Ese hombre viste distinto al resto de sus compañeros, y sufre más que ellos. Lo llaman “arquero” y ocupa el puesto más ingrato de un equipo de fútbol. ¿Cómo supera los errores que cuestan partidos y cuando todo el mundo lo mira como el único responsable? El cronista Daniel Riera visitó a Marcelo Roffé, un psicólogo de arqueros, testigo de algunos de los casos más terribles
Edición 42
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Ese hombre viste distinto al resto de sus compañeros, y sufre más que ellos. Lo llaman “arquero” y ocupa el puesto más ingrato de un equipo de fútbol. ¿Cómo supera los errores que cuestan partidos y cuando todo el mundo lo mira como el único responsable? El cronista Daniel Riera visitó a Marcelo Roffé, un psicólogo de arqueros, testigo de algunos de los casos más terribles. Por Daniel Riera |
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Juan Obelar —La verdad es que no es un gol que uno diga es complicidad 100 por ciento del arquero, pero yo dejé caer la pelota y, en otras circunstancias la hubiese atacado antes de que cayera. Cuando quise reaccionar, se metió en un arco — me explicará Obelar por teléfono, con la elocuencia de aquellos que necesitan decir su verdad más que nada en el mundo. Luego del encuentro, el uruguayo dijo que había pedido el cambio, porque no estaba en condiciones anímicas de seguir atajando. El entrenador de Millonarios, Diego Barragán, lo desmintió: —Se repite un gol como el que le hizo Nazarith, de Santa Fe, por eso lo sacamos, no puede pasar. —No escuché lo que dijo Barragán, tenía problemas mucho más importantes para ocuparme —dijo Obelar. Le pregunté a qué problemas se había referido. —Mi papá sufre de cáncer en la vejiga. Justo en la semana del partido lo operaron y al mismo tiempo mi mamá tuvo una parálisis en el brazo y la pierna. Se me juntó todo: también se desmayó mi hijo, pero eso no era nada. A esto sumale que hace varios meses no cobramos. Uno reacciona como un ser humano. Cuando comenté todo esto, no recibí ni siquiera una llamada de los dirigentes para darme aliento: nada de nada. En fin, hay que seguir, porque Dios sabe premiar al que no baja los brazos —dijo Obelar. Se despidió, emocionado, “agradeciendo que me hayas escuchado y que me hayas permitido contar lo que me pasa”.
Marcelo Roffé es un psicólogo especializado en deportistas, particularmente en futbolistas. Autor del libro Psicología del jugador de fútbol. Con la cabeza hecha pelota, entre otros, Roffé —quien llegó a trabajar con la Selección Argentina en el Mundial 2006— tiene un consultorio decorado con camisetas regaladas por sus pacientes-futbolistas, más algunas fotos con futbolistas famosos, más varios chistes gráficos que remiten a los aspectos psicológicos de la vida de un futbolista. —Por supuesto que sí. Veamos. a) Es el puesto más individual en un deporte de equipo; b) Si el equipo pierde, el derrotado es el arquero. Si le hacen seis goles, aunque el arquero no tenga responsabilidad en ninguno de los seis, dirán: “El arquero se comió seis goles”; c) En el ambiente del futbol predomina el imaginario de que el arquero es tonto. Alguna vez, Hugo Orlando Gatti lo inmortalizó en una frase muy compleja de analizar: “En el puesto más bobo, soy el más vivo”. Te olvidás algo y los jugadores de campo te dicen: “¿Vos fuiste arquero?”. Sin embargo, el arquero está mucho más desarrollado intelectualmente que la mayoría de los jugadores. En mis 15 años de práctica en el campo deportivo, lo he comprobado. La mayor parte de los libros publicados por protagonistas del futbol fueron escritos por arqueros: Amadeo Carrizo, Schumacher, Esteban Pogany, Zubizarreta, Federico Vilar, Taffarel… Norberto Verea —La idea de “el Gordo va al arco” o del arquero como “dueño de la pelota”, la derriba rápidamente el propio arquero del barrio, cuando les muestra a sus amigos o compañeros que está en condiciones de atajar —dice Verea, más conocido como ‘el Ruso’. Esa misma fantasía subsiste en el futbol profesional: a los arqueros se los trata como “el distinto” y al distinto como si tuviera una capacidad diferente, para usar un término políticamente correcto. Lo demás, bueno, es una frase poco feliz de gente que dentro de la cancha sintió felicidad y fuera de la cancha la ha perdido.
La felicidad es, para Verea, la clave del asunto, el derecho a defender por los arqueros cueste lo que cueste. “Yo nunca dejé de ser serio, aunque la gente creyera que era un payaso, pero me comía un gol y me dejaban diez fechas en el banco: era una especie de castigo por ser el loco que quería imitar a Gatti. ‘El Loco’ Gatti era el modelo: hoy no hay más arqueros como él, como Navarro Montoya, Burgos, Higuita, Campos… ¿Y por qué? Porque la línea que se bajó es que esos arqueros eran más vulnerables que los otros. Esta escuela, que se creó en Suramérica, se fue perdiendo, la fueron destruyendo… ¿Acaso los arqueros perdieron el derecho a ser felices? Vuelvo al psicólogo. Roffé me dice: —El futbol de alto rendimiento está muy dramatizado. Hay poco espacio para divertirse con responsabilidad. Cualquier error grave puede costar la carrera de un arquero, eso obstaculiza la asunción de riesgos que conlleva este estilo de mayor placer lúdico… De cualquier manera, Federico Vilar, el arquero argentino del Atlante de México, sigue defendiendo esa escuela y escribió un libro, El arco de la vida, donde menciona a Gatti como su ídolo y referente. René Higuita Maturana no podía ver así a uno de los jugadores clave de su ciclo. Para levantarle el ánimo, le dijo simplemente:
Higuita se bañó, se vistió y salió a dar la cara. Según Maturana, de ese modo le puso la cara al problema y pudo pasar la página más triste de su carrera deportiva. —No hay un buen arquero que no se haya comido goles tontos. Ese es el camino que tenés que transitar. No hay otro —dice Roffé—. ¿Te vas a equivocar? Sí. ¿Hay que tratar de reducir el error al mínimo? Sí. Pero te equivocás. Amadeo Carrizo, el arquero que estuvo 26 años en el arco de River Plate, dice en su libro: “Si yo fui bueno, es porque desconfiaba todo el tiempo de los defensores. Pensaba todo el tiempo que se iban a equivocar. Entonces, cuando se equivocaban, yo la sacaba”. Fijate qué interesante el concepto. Se supone que tenés que confiar en tus compañeros y ellos tienen que confiar en vos, pero muchas veces vemos goles que son el fruto de desinteligencias y falta de comunicación entre el arquero y el 2. —¿Cómo trabaja usted con un arquero luego de un gol tonto? —Ahí viene el trabajo de autoconfianza. Lo analizás con el video: “Cuando saliste en este centro, ¿por qué saliste?”. “No, bueno, porque pensé que iba a llegar”. “Pero bueno, a ver, ¿qué se te cruzó por la cabeza? ¿Saliste un segundo antes, un segundo después? ¿Practicás la salida?”. Ahí se juntan lo psicológico y lo técnico.
Norberto Menutti “Decí que ese día, Dios querido, yo no sé qué tenía el flaco Menutti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día este flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ese, ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario”. Sucedió en la semifinal del Campeonato Nacional de 1971, disputada en el estadio de River entre Rosario Central y Newell’s Old Boys, su clásico rival. Pese a que Central salió campeón, el partido es más recordado por los hinchas de Central que la propia final del torneo: todos los años se reúnen para evocar el gol de palomita que convirtió ese día Aldo Pedro Poy. Pero Menutti no estaba para hacer goles, sino para evitarlos. —Se juega en la cancha de River porque se preveía que en Rosario podía haber muertes. Yo había jugado con Newell’s cuatro o cinco clásicos, no había perdido nunca. El día del partido lloviznaba, yo me levanto tempranito, voy al baño y siento un sollozo. Encuentro a Pascuttini, el capitán del equipo, un defensor nuestro que si venía un tren lo rechazaba de voleo. Y lo encontré llorando. Le dije: “¿Qué te pasa, Coco, por qué llorás?”. Resulta que el presidente de Central, el escribano Vesco, había ido a un banco en Rosario. Y el cajero del banco le dijo: “De esta caja salió un millón para el 1 y un millón para el 2”: el 1 era yo y el 2 era Pascuttini. Llamamos a Labruna (Ángel, el técnico), hicimos una reunión de todo el plantel en mi pieza, yo decía: “Me voy a mi casa, en este clima de sospecha no puedo jugar”. Y Labruna me dijo: “Flaco, a usted le hacen tres goles por debajo de las piernas y juega usted”. Y a Pascuttini, “usted hace dos penales, juega usted”, pero Pascuttini no quería jugar por nada del mundo. Lo convencí yo, le dije “Coco, vamos a ganar”. —¿Cómo fue la jugada que cuenta Fontanarrosa? —Nosotros ganábamos 1 a 0. Córner a favor de ‘Ñuls’, salgo mal, la pelota se me abre con el viento, me quedo parado en el borde del área chica, se mete Silva y me cabecea de pique al suelo. Entonces quedo mirando para el otro arco, en el palo estaba Gonzalito y no llegaba a cerrar. Tuve la suerte de que la cancha estaba pesada y en vez de hacer patito y salir como bala, amortiguó un poquito. No me quedó tiempo para nada y me tiré de nuca hacia atrás. Le pegué un cachetazo a la pelota y la mandé por arriba del travesaño. Cuando caigo se me parte este diente, ¿ves? (dice, y lo que muestra en realidad es la ausencia del diente) con el cocazo que pegué en elsuelo, sangre y todo eso, y me levanta del suelo el propio Manolo Silva…
—Fue un partido contra Almagro. Me hicieron dos goles de tiro libre, uno se desvía en la barrera, en un compañero mío, y la pelota semete en el otro palo. Y el otro me la clavó en el ángulo: fue un golazo. —Yo había escuchado que se lo comió. —No, nada que ver. Me la clavó en el ángulo, me dejó parado. Y salió un grupito y me gritó “vendido”. Podía entender que me gritaran cualquier taradez, “andate, viejo choto”, pero vendido no, eso sí que no. Así que me saqué los guantes, los tiré adentro del arco y me fui a la mierda. No jugué nunca más.
Los arqueros suicidas —La percepción del fracaso en los arqueros es más alta. Es el puesto que vos decís: “Este hoy me salvó” u “hoy me hundió”. O sea, tenés que partir de que vivimos en un exitismo globalizado. Siempre se van a buscar salvadores o culpables. Entonces, si el arquero no tuvo una gran faena, va a ser “culpable” y si es “culpable”, las presiones que tiene son mucho mayores a las de sus compañeros.
Pedro Rómoli —…nos empatan sobre el final del primer tiempo, sacan un tiro de mierda y se me mete por debajo. Terminamos perdiendo 4 a 1 —dice Rómoli, desde Granada, España, donde reside actualmente. Mis compañeros me dijeron dale, no pasa nada. Y es así: no pasa nada. Se equivoca el que juega, el que no juega, no. —Ese torneo fue fatal para vos, te dieron el pase libre en Lanús y nunca más volviste a jugar en equipos de primera división. —Yo no lo veo tan terrible. Jugué en el Torneo Argentino con el Grupo Universitario de Tandil, me fue bien, después fui a jugar a España a tercera división en el Granada, ascendimos a segunda, me quedé en este país… Yo no me quejo: somos profesionales, vivimos del futbol, nos pagan bien… Rómoli está jugando el último año de su carrera en Granada y es, a su vez, ayudante de campo de su excompañero Óscar Mena, otro exjugador de Lanús, en el Antequera de Andalucía. —¿Existen técnicas psicológicas que ayuden a los arqueros a reducir el margen de error? —Tenemos distintas técnicas psicológicas —explica Roffé—. Cuando la pelota está de la mitad de la cancha para el arco rival y tu equipo está al ataque, hace falta un autodiálogo y una manera de moverte en el área que te permita seguir concentrado. “Estoy muy bien, me preparé muy duro para este partido, cuando me ataquen voy a responder bien, etc. A esto lo llamamos “autodiálogo de motivación y autoconfianza”, en función de las metas fijadas y el entrenamiento. Eso te permite estar conectado, no irte del partido. Y cuando la pelota cruza la mitad de la cancha hacia tu arco, tenés que trabajar con voces cortas y precisas a los defensores, “no los dejes patear”, etc. Se agachan y ya están concentrados, hablando para prevenir que les pateen. La concentración es central. Todo eso se trabaja con distintas técnicas, a fin de que el arquero confíe en sus propias condiciones. También trabajamos con la visualización, ver con los ojos de la mente: una vez un arquero me dijo: “si la saqué del ángulo en el tiro libre con la yemita de los dedos es porque la noche previa lo había visualizado”. Miguel Reina Santos —La temporada anterior había jugado Salvador Sadurní… El día antes de ese encuentro había salido una entrevista a Sadurní, donde él comentaba que, como catalán y como barcelonista, le dolía tremendamente no haber jugado un solo encuentro. Si a eso acompañamos que me mandan cinco goles, pues me llevé todas las ovaciones: unos se acordaban de mi padre y otros de mi madre. El entrenador Vic Buckingham estuvo oportuno en no ponerme dentro de casa hasta que los ánimos se calmaran un poquito… Fue una tanda de 20 partidos: Sadurní atajó 10 de local en el Camp Nou, yo atajé 10 de visitante. Luego volví a jugar de local y la gente me recibió bien… — Se suponía que se llevaban bien y convivían pacíficamente, hasta que tomamos el sociograma, donde hay que valorar afectiva y técnicamente a los compañeros y a sí mismo, de 0 a 20 puntos. Se pusieron “2” y “3”. Lo hablé con el entrenador e hicimos una reunión de mediación donde vimos que se odiaban. Hasta el momento, estaba disimulado. Para colmo, el D.T. los ponía dos partidos a cada uno. En 1974, el Atlético de Madrid, con Reina como arquero, llegó por primera vez a la final de la Copa de Europa (actual Champions League). Enfrentó al Bayern Múnich en el estadio de Heysel, en Bruselas. Los 90 minutos reglamentarios terminaron 0 a 0. Correspondía un alargue de 30 minutos para dirimir al campeón. En el minuto 24 del alargue, Luis Aragonés clavó el 1 a 0 para el ‘Aleti’. En el minuto 29, a uno del final, un tiro de afuera del área del defensor Hans-Georg Schwarzenbeck empató el partido y obligó a un desempate a los dos días, en el mismo estadio, que ganó el Bayern Múnich 4 a 0. Si buscan en internet, leerán que, confiado en la victoria, Reina le regaló sus guantes a un reportero de Marca que estaba al lado del arco y que el gol lo agarró distraído, relajado, pensando que el partido ya terminaba. —Yo he leído eso, pero no es cierto, claro: es una leyenda urbana porque tenía los guantes bien puestos. Sucede que Schwarzenbeck me pegó un zapatazo de otra época (risas). Esa jugada desgraciada es la más famosa de mi carrera: si no fuera por ella, hoy no me llamaría nadie. ¡Bendito sea Dios que usted me puede llamar y yo puedo responderle! El hijo de Miguel Reina, Pepe Reina, es el actual arquero del Liverpool y uno de los grandes arqueros de Europa. Pase lo que pase, nadie olvidará jamás el gol que le hizo el Sunderland en agosto pasado, cuando Reina se arrojó a atajar un balón rojo que tiró un niño desde la platea, mientras la pelota entraba por el otro palo. Así es el puesto de arquero, ingrato hasta la exasperación. | |