SoHo les pidió a cinco firmas que desempolvaran los recuerdos y que compartieran con nosotros ese partido que, como futbolistas o aficionados, marcó sus vidas para siempre.

Fue un domingo de primavera y yo tenía esa edad incierta que, en los varones, son los 15 años. Mi hermano me propuso ir a la cancha y yo dudé. No era habitual que dudase. Ir a la cancha me apasionaba, como hoy me sigue apasionando. Pero el partido era especial.

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Voy a contar el secreto.
No quiero, no puedo llevármelo a la tumba.

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Nunca dejés de soñar”. Parece solo una frase, pero no lo es. El 16 de julio de 1967 es la fecha del partido de mi vida, pero tiene un prólogo interesante.

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Por Antonio Skarmeta

Pongámoslo así.
Sí no eras bueno para el fútbol, no servías para nada. Un Don Nadie. Las chicas del barrio oirían de las hazañas de los gambeteros, de los feroces dribbleadores que marean a los rivales con quiebres de cintura, de los perforadores de redes imaginarias. Porque no había redes. Los arcos eran marcados por dos piedras, y en ocasiones con los guardapolvos blancos de la escuela primaria.

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Es el día primero de febrero de 2004, son las ocho de la noche en el Estadio Metropolitano de Barranquilla, la Puerta de Oro de Colombia, la casa de la Selección. Hace 30 grados de temperatura y hay 56.000 espectadores que no dejan de gritar emocionados.

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