suponen de los televidentes. Basta con mirar la ocasional serie de televisión por cable para ser blanco constante de las buenas intenciones de empresas dedicadas a tan particular negocio, la plata les debe llover.

Pero el término “empresas” se encuentra mal utilizado en este caso, tal y como lo descubrí recientemente. Un par de llamadas o una visita a cualquiera de sus sitios web le revelará que, tras múltiples fachadas, se encuentra una sola organización enorme, una literal hidra monopolizadora del negocio de los sor-pren-den-tes resultados.

Hacia los comerciales, mi perspectiva siempre ha sido la de incredulidad mordaz. ¿Y cómo no?, ante protagonistas que parecieran ser víctimas de infinita torpeza los unos y expertos en trivialidades los otros, no puede uno reaccionar más que con sorna. Supongo graciosísimas las audiciones previas a la filmación, con el director (usando flexiblemente la palabra) solicitando al actor fingir total incapacidad para ejecutar tareas tan simples como abotonarse el pantalón o abrir una caja de leche. Además, los cuestionables usos que sugieren para sus productos usualmente me parecen reprochables; escuchar las conversaciones de otra gente en el gimnasio es mala educación, por no decir comportamiento de locos.

Sin embargo y si me aceptaran el consejo, el ítem que deberían vender los de Ofertel es alguna especie de cuchillo/pata de chancho que sirva para abrir los endemoniados empaques de plástico transparente que forran los artefactos modernos, usted los conoce. No me avergüenza confesar que un par de veces he estado cerca de perder un dedo y sacarme un ojo tratanto de abrirlos a la fuerza o con una tijera. Pensándolo bien, tal vez debería audicionar para los comerciales que critico.

Pero si la mayoría de las veces lo que causa gracia son los actores, en muchas ocasiones han sido los propios productos los que provocan mi sorpresa. La primera vez que escuché sobre la baba de caracol, no podía creer que alguien se fuera a embarrar en su cara una cochinada tan honestamente anunciada. Seamos sinceros, los caracoles deben ser los bichos más asquerosos sobre la tierra y si la finalidad es verse bien, ¿por qué mejor no frotarse con gatos persas, mariposas monarca o Adriana Lima? Es razonable pensar que la ósmosis funciona mejor con ingredientes más atractivos a la vista.

Una lástima, la baba estaba agotada cuando pregunté por ella para este experimento. Con su presencia no solo se hubiera beneficiado esta autoinflingida crónica, sino también, con suerte, los brazos manchados que mi madre me heredó. Guardo la esperanza de que tal escasez se haya debido a un mero faltante de inventario y no a una extinción de los acorazados moluscos. Como si fuera poca la desdicha por la desaparición de tan inocente y fea raza, peor sería imaginar la excreción que tomaría el lugar del pegajoso tratamiento en los infomerciales de la mañana. ¿Extracto de babosa? ¿Natas de leche de sapo? Es mejor no seguir considerando alternativas.

Idéntica fue la historia con otros productos que quise probar, más por su potencial humorístico que las promesas de belleza. A pesar de que juran trabajar con enormes inventarios, ninguno de los amables operadores supo determinar la fecha en que volverían a estar disponibles los artículos más graciosos.

Los zapatos de suela redonda son uno de los mejores ejemplos posibles, en el comercial aseguran que la grasa prácticamente se derrite por kilos al caminar con ellos. Sería decente que advirtieran también sobre la pérdida de dignidad al salir a la calle calzando tales afrentas al buen gusto. Vale decir que hace un tiempo tuve oportunidad de probarme, en una tienda y con fines humorísticos, un par que promocionaban como solución al dolor de espalda. Como era de esperarse, usarlos resultó antinatural además de peligroso, acostumbrado que estoy a caminar en zapatos que respetan la anatomía humana, en tal ocasión parecía un porfiado defectuoso buscando un balance imposible. Puedo no ser un experto como los de la tele, pero apostaría que la pérdida de peso reside en la caminada que aconsejan más que en la curva del zapato, la altura de los zancos o la excentricidad del accesorio de turno. 

Igualmente es obligatorio tomar interés por el tratamiento de parafina caliente que publican en su web. La imagen que ilustra el producto habla por sí misma: el abdomen de una delgadísima dama barnizado en una sustancia verde no identificada y luego forrado en plástico adhesivo; un verdadero tamal de señorita. La finalidad de su uso es, por supuesto, la pérdida de peso. En este siglo de las grasas saturadas y porciones desmedidas, ser flaco es sinónimo de ser feliz, ¿o acaso se ha visto una fotografía del "antes" en la que el gordito sonría? Jamás.

Desdichadamente ninguno de los mencionados artículos están disponibles, no cesan de anunciarlos a pesar de que no los tienen. No dejan tampoco de llamar ofreciéndomelos con una insistencia igualada solo por la de los bancos y sus indeseables tarjetas de crédito. En un dilema similar al de Fausto, desde que uno contacta al centro de llamadas con interés en algún producto, los operadores intentarán  convencerlo repetidamnte de completar la orden, incluso cuando el encargo nunca existió.  "Buenas tardes don Gonzalo", dice la voz con marcado acento salvadoreño, "le llamamos para confirmar la entrega del Slim Ab Destroyer, ¿dónde se lo podemos enviar?". Su capacidad para vender eficientemente promesas vacías me hace pensar que el call center debe ser un exitosísimo campo de entrenamiento para predicadores y políticos centroamericanos.

La tarea encomendada por SoHo decidí enfrentarla con recio compromiso y método cuasicientífico. Mi plan era sacrificado, aunque sencillo: zapatos redondos que me moldearan unos glúteos esféricos, shocks eléctricos para ejerci-torturar los abdominales, sazonarme en baño maría con la parafina y sellar con baba de caracol para obtener un apetecible glaseado. Mitad crueldad y mitad alta cocina, la rutina de belleza que me había propuesto parecía creada en conjunto por Dick Cheney y Flora de Echandi.

Tras la desilusión al no poder probar los mencionados tratamientos, resultó ser el Gym Form Duo, con su promesa de modelar músculos sin esfuerzo y su moderno aspecto, el producto con el que habría de experimentar.

Equivalente a un nunchaku del siglo XXI, el aparato está compuesto por dos terminales eléctricas conectadas por un cable enrollado, en las que se enchufan dos gomas que ominosamente encierran sendos círculos de cedazo metálico. Su funcionamiento es bastante obvio: al activarse el aparato envía impulsos eléctricos a la rejilla, que aminorados por la poca conductividad de la goma se transmiten al músculo donde ésta reposa.

Por su aspecto, el aparato no inspira sospecha alguna, su batería tamaño reloj y las lucecillas titilantes lo hacen a uno pensar en los juegos de luces navideñas que cada fin de año nos hacen detestar los villancicos navideños gracias a las chillonas versiones que traen incorporadas. Esto no quiere decir que el aparato infunda confianza, su construcción en plástico barato y el extraño tacto de la goma pegajosa causan dudas, por no mencionar que la certeza de sostener una carajada cuyo único fin es expedir shocks eléctricos es intimidante.

El extenso manual en gran variedad de idiomas rápidamente encontró lugar en la basura.
Con la viva imagen de los pectorales bailarines del modelo en mi cabeza y tratando de ser precavido, decidí ofrecer mi brazo izquierdo como conejillo de indias. Colocadas las gomas en bíceps y antebrazo, enciendo al nivel más bajo el electromúsculo, como cariñosamente decidí llamar al artefacto. Decir que sentí algo más que decepción sería mentir. Presiono de nuevo el botón regulador y cierto cosquilleo se hacen presente, otra vez más y los músculos siguen en su acostumbrado letargo, pero mis dedos han empezado a reaccionar.

Nunca hubiera esperado lo que sucedía aunque no debía sorprenderme, conforme incrementaba el poder de la máquina, más era el bailoteo de mi anular e índice izquierdos. Oficialmente absorbido por la curiosidad, le he dado bimba al botoncito y en cuestión de segundos mi mano se había convertido en show de títeres epilépticos mientras mi incontrolable risa me hacía ignorar el dolor en mi brazo.

Porque duele, sí. La seguidilla de impulsos activa los nervios y produce reacciones musculares involuntarias e hilarantes, pero también causa punzadas que eventualmente se convierten en un muy sincero escozor. Ahora entiendo la razón por la que al tipo de las tetas saltarinas no le presentan la cara en televisión, no puedo ofrecer  mejor prueba que las verídicas fotografías de mi tortura voluntaria que ilustran esta página.

Pese al innegable profesionalismo del fotógrafo de SoHo, no dudo en afirmar que su insistencia en tomar las imágenes con el electromúsculo a su máximo poder sobre mi pecho desnudo era causada por mera burlonería. Sus carcajadas lo delataron. El afán por el realismo debería tener un límite, ahora que lo pienso.

No deja de sorprenderme que recomienden el uso de estos aditamentos cuando se descansa en el hogar, mientras se usa la computadora o se mira televisión. Obviamente es posible soportar por extensos periodos las cargas eléctricas, siempre y cuando sean de bajo poder, es decir, cuando no produzcan ninguno de los resultados prometidos.

Porque es posible, luego de sentir la reacción que en los músculos produce el aparato, que su uso prolongado rinda los efectos deseados. Las contracciones son verdaderas, aunque dolorosas, así que creo que el carajo de las tetas estaría de acuerdo conmigo en que una tarde de gimnasio o una mejenga el fin de semana satisface más placenteramente la necesidad de un físico decente.

El electromúsculo planeo conservarlo, no lo dude. No para enchufarme mientras juego buscaminas o veo el mundial, sino porque esto tiene un increíble potencial como juguete para fiestas. No puedo esperar la oportunidad para electrocutar a mis amigos en nuestra próxima reunión, que el más favorable resultado que este aparato produce es convertir al usuario en una verdadera causa y epicentro de risas. Aunque eso jamás se lo dirán en la tele. ¡Llame ya!